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viernes, 22 de mayo de 2026

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El templario y el hombre sin suerte:El peso de empezar perdiendo (Capítulo 1)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

Capítulo 1: El peso de empezar perdiendo


Desde antes de que pudiera entender lo que significaba la palabra “suerte”, la vida ya parecía haber tomado una decisión sobre él.

Se llamaba Mateo, y su historia no empezó con tragedias espectaculares ni con giros dramáticos dignos de una película. No. Lo suyo era más silencioso, más constante. Una especie de mala fortuna persistente, como una lluvia fina que nunca se detiene, que no empapa de golpe, pero que acaba calando hasta los huesos.


De niño, Mateo no tuvo una infancia especialmente feliz, pero tampoco podía decir que fuera la peor. Simplemente… siempre parecía quedarse un paso por detrás. Cuando en la escuela hacían equipos, él era el último en ser elegido. Cuando estudiaba mucho para un examen, sacaba una nota aceptable, pero nunca destacaba. Cuando intentaba hacer amigos, algo —un malentendido, una broma fuera de lugar, un silencio incómodo— terminaba alejando a los demás.

No era torpe, ni antipático, ni especialmente raro. Pero había algo en él que no terminaba de encajar.


Su padre solía decirle:
—La vida no le debe nada a nadie.

Y Mateo asentía, aunque en el fondo no entendía por qué parecía deberle menos a él que a los demás.


En casa, las cosas tampoco eran fáciles. El dinero nunca alcanzaba del todo, las discusiones eran frecuentes y el ambiente estaba cargado de una tensión constante. Mateo aprendió pronto a no pedir demasiado, a no quejarse, a no molestar. Se volvió experto en hacerse pequeño, en pasar desapercibido.

Pero también aprendió algo más: a resistir.

Porque cada vez que algo salía mal —que era casi siempre—, Mateo encontraba la manera de seguir adelante. No porque tuviera una gran motivación ni porque creyera que todo mejoraría mágicamente, sino porque no sabía hacer otra cosa. Rendirse no era una opción que alguien le hubiera enseñado.

La adolescencia no fue más amable.


Mientras otros descubrían quiénes eran, él parecía perderse más. Intentó encajar en distintos grupos: los estudiosos, los deportistas, los que se sentaban al fondo y se reían de todo. En ninguno duró mucho. Siempre había un momento en el que se daba cuenta de que no pertenecía ahí.

Y luego estaba el amor.


Su primera vez no fue un gran romance ni una historia inolvidable. Fue más bien una acumulación de pequeños rechazos. Miradas que no eran correspondidas, mensajes que quedaban sin respuesta, ilusiones que se desinflaban antes de empezar.

Cuando por fin creyó que algo podía salir bien —una chica que le sonreía, que parecía interesarse por él—, resultó que solo necesitaba ayuda con los estudios. Mateo la ayudó durante meses. Cuando terminó el curso, ella desapareció de su vida como si nunca hubiera estado.

Le dolió. Claro que le dolió.

Pero no dejó de intentarlo.

Ese era el patrón de su vida: golpe tras golpe, decepción tras decepción… y aun así, seguir.


En los trabajos tampoco encontró refugio. Su primer empleo fue en una tienda donde lo despidieron por un error que ni siquiera había sido completamente suyo. En el siguiente, trabajó más horas de las que le correspondían, con la esperanza de que lo valoraran. No lo hicieron. En otro, la empresa cerró de un día para otro.

Cada vez que parecía estar a punto de estabilizarse, algo fallaba.

Algo siempre fallaba.


Y sin embargo, había algo en Mateo que no se rompía.

A veces, por la noche, cuando todo estaba en silencio, se preguntaba si tenía sentido seguir intentándolo. Si no sería más fácil aceptar que su vida estaba destinada a ser una sucesión de intentos fallidos.


Pero al día siguiente, se levantaba.

Se levantaba aunque no tuviera ganas. Aunque no viera un futuro claro. Aunque todo indicara que el esfuerzo no cambiaría nada.

Se levantaba… y volvía a intentarlo.


Porque en algún rincón profundo de sí mismo, había una idea pequeña, casi invisible, pero obstinada:

Que tal vez, solo tal vez, algún día, algo saldría bien.

