viernes, 15 de mayo de 2026

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La Ermita de Santa Elyra


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En los días más antiguos del reino de Noctravar, cuando los inviernos duraban años y los lobos caminaban entre aldeas abandonadas, existía un sendero olvidado que se perdía entre montañas cubiertas de nieve eterna. Allí, donde la niebla jamás se disipaba del todo y el viento sonaba como voces de difuntos, se alzaba la pequeña Ermita de Santa Elyra.

Nadie sabía quién la había construido.

Los más ancianos juraban que ya estaba allí antes de la fundación de Noctravar. Otros afirmaban que había sido levantada por monjes ciegos que hablaban con los astros. Algunos decían que no había sido construida por manos humanas en absoluto.

La ermita era pequeña, de piedra negra y húmeda, con un campanario torcido que jamás tocaba campanas. Las puertas permanecían abiertas incluso durante las tormentas más crueles, y sin embargo, ningún viajero se atrevía a cruzarlas.

Porque algo habitaba allí.

Durante generaciones, los pastores contaban historias de sombras moviéndose tras las ventanas cubiertas de hielo. Se hablaba de cánticos que surgían al caer la noche, de figuras arrodilladas en la nieve al amanecer, y de un frío imposible que apagaba antorchas y detenía corazones.

Muchos hombres intentaron destruir la ermita.

Ninguno regresó.

Así pasó el tiempo, hasta la llegada de Antuan Morer, conocido en toda Noctravar como El Duque Negro. Señor de fortalezas marchitas, conquistador de valles enteros y portador de una armadura tan oscura que parecía absorber la luz misma.

Pero Antuan Morer no llegó a la ermita movido por amor.

Llegó por una deuda.

Mucho antes de aquellos inviernos eternos, Elyra de Valdran había sido una noble piadosa y sabia, querida por el pueblo de Noctravar. Sin embargo, durante las guerras de sangre del norte fue traicionada por hombres de su propia casa y entregada a antiguas criaturas que habitaban bajo las montañas.

Allí, en aquel reino, Elyra fue condenada.

Su alma quedó atrapada entre el mundo de los vivos y el purgatorio, mientras su cuerpo regresaba convertido en una criatura vampírica condenada a alimentarse de sangre y oscuridad. Durante siglos vagó entre castillos abandonados y bosques cubiertos de niebla, incapaz de morir y también incapaz de hallar descanso.

Muchos intentaron destruirla.

Ninguno sobrevivió.

Las leyendas decían que Elyra lloraba sangre cada luna invernal y que evitaba matar inocentes, como si una parte de su antigua humanidad siguiera luchando contra la maldición.

Fue entonces cuando Antuan Morer la encontró.

No como amante.

No como salvador glorioso.

Sino como el único hombre lo bastante temerario para escuchar su historia sin huir.

Durante años, el Duque Negro recorrió criptas olvidadas, bibliotecas prohibidas y templos derruidos buscando una forma de liberar a Elyra de su condena. Aprendió rituales antiguos y habló con monjes ciegos que conocían secretos del purgatorio. Finalmente descubrió una verdad aterradora:

Solo la vieja Ermita de Santa Elyra podía purificar un alma atrapada entre la oscuridad y la muerte.

Y así, durante la noche más fría registrada en Noctravar, Antuan Morer cabalgó hacia las montañas nevadas llevando a Elyra consigo.

Los campesinos vieron avanzar dos figuras entre la tormenta:
un caballero cubierto de negro…
y una mujer pálida cuyos ojos brillaban rojos bajo la nieve.

Cuando cruzaron las puertas de la ermita, la montaña entera tembló.

Los viejos relatos cuentan que los gritos de Elyra resonaron hasta el amanecer, como si miles de almas estuvieran siendo arrancadas del abismo. Sombras monstruosas salieron de la ermita y se disolvieron en la nieve. La niebla se volvió roja durante unas horas, y el viento dejó de soplar.

Después llegó el silencio.

Cuando amaneció, algo había cambiado.

La oscuridad que envolvía la ermita durante siglos había desaparecido. El hielo comenzó a derretirse alrededor del santuario y, por primera vez en generaciones, sonaron campanas dentro del viejo campanario torcido.

Elyra de Valdran había sido liberada.

Su maldición vampírica terminó aquella noche, y su alma encontró descanso dentro de la ermita. Algunos dicen que fue purificada; otros, que ascendió más allá del alcance de la muerte.

Antuan Morer nunca explicó lo ocurrido.

Abandonó la ermita antes del alba y jamás volvió a ser visto en las cortes de Noctravar. Hay quienes aseguran que siguió vagando por el reino cazando criaturas malditas. Otros creen que entregó parte de su propia alma para romper la condena de Elyra y quedó marcado para siempre.

Pero desde aquella noche comenzaron los milagros.

Los enfermos sanaban al dormir cerca del altar. Los viajeros perdidos encontraban el camino entre la niebla. Incluso hombres crueles abandonaban las armas tras rezar dentro de la ermita.

Y así, la temida Ermita de Santa Elyra, antaño evitada por miedo a fuerzas malignas, se convirtió en el mayor sitio de peregrinaje de todo Noctravar.

Miles cruzaban montañas nevadas solo para encender una vela donde descansaba el alma purificada de Elyra de Valdran.

Y todavía hoy, cuando la niebla cubre los caminos y el invierno devora las montañas, algunos peregrinos afirman ver una figura vestida de negro observando la ermita desde la distancia.

Un hombre silencioso.

El último testigo de la noche en que una criatura condenada logró escapar del purgatorio.

Fin


Antonio Moreno


2 comentarios :

  1. Esta mujer siempre tan apasionante, voy siguiendo su enigmática historia y espero que no acabe con su purificación. un abrazo

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  2. Hola, Elyra de Valdran no podía terminar su historia de cualquier manera. Después de todo lo vivido en su existencia terrenal, sus errores, sacrificios, pérdidas y la oscuridad que cargó durante tanto tiempo. Merecía un desenlace acorde a la profundidad de su alma. Por eso era necesario que dedicara un escrito a su purificación. Muchas Gracias.

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