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sábado, 27 de junio de 2026

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Pedro el Embustero: Crónica de un Reino Marchito


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

Hubo una vez un reino próspero, de fértiles campos, villas bulliciosas y artesanos cuya fama cruzaba mares y montañas. Sus gentes trabajaban con el sudor de sus frentes, confiando en que el esfuerzo sería siempre recompensado.

Mas toda prosperidad despierta la codicia de quienes ansían el poder por encima del honor.

En aquellos días apareció un ambicioso cortesano llamado Don Pedro Guevs Gods, conocido por todo el reino como Pedro el Embustero. Era hombre de sonrisa afilada, lengua de serpiente y mirada siempre puesta en el trono ajeno. Decían las viejas del mercado que jamás pronunciaba una verdad si una mentira podía servirle mejor.

No conquistó el poder mediante hazañas, ni por el respeto de los nobles, ni por el amor del pueblo. Lo hizo tejiendo una inmensa red de intrigas, promesas imposibles y engaños cuidadosamente preparados. Unos fueron comprados con monedas; otros, seducidos por privilegios; y los más ingenuos, embaucados con discursos tan dulces como venenosos.

Cuando el viejo gobernador cayó en desgracia, Pedro ya había colocado a sus fieles en cada rincón del castillo. Poco después, el legítimo rey fue obligado a abandonar su propio reino mientras los heraldos proclamaban una nueva era de prosperidad.

Pero aquella prosperidad jamás llegó.

Los ocho años del gobierno de Pedro el Embustero parecieron ocho siglos para quienes debían trabajar cada amanecer. Los caminos se llenaron de impuestos; los graneros, de recaudadores; y las aldeas, de miedo.

Lo que antes era un reino unido comenzó a resquebrajarse como un viejo muro.

Vecinos contra vecinos.

Hermanos contra hermanos.

Comarcas enfrentadas por capricho de la corte.

Mientras el pueblo discutía entre sí, el palacio celebraba banquetes.

Pedro jamás caminaba solo. Siempre iba escoltado por su célebre ejército de horcos, criaturas grotescas de escaso juicio y enorme obediencia. No destacaban por su inteligencia, sino por repetir sin descanso las consignas de su señor.

Si el pueblo protestaba, los horcos respondían con burlas.

Si algún artesano denunciaba una injusticia, lo llamaban traidor.

Si un campesino preguntaba dónde terminaban los tributos, era señalado como enemigo del reino.

Los horcos ocupaban cargos, escribían pregones, vigilaban plazas y defendían cualquier decisión de su amo, por absurda que pareciera.

La verdad dejó de importar.

Solo sobrevivía la versión oficial.

Los impuestos crecían sin cesar. Los talleres cerraban. Los comerciantes abandonaban las rutas. Los jóvenes marchaban en busca de fortuna lejos de aquellas tierras. Cada invierno parecía más frío que el anterior y cada cosecha más escasa.

Sin embargo, desde los balcones del castillo seguían proclamando que el reino jamás había sido tan próspero.

Las demás coronas de Europa observaban con estupor aquel espectáculo. Donde antes admiraban una nación fuerte, ahora contemplaban un reino dividido, ridiculizado y convertido en motivo de chanza entre embajadores y mercaderes.

Pero ningún tirano gobierna eternamente.

En las tabernas, junto al fuego, comenzó a extenderse una vieja profecía.

Contaba la leyenda que algún día aparecería un caballero andante. No sería el más rico, ni el más famoso, sino aquel capaz de recordar al pueblo que la verdad vale más que mil mentiras y que la justicia pesa más que cualquier corona.

Cuando ese caballero llegara, los horcos ya no podrían esconderse tras sus gritos.

Las máscaras caerían.

Las trampas quedarían al descubierto.

Y quienes durante años utilizaron el poder únicamente para su propio beneficio tendrían que responder ante la justicia del reino.

Entonces las mazmorras, vacías durante demasiado tiempo para ciertos personajes de la corte, volverían a cumplir su propósito.

Y el pueblo, cansado de promesas huecas, comprendería que ningún embustero puede reinar para siempre, porque los castillos levantados sobre la mentira terminan derrumbándose bajo el peso de su propia falsedad.

Desde entonces, en todas las tabernas del reino, cuando algún fanfarrón pretendía engañar a los demás con palabras grandilocuentes, siempre había un anciano que sonreía y decía:

—Mucho cuidado... no vaya a resultarte digno sucesor de Pedro el Embustero.

Y el silencio que seguía a aquellas palabras valía más que cualquier discurso pronunciado desde un trono.


Antonio Moreno


viernes, 15 de mayo de 2026

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La Ermita de Santa Elyra


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En los días más antiguos del reino de Noctravar, cuando los inviernos duraban años y los lobos caminaban entre aldeas abandonadas, existía un sendero olvidado que se perdía entre montañas cubiertas de nieve eterna. Allí, donde la niebla jamás se disipaba del todo y el viento sonaba como voces de difuntos, se alzaba la pequeña Ermita de Santa Elyra.

Nadie sabía quién la había construido.