Y aunque ese día nunca parecía llegar, Mateo seguía caminando hacia él.

Sin suerte, sí.

Pero nunca derrotado.


Continuara...


Siempre y cuando sea de su agrado.

viernes, 1 de mayo de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: Guardianes de la Verdad (Capítulo 14)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El silencio no duró.

Nunca lo hacía en aquel lugar.

Pero esta vez… no era el mismo silencio.

No era opresivo.

No era una amenaza contenida.

Era… expectante.

Como si la cripta misma estuviera aguardando el siguiente movimiento.

Gala fue la primera en incorporarse. Aún le dolía la garganta, cada respiración raspaba, pero su mirada ya no era de miedo.

Era de desafío.

—Dijiste que había cambiado —dijo, mirando a Mateo fijamente—. Pues nosotros también.

Mateo no respondió de inmediato.

Seguía observando la tumba.

No la superficie.

Sino lo que había debajo.

—Antes estaba atado aquí —murmuró—. A la piedra. Al ritual. A su mentira.

Bajó la vista hacia sus manos.

Las marcas ahora parecían… líneas.

No quemaduras.

No heridas.

Símbolos.

—Ahora no.

Gala se acercó, apoyándose un segundo en él antes de recuperar el equilibrio.

—Entonces tenemos un problema.

Mateo negó suavemente.

—No.

Hizo una pausa.

Y por primera vez desde que todo había empezado…

Sonrió.

—Tenemos una oportunidad.

El suelo tembló.

No con violencia.

Con intención.

Ambos miraron la tumba.

Un sonido profundo, antiguo, surgió desde dentro.

No era el abad.

No era oscuridad.

Era… otra cosa.

Algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

La piedra comenzó a moverse.

No rompiéndose.

Deslizándose.

Como una puerta que jamás había sido abierta.

Gala dio un paso atrás.

—Vale… esto no estaba en el plan.

Mateo avanzó.

—Porque no lo entendíamos todo.

La losa terminó de apartarse.

Y debajo…

No había un cuerpo.

Ni restos.

Ni vacío.

Había una cámara.

Perfectamente conservada.

Sellada por siglos.

Y en el centro…

Un cofre.

De hierro oscuro, cubierto de símbolos templarios.

Y alrededor…

Papel.

Decenas.

No.

Cientos.

Pergaminos, códices, documentos.

Algunos manchados.

Otros quemados en los bordes.

Pero intactos.

Esperando.

Gala dejó escapar una risa breve, incrédula.

—No me lo creo…

Se acercó despacio, como si temiera que todo desapareciera si iba demasiado rápido.

El tesoro

Mateo negó.

—No.

Señaló los documentos.

—Esto es el tesoro.

Gala tomó uno.

Lo desplegó con cuidado.

Y lo que vio…

Le borró la sonrisa.

Nombres.

Fechas.

Condenas.

Confesiones forzadas.

Firmas.

La del abad.

Una y otra vez.

—Dios… —susurró—. Esto no es historia… es prueba.

Mateo asintió.

—Él no protegía nada.

Miró el cofre.

—Lo ocultaba.

Entre los documentos, Gala encontró otro.

Más antiguo.

Sellado con un símbolo distinto.

Lo abrió.

Y sus ojos se abrieron de par en par.

Mateo

Él se acercó.

Leyó por encima.

Y lo entendió al instante.

El templario… —dijo en voz baja—. No era el guardián del tesoro.

Gala tragó saliva.

—Era el guardián de la verdad.

El aire volvió a cambiar.

Un frío sutil.

Un susurro apenas perceptible.

Pero esta vez…

No era hostil.

Una presencia.

Dos.

Gala lo sintió.

Mateo también.

No hicieron falta palabras.

Sabían quiénes eran.

Antuan.

Yaret.

No como espectros.

No como ecos.

Como… descanso.

La linterna iluminó la cámara con más fuerza.

Y por un instante…

Pareció que la luz no venía de ellos.

Sino de dentro.

Mateo cerró el cofre lentamente.

—Se acabó —dijo.

Gala lo miró.

