En un antiguo monasterio, oculto entre montañas y nieblas, vivían cinco monjes conocidos por su sabiduría. Cada amanecer, el abad colocaba una vela encendida en una de las cinco celdas y pedía a los monjes que descubrieran en cuál había sido colocada.
Sin embargo, había una regla extraña:
- Ningún monje podía salir de su celda.
- Ningún monje podía ver las demás celdas.
- Ningún monje podía hablar con los otros.
- Solo podían observar la luz que entraba por una pequeña rendija bajo su puerta.
Una mañana, el abad colocó la vela en una de las celdas. Al cabo de unos minutos, uno de los monjes golpeó tres veces la puerta y anunció correctamente dónde estaba la vela.
El abad sonrió, pues sabía que la respuesta era correcta.
¿Cómo pudo saberlo el monje?
Pistas para los lectores
- La luz puede atravesar las rendijas de algunas puertas.
- Ningún monje posee información privilegiada.
- La solución no depende de la fe ni de la magia, sino de la observación y la lógica.
El monje que acertó estaba en la misma celda donde el abad había colocado la vela.
Los demás monjes podían ver algo de luz filtrándose bajo sus puertas, pero no podían determinar con certeza de dónde procedía. En cambio, el monje que tenía la vela dentro de su propia celda observó una iluminación mucho más intensa y directa.
Al comprender que los otros monjes disponían de la misma información limitada y que ninguno podía tener una certeza absoluta, dedujo que solo quien tuviera la vela consigo podía saberlo con seguridad. Por eso golpeó tres veces la puerta y anunció correctamente que la vela estaba en su propia celda.
A veces creemos que la verdad se encuentra en lugares lejanos, cuando en realidad la única certeza nace de aquello que iluminamos dentro de nosotros mismos. Los demás ven destellos; quien sostiene la llama conoce su origen.
Antonio Moreno

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