Los más ancianos juraban que ya estaba allí antes de la fundación de Noctravar. Otros afirmaban que había sido levantada por monjes ciegos que hablaban con los astros. Algunos decían que no había sido construida por manos humanas en absoluto.

La ermita era pequeña, de piedra negra y húmeda, con un campanario torcido que jamás tocaba campanas. Las puertas permanecían abiertas incluso durante las tormentas más crueles, y sin embargo, ningún viajero se atrevía a cruzarlas.

Porque algo habitaba allí.

Durante generaciones, los pastores contaban historias de sombras moviéndose tras las ventanas cubiertas de hielo. Se hablaba de cánticos que surgían al caer la noche, de figuras arrodilladas en la nieve al amanecer, y de un frío imposible que apagaba antorchas y detenía corazones.

Muchos hombres intentaron destruir la ermita.

Ninguno regresó.

Así pasó el tiempo, hasta la llegada de Antuan Morer, conocido en toda Noctravar como El Duque Negro. Señor de fortalezas marchitas, conquistador de valles enteros y portador de una armadura tan oscura que parecía absorber la luz misma.

Pero Antuan Morer no llegó a la ermita movido por amor.

Llegó por una deuda.

Mucho antes de aquellos inviernos eternos, Elyra de Valdran había sido una noble piadosa y sabia, querida por el pueblo de Noctravar. Sin embargo, durante las guerras de sangre del norte fue traicionada por hombres de su propia casa y entregada a antiguas criaturas que habitaban bajo las montañas.

Allí, en aquel reino, Elyra fue condenada.

Su alma quedó atrapada entre el mundo de los vivos y el purgatorio, mientras su cuerpo regresaba convertido en una criatura vampírica condenada a alimentarse de sangre y oscuridad. Durante siglos vagó entre castillos abandonados y bosques cubiertos de niebla, incapaz de morir y también incapaz de hallar descanso.

Muchos intentaron destruirla.

Ninguno sobrevivió.

Las leyendas decían que Elyra lloraba sangre cada luna invernal y que evitaba matar inocentes, como si una parte de su antigua humanidad siguiera luchando contra la maldición.

Fue entonces cuando Antuan Morer la encontró.

No como amante.

No como salvador glorioso.

Sino como el único hombre lo bastante temerario para escuchar su historia sin huir.

Durante años, el Duque Negro recorrió criptas olvidadas, bibliotecas prohibidas y templos derruidos buscando una forma de liberar a Elyra de su condena. Aprendió rituales antiguos y habló con monjes ciegos que conocían secretos del purgatorio. Finalmente descubrió una verdad aterradora:

Solo la vieja Ermita de Santa Elyra podía purificar un alma atrapada entre la oscuridad y la muerte.

Y así, durante la noche más fría registrada en Noctravar, Antuan Morer cabalgó hacia las montañas nevadas llevando a Elyra consigo.

Los campesinos vieron avanzar dos figuras entre la tormenta:
un caballero cubierto de negro…
y una mujer pálida cuyos ojos brillaban rojos bajo la nieve.

Cuando cruzaron las puertas de la ermita, la montaña entera tembló.

Los viejos relatos cuentan que los gritos de Elyra resonaron hasta el amanecer, como si miles de almas estuvieran siendo arrancadas del abismo. Sombras monstruosas salieron de la ermita y se disolvieron en la nieve. La niebla se volvió roja durante unas horas, y el viento dejó de soplar.

Después llegó el silencio.

Cuando amaneció, algo había cambiado.

La oscuridad que envolvía la ermita durante siglos había desaparecido. El hielo comenzó a derretirse alrededor del santuario y, por primera vez en generaciones, sonaron campanas dentro del viejo campanario torcido.

Elyra de Valdran había sido liberada.

Su maldición vampírica terminó aquella noche, y su alma encontró descanso dentro de la ermita. Algunos dicen que fue purificada; otros, que ascendió más allá del alcance de la muerte.

Antuan Morer nunca explicó lo ocurrido.

Abandonó la ermita antes del alba y jamás volvió a ser visto en las cortes de Noctravar. Hay quienes aseguran que siguió vagando por el reino cazando criaturas malditas. Otros creen que entregó parte de su propia alma para romper la condena de Elyra y quedó marcado para siempre.

Pero desde aquella noche comenzaron los milagros.

Los enfermos sanaban al dormir cerca del altar. Los viajeros perdidos encontraban el camino entre la niebla. Incluso hombres crueles abandonaban las armas tras rezar dentro de la ermita.

Y así, la temida Ermita de Santa Elyra, antaño evitada por miedo a fuerzas malignas, se convirtió en el mayor sitio de peregrinaje de todo Noctravar.

Miles cruzaban montañas nevadas solo para encender una vela donde descansaba el alma purificada de Elyra de Valdran.

Y todavía hoy, cuando la niebla cubre los caminos y el invierno devora las montañas, algunos peregrinos afirman ver una figura vestida de negro observando la ermita desde la distancia.

Un hombre silencioso.