—¿Seguro?

Mateo negó.

—Para ellos, sí.

Hizo una pausa.

Y luego levantó la mirada.

Firme.

Un golpe seco resonó en la cripta.

No dentro.

Fuera.

Ambos se tensaron.

Otro golpe.

Más fuerte.

Gala entrecerró los ojos.

—Dime que eso es alguien intentando entrar…

Mateo no respondió.

Porque lo sabía.

Y no le gustaba.

Un tercer golpe.

La puerta exterior.

Cediendo.

Y entonces…

Una voz.

Lejana.

Pero real.

—¡Policía! ¡Abran!

Gala soltó el aire de golpe.

—Bueno… —dijo, con una media sonrisa cansada—. Supongo que ahora viene la parte divertida.

Mateo miró los documentos.

Luego la tumba.

Luego sus manos.

Las marcas ya no ardían.

Pero tampoco se iban.

—No —dijo—. Ahora viene la verdad.

Se giró hacia la salida.

Gala recogió uno de los documentos.

Solo uno.

El más claro.

El más condenatorio.

—Por si acaso —murmuró.

Mateo asintió.

Y juntos caminaron hacia la luz.

Pero antes de salir…

Algo ocurrió.

Muy leve.

Casi imperceptible.

En la cámara.

En la oscuridad que ya no era del abad.

Una sombra.

No formada.

No consciente.

Pero presente.

Y esta vez…

No estaba atrapada.

No estaba furiosa.

Solo…

Observaba.

Aprendiendo.

Esperando.

Porque algunas historias no terminan.

Solo cambian de dueño.

Fin


Antonio Moreno

martes, 28 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: La Cripta del Último Aliento (Capítulo 13)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El eco de sus pasos no llegó a apagarse.

Algo lo devolvió.

No como sonido.

Como presencia.

Primero fue un susurro que no pertenecía al aire. Después, un peso que no venía del suelo. La cripta, que hacía apenas unos instantes había respirado alivio, volvió a tensarse… como un cuerpo que recuerda demasiado tarde que aún puede sufrir.

Mateo se detuvo en seco.

Gala lo notó antes de preguntar.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió de inmediato.

Escuchaba.

No con los oídos.

Con la sangre.

—No… —murmuró—. No está en paz.

La linterna parpadeó.

Una vez.

Dos.

Y luego…

Se apagó.

La oscuridad cayó como un golpe.

Gala soltó un leve grito contenido y buscó a Mateo a tientas.

Mateo

—Estoy aquí.

Pero su voz no estaba donde debería.

Sonaba… más lejos.

Más profunda.

Como si hablara desde dentro de la piedra.

Un crujido recorrió la cripta.

No desde las paredes.

Desde la tumba.

El mismo lugar que habían sellado.

El mismo lugar que habían liberado.

O eso creían.

Un sonido seco.

Como uñas arrastrándose por dentro de la roca.

Gala retrocedió instintivamente.

—No puede ser…

La grieta.

La grieta que habían usado para introducir el pergamino…

Se abrió.

No como antes.

Más.

Mucho más.

Lo suficiente para que algo oscuro, espeso, casi líquido, comenzara a filtrarse hacia fuera.

No era sangre.

Pero lo recordaba.

Mateo dio un paso adelante, en contra de todo instinto.

—No lo hicimos mal… —susurró, más para sí mismo que para Gala—. Lo hicimos todo.

Entonces la voz llegó.

No desde un lugar.

Desde todos.

—Lo hicisteis… incompleto.

El aire se congeló.

Literalmente.

Cada respiración se volvió dolorosa.

Gala sintió cómo su pecho se contraía.

—¿Quién…? —intentó decir.

La respuesta no fue una palabra.

Fue una forma.

La oscuridad que salía de la tumba comenzó a elevarse, retorciéndose como humo atrapado en agua. Lentamente, tomó altura… y estructura.

Primero una silueta.

Luego un rostro.

O lo que quedaba de uno.

Los ojos no estaban.

Había huecos.

Profundos.

Hambrientos.

Y aun así…

Miraban.

El abad… —susurró Mateo.

La figura se terminó de formar frente a ellos.

