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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
La lluvia comenzó como un susurro sobre las piedras, apenas perceptible entre el viento que azotaba las colinas. Pauloc siempre había buscado ese tipo de lugares: remotos, olvidados, donde la historia parecía respirar aún entre los muros. Aquella tarde había llegado a las ruinas de un castillo del que nadie en el pueblo cercano quiso hablar demasiado. Solo le dijeron: “No entres cuando caiga la noche.”
Por supuesto, entró.
El castillo se alzaba como un cadáver de piedra, con torres quebradas y muros devorados por la hiedra. El aire dentro era distinto, más frío, más denso. Cada paso de Pauloc resonaba como si alguien más caminara detrás… pero al girarse, solo encontraba sombras.
Exploró salas derruidas, pasillos que no llevaban a ninguna parte, hasta que encontró una capilla casi intacta. En el centro, una cruz tallada en el suelo. Y sobre ella… marcas. Antiguos símbolos templarios.
Fue entonces cuando el viento cesó.
Y el silencio se volvió absoluto.
—Has profanado un juramento eterno.
La voz no venía de ningún sitio… y de todos a la vez.
Pauloc giró sobre sí mismo, buscando el origen, hasta que lo vio. Frente a la cruz, donde antes no había nada, apareció una figura. Alta, cubierta por una armadura ennegrecida por el tiempo. Un manto desgarrado colgaba de sus hombros, marcado con una cruz roja desvaída. Pero lo peor era el rostro.
No había rostro.
Solo oscuridad bajo el yelmo… y dos puntos de luz espectral donde deberían estar los ojos.
El caballero avanzó sin hacer ruido.
—Este lugar no pertenece a los vivos —dijo—. Pero aún puedes marcharte… si pagas el precio.
Pauloc tragó saliva, sintiendo cómo el pánico se le instalaba en el pecho.
—¿Qué… qué precio?
El espectro alzó una mano, huesuda bajo el guante de metal.
—Tu alma… o tu ingenio.
Un acertijo.
Pauloc, temblando, asintió. Era eso o la muerte… o algo peor.
El caballero inclinó la cabeza levemente.
—Escucha, mortal.
La voz se volvió más grave, más antigua, como si arrastrara siglos de polvo:
—Soy guardián sin espada,
soy puerta sin cerradura,
me rompes al nombrarme,
y sin mí no hay cordura.
—¿Qué soy?
El silencio volvió a caer, pesado como una losa.
Pauloc respiró rápido. Su mente corría, tropezando entre ideas. Guardián… puerta… romper al nombrar… Le parecía familiar. Lo había escuchado antes… ¿o no?
—Tienes una sola respuesta —advirtió el templario—. Y el tiempo… ya se agota.
El aire comenzó a enfriarse aún más. Escarcha se formó en las piedras. Pauloc sintió que algo le apretaba el pecho, como si el propio castillo quisiera expulsarlo… o devorarlo.
—Es… es… —balbuceó.
Pensó en silencio, en secretos, en palabras prohibidas… pero el miedo lo dominaba.
—¡La verdad! —exclamó al fin, desesperado.
El espectro no se movió.
Pero algo cambió.
Muy lentamente, el caballero negó con la cabeza.
—Has fallado.
Un sonido seco recorrió la capilla, como si algo invisible se hubiera quebrado.
—La respuesta… era el silencio.
Antes de que Pauloc pudiera reaccionar, el suelo bajo sus pies se volvió negro, como un abismo líquido. Intentó retroceder, pero sus piernas no respondían. Algo lo sujetaba… no, muchas cosas. Manos invisibles emergieron de la oscuridad, aferrándose a su cuerpo.
—No… ¡espera! ¡Otra oportunidad! —gritó.
El templario se inclinó hacia él. Desde el vacío de su yelmo, el frío era insoportable.
—Tu alma ahora pertenece a la orden.
Las manos tiraron.
Pauloc sintió cómo su cuerpo se desgarraba, no físicamente… sino algo más profundo. Su conciencia se estiraba, se rompía en fragmentos. Sus gritos se volvieron ecos distorsionados que nadie escucharía jamás.
Y entonces… silencio.
Cuando la tormenta cesó, el castillo volvió a quedar en calma.
En la capilla, la cruz seguía en el suelo.
Y junto a ella, una nueva figura.
De pie.
Inmóvil.
Cubierta por una armadura que no le pertenecía.
Bajo el yelmo… dos débiles luces comenzaron a brillar.
FIN
Antonio Moreno

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