El último testigo de la noche en que una criatura condenada logró escapar del purgatorio.

Fin


Antonio Moreno


martes, 12 de mayo de 2026

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Noctravar: La Caída de la Fortaleza de la Luz


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Mucho antes de que los cuervos anidaran en sus almenas y de que los aldeanos evitaran pronunciar su nombre al caer la noche, la fortaleza de Noctravar fue un lugar de paz.

Se alzaba sobre una colina de piedra negra, rodeada de bosques espesos y ríos de aguas claras. Sus murallas, aunque imponentes, no inspiraban miedo, sino refugio. Los caminantes que cruzaban los caminos del norte hallaban allí calor, pan reciente y un techo bajo el cual descansar. Los mercaderes dejaban sus carros en el patio interior sin temor a los ladrones, y los peregrinos encendían velas en la pequeña capilla dedicada a Santa Elyra, agradeciendo haber encontrado descanso tras jornadas interminables.

En aquellos días gobernaba la fortaleza la casa de Valdran, una familia austera pero justa. El señor Edric de Valdran, su esposa, lady Maelis y su hija Elyra, y mantenían abiertas las puertas de Noctravar incluso durante los inviernos más crueles. En las cocinas nunca faltaba el caldo humeante, y en el gran salón resonaban canciones de laúdes mientras la nieve golpeaba las ventanas.

Los niños corrían por los patios persiguiendo perros y gallinas. Los establos olían a heno fresco. En primavera, los viajeros describían Noctravar como un faro entre la niebla, un rincón donde el cansancio parecía disolverse.

Y quizá aquello era cierto.

Había en la fortaleza una calma difícil de explicar. Los ancianos decían que las piedras estaban bendecidas por antiguos juramentos; otros aseguraban que las montañas protegían el lugar de los males del mundo. Fuera cual fuese la verdad, quienes dormían en Noctravar despertaban con el espíritu ligero y el corazón tranquilo.

Pero toda luz proyecta una sombra.

El cambio comenzó el año de la Gran Helada, cuando apareció un hombre vestido con hábitos cenicientos y acompañado por doce monjes silenciosos. Se hacía llamar abad Leandro de Vhal.

Nadie supo de dónde venía realmente.

Traía consigo pergaminos sellados con lacre rojo y afirmaba actuar en nombre de una orden sagrada dedicada a preservar el conocimiento y combatir la corrupción del alma. Hablaba con voz suave y mirada serena, y durante los primeros meses muchos creyeron que su llegada era una bendición.

El abad aconsejaba a los nobles, ayudaba a curar enfermos con hierbas extrañas y recitaba sermones que emocionaban incluso a los más escépticos. Poco a poco fue ganándose la confianza del señor Edric.

Hasta que empezó a pedir.

Primero solicitó una pequeña torre para albergar a sus monjes. Después reclamó las bodegas para guardar “reliquias sagradas”. Más tarde convenció a Edric de transformar la capilla en un templo mayor. Las obras comenzaron de inmediato: derribaron muros antiguos, cubrieron frescos luminosos con piedra oscura y levantaron campanas cuyo sonido parecía demasiado grave para pertenecer a este mundo.

Leandro de Vhal decía que la alegría distraía a los hombres de la virtud.

Las canciones fueron prohibidas.

El vino desapareció de las mesas.

Los viajeros dejaron de reunirse junto al fuego porque los monjes vigilaban cada conversación como si buscaran pecados escondidos entre las palabras.

Con el paso de los años, Noctravar dejó de parecer una fortaleza y se convirtió en una abadía sombría. Los jardines se secaron. Las ventanas fueron tapiadas para impedir que “las tentaciones del exterior” penetraran en los dormitorios. Los monjes caminaban en silencio por corredores iluminados apenas por velas azules, y las campanas sonaban incluso en mitad de la madrugada.

Entonces comenzaron los rumores.

Algunos caminantes aseguraban oír llantos bajo las criptas. Otros hablaban de figuras encapuchadas arrastrando cadenas por los pasillos inferiores. Había quien juraba que el abad realizaba ceremonias secretas en la antigua sala del trono, donde jamás se apagaban las velas negras.

El señor Edric de Valdran murió consumido por una enfermedad desconocida.

Lady Maelis desapareció sin dejar rastro.

Y una mañana de otoño, los aldeanos descubrieron que las puertas de Noctravar permanecían cerradas.

Nadie volvió a ser recibido allí.

Desde entonces, la niebla rodeó permanentemente la colina. Los cuervos sustituyeron a las golondrinas. Las gentes del valle comenzaron a decir que la fortaleza estaba embrujada, maldita por los pecados de Leandro de Vhal y sus monjes.

Pero los ancianos aún recuerdan otra Noctravar.

Recuerdan el sonido de las risas en el patio.

El olor del pan recién hecho.

La música escapando por las ventanas durante las noches de invierno.

Y dicen que, cuando el viento sopla desde el este y la niebla se aparta un instante, todavía puede verse la sombra de aquella antigua fortaleza feliz oculta bajo la oscuridad de la abadía.


Antonio Moreno

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