Alta.

Demasiado.

Los huesos insinuados bajo una piel que no terminaba de existir.

La boca abierta en algo que no era un grito…

Sino un juicio.

Borrasteis mi obra —dijo la cosa, con una voz que parecía arrastrar siglos de polvo—. Nombrasteis lo que debía permanecer olvidado.

Gala que no es de las que se calla apretó los dientes.

—Dijimos la verdad.

La criatura giró la cabeza hacia ella.

Demasiado rápido.

—La verdad… —repitió— …es lo que se impone.

Y en ese instante…

Se movió.

No caminó.

Apareció.

Frente a Gala.

Su mano —si es que podía llamarse así— atravesó el aire y se cerró alrededor de su garganta.

Gala no gritó.

No pudo.

Sus pies se elevaron del suelo.

Mateo reaccionó.

—¡Suéltala!

Se lanzó hacia la figura, pero en cuanto la tocó…

Algo lo atravesó.

Un dolor brutal, eléctrico, ancestral.

Cayó de rodillas.

No era un golpe.

Era un recuerdo.

Visiones.

Fuego.

Gritos.

Piedra cerrándose.

Y una figura…

El abad.

No como espectro.

Como hombre.

Observando.

Decidiendo.

Condenando.

Mateo jadeó.

—Tú… —escupió—. Tú elegiste…

La criatura inclinó la cabeza.

—Yo preservé.

Apretó más.

Gala comenzó a perder la fuerza.

Sus manos intentaban liberar el agarre imposible.

—La pureza… exige silencio —continuó el abad—. Y vosotros… habéis traído ruido.

Mateo levantó la vista.

Sus manos temblaban.

Las marcas.

Brillaban.

Más que antes.

Como brasas bajo la piel.

—No… —dijo, con un hilo de voz—. Nosotros trajimos memoria.

La criatura lo miró.

Y por primera vez…

Vaciló.

Un segundo.

Suficiente.

Mateo se puso en pie con un grito ahogado y extendió la mano hacia la tumba.

—¡Antuan! —exclamó—. ¡Yaret!

El nombre no fue un sonido.

Fue una llamada.

La piedra respondió.

Un pulso.

Luego otro.

La oscuridad que formaba al abad tembló.

Gala cayó al suelo, liberada de golpe, tosiendo, recuperando aire a duras penas.

—No… —gruñó la entidad—. No tienen voz.

—La tienen —replicó Mateo—. Porque tú no pudiste borrarlos del todo.

El suelo vibró.

Desde dentro de la tumba.

Desde donde el pergamino descansaba.

Una luz.

Débil.

Pero real.

Se filtró por la grieta.

La figura del abad se retorció.

—No podéis deshacer lo que hice…

—No —dijo Mateo, avanzando—. Pero podemos impedir que sigas haciéndolo.

La luz creció.

Y con ella…

Las sombras retrocedieron.

La forma del abad comenzó a fragmentarse.

No desaparecía.

Se desgarraba.

Como si algo dentro de él estuviera siendo arrancado.

—Esto… no termina aquí… —rugió—. La sangre… sigue siendo mía…

Mateo se detuvo.

Lo miró directamente.

—No.

Levantó la mano.

Las marcas ardían con una claridad insoportable.

—Nunca lo fue.

El estallido no fue violento.

Fue absoluto.

Luz y oscuridad chocaron en un instante que pareció romper el tiempo.

Y luego…

Silencio.

Cuando la linterna volvió a encenderse —sin que nadie la tocara—…

La cripta estaba vacía.

La tumba, sellada.

Sin grietas.

Sin rastro de lo ocurrido.

Gala, aún en el suelo, respiraba con dificultad.

Mateo seguía de pie.

Inmóvil.

Mirando sus manos.

Las marcas…

Ya no brillaban.

Pero tampoco habían desaparecido.

Eran más profundas.

Más… definidas.

Gala levantó la mirada.

—¿Se ha ido?

Mateo no respondió enseguida.

Sus ojos no estaban en la cripta.

Estaban en otra parte.

Más lejos.

Más oscura.

—No —dijo finalmente.

Gala sintió un escalofrío.

—¿Entonces qué…?

