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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
La lluvia caía sobre los bosques de Castilla como si el cielo intentara borrar el mundo.
En el invierno de 1278, cuando las noches parecían no tener amanecer, existía una aldea llamada Valdebruma. Era un lugar pequeño, perdido entre montañas y rodeado por un bosque tan antiguo que los ancianos afirmaban que ya era viejo cuando llegaron los primeros hombres.
Los habitantes obedecían una única regla.
Jamás acercarse al campanario abandonado que se alzaba en lo alto de la colina.
Nadie recordaba quién lo había construido. Nadie sabía por qué estaba allí. Las piedras negras de su torre parecían absorber la luz del día, y una niebla perpetua rodeaba sus muros incluso bajo el sol más intenso.
Pero lo más extraño era que no tenía campana.
Y, sin embargo, algunas noches sonaba.
Martín, el escribano de la aldea, era un hombre racional. No creía en demonios ni en fantasmas. Consideraba que las historias del campanario eran simples supersticiones nacidas del miedo.
Todo cambió la noche en que escuchó el sonido.
Fue poco después de la medianoche.
Un único tañido.
Grave.
Profundo.
Tan lejano y tan cercano al mismo tiempo que le heló la sangre.
DOOOONG...
Martín se incorporó en la cama.
Volvió a sonar.
DOOOONG...
Entonces escuchó algo peor.
Pasos.
Lentos.
Sobre el barro de la calle.
Se acercaban a su casa.
Abrió una rendija de la ventana.
La lluvia caía con violencia.
Entre la oscuridad distinguió una figura encapuchada caminando sola por el pueblo.
Luego otra.
Y otra más.
Docenas.
Todos avanzaban hacia la colina.
Sin hablar.
Sin levantar la cabeza.
Como sonámbulos obedeciendo una orden.
Al amanecer, la mitad de los aldeanos habían desaparecido.
Nadie encontró huellas.
Ni señales de lucha.
Ni cadáveres.
Simplemente se habían esfumado.
El sacerdote afirmó que era obra del Diablo.
Los ancianos comenzaron a rezar.
Pero Martín quería respuestas.
Tres noches después, armado únicamente con una lámpara y una daga, decidió seguir el sonido.
Cuando el campanario volvió a llamar, abandonó su casa y se internó en la tormenta.
DOOOONG...
La niebla se espesaba a cada paso.
Los árboles parecían inclinarse sobre él.
Sus ramas semejaban dedos retorcidos.
Y entonces vio las sombras.
Cientos de figuras inmóviles entre los troncos.
Observándolo.
No respiraban.
No se movían.
Solo miraban.
Martín aceleró el paso sin atreverse a enfocar la lámpara sobre ellas.
Algo en su interior le decía que no quería descubrir qué eran.
La puerta del campanario estaba abierta.
Dentro reinaba un silencio insoportable.
Subió los escalones de piedra.
Uno por uno.
La torre parecía más alta por dentro que por fuera.
Los peldaños no terminaban nunca.
Y cuanto más ascendía, más escuchaba susurros.
Voces.
Miles de voces.
Murmurando palabras imposibles de comprender.
Cuando alcanzó la cima, la lámpara cayó de sus manos.
No había campana.
Jamás la había habido.
En el centro de la sala existía un enorme pozo circular.
Y desde aquel agujero surgía el sonido.
DOOOONG...
DOOOONG...
DOOOONG...
Como si algo gigantesco golpeara desde las profundidades de la tierra.
Martín se acercó al borde.
Miró hacia abajo.
Y deseó no haberlo hecho.
El pozo no tenía fondo.
O eso creyó al principio.
Luego comprendió la verdad.
No era oscuridad.
Eran cuerpos.
Miles.
Quizá millones.
Apilados unos sobre otros.
Rostros pálidos.
Ojos abiertos.
Bocas inmóviles.
Todos mirando hacia arriba.
Todos mirando a Martín.
Entonces uno sonrió.
Después otro.
Y otro más.
Hasta que cada rostro del abismo sonreía.
Las voces comenzaron a hablar al unísono.
—Por fin has venido.
Martín retrocedió.
—¿Quiénes sois?
—Somos los que escucharon la llamada.
—¿Qué llamada?
La respuesta llegó desde las profundidades.
—La misma que tú escuchaste.
Entonces algo emergió lentamente del pozo.
Una mano.
Enorme.
Humana y no humana al mismo tiempo.
Cubierta de piel gris.
Demasiado larga.
Demasiado vieja.
La mano se aferró al borde de piedra.
Luego apareció otra.
Y otra.
Y otra.
Miles.
Como si una multitud intentara salir.
Martín huyó.
Bajó los escalones a toda velocidad.
Escuchó risas detrás de él.
Escuchó pasos.
Escuchó algo arrastrándose por las paredes.
Al alcanzar la salida, corrió sin mirar atrás.
No regresó a la aldea.
Nunca.
Años después, unos viajeros encontraron un manuscrito oculto en un monasterio.
Era el diario de Martín.
Las últimas páginas estaban escritas con una letra temblorosa.
En ellas afirmaba haber descubierto el verdadero propósito del campanario.
No era una prisión.
Era una puerta.
Y cada vez que sonaba, alguien era llamado.
No para morir.
Sino para ocupar un lugar.
Para sustituir a uno de los rostros del pozo.
La última frase estaba escrita con tinta oscura y apresurada:
"Si estás leyendo esto, ya has oído la campana. No importa que no la recuerdes. Nadie la recuerda al principio."
Después no había más texto.
Solo un dibujo.
El dibujo de un rostro.
Un rostro aterrorizado.
El del propio Martín.
Y bajo él, una fecha.
La fecha exacta de su desaparición.
Los monjes quemaron el manuscrito.
La historia fue olvidada.
El campanario desapareció de los mapas.
La aldea acabó abandonada.
Pero hay quienes aseguran que, durante ciertas noches de lluvia, cuando el mundo parece quedarse completamente solo, puede escucharse un tañido lejano.
Un sonido grave.
Profundo.
Imposible.
Y quizá, mientras lees estas últimas líneas, hayas sentido una extraña sensación.
Como si alguien estuviera observándote.
Esperando.
No desde la ventana.
Ni desde la oscuridad de la habitación.
Sino desde algún lugar mucho más profundo.
Porque la verdadera pregunta no es qué había dentro del pozo.
La verdadera pregunta es:
¿Cuántos rostros había allí antes de que empezaras a leer este relato... y cuántos hay ahora?
Fin
Antonio Moreno