Mateo bajó lentamente la mano.

—Ha cambiado.

El silencio que siguió no fue alivio.

Fue advertencia.

Porque en algún lugar que no pertenecía a la piedra…

Ni al tiempo…

Algo que había sido despertado…

Acababa de aprender a esperar.


Continuará...


lunes, 27 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: La Tumba del Juramento Eterno (Capítulo 12)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El sonido no fue un suspiro.

Fue más antiguo.

Más denso.

Como si la piedra misma recordara haber estado viva.

Mateo y Gala se quedaron inmóviles. La linterna, ahora temblorosa, apenas lograba sostener un círculo de luz entre tanta oscuridad. El pergamino, ya enrollado, parecía latir contra la palma de Mateo.

—No estamos solos —susurró Gala, sin apartar la vista de la tumba.

Mateo no respondió. Había algo más fuerte que el miedo creciendo en su interior. Algo que no nacía de él… sino de aquello que llevaba dentro.

La sangre.

La memoria.

La deuda.

Y entonces lo entendió.

No era suficiente haber leído la verdad.

Había que terminarla.

La tumba —dijo de pronto—. No es solo un lugar. Es un cierre.

Gala lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Mateo avanzó un paso hacia la lápida de Antuan Morer. La piedra estaba erosionada, pero aún se distinguían fragmentos del nombre… como si el tiempo o alguien hubiese intentado borrarlo, sin éxito.

Yaret no solo fue encerrada —continuó—. Fue silenciada. Antuan fue enterrado… pero no despedido. Lo que ocurrió aquí quedó incompleto.

Gala frunció el ceño.

—¿Y el pergamino?

Mateo lo sostuvo frente a la tumba.

—Es la única prueba de lo que realmente pasó. Sangre que recuerda. Historia que no pudo ser dicha.

El aire volvió a estremecerse.

Más cerca esta vez.

Gala dio un paso junto a él.

—Entonces… tenemos que devolverlo.

Mateo asintió.

—Y reescribir lo que fue borrado.

Durante unos segundos, ninguno se movió. Como si incluso la decisión necesitara ser aceptada por algo más que ellos.

Algo antiguo.

Algo que observaba.

Finalmente, Mateo se arrodilló frente a la lápida.

La piedra estaba fría.

Pero no muerta.

—Ayúdame —dijo.

Gala se agachó a su lado. Entre ambos, comenzaron a apartar los restos de polvo y fragmentos sueltos que cubrían la base. No fue difícil encontrar una grieta. Era casi como si hubiese estado esperando.

Mateo introdujo el pergamino con cuidado.

En cuanto la sangre tocó la oscuridad de la tumba…

La cripta reaccionó.

Un golpe seco.

Después otro.

Como un corazón olvidado intentando recordar cómo latir.

Gala retrocedió instintivamente.

Mateo

Pero él no se movió.

Sus manos seguían sobre la piedra.

—Aún no —dijo—. Falta algo.

Y entonces lo vio.

No con los ojos.

Con la certeza.

—Sus nombres —susurró.

Gala entendió de inmediato.

El abad los borró.

Mateo asintió.

—Entonces nosotros los devolvemos.

Buscó en su mochila y sacó una pequeña navaja. No dudó. La colocó contra la superficie de la lápida y comenzó a marcar.

Al principio, la piedra resistió.

Pero luego cedió.

Como si reconociera el gesto.

Como si lo aceptara.

Gala observaba, en silencio, mientras las letras comenzaban a formarse.

Primero uno.

Luego el otro.

ANTUAN MORER

Debajo, con más cuidado aún:

YARET DE ALBOR

El último trazo fue el más difícil.

No por la piedra.

Por el peso.

Mateo detuvo la mano un instante.

—No basta con escribirlos —dijo en voz baja—. Hay que recordar por qué.

Gala apoyó su mano sobre la suya.

—Entonces dilo.

Mateo cerró los ojos.

Y habló.

—Fueron traicionados —dijo—. No por debilidad… sino por amor. Eligieron no rendirse. Eligieron no mentir. Y por eso fueron condenados.

El aire dejó de moverse.

—No murieron en pecado —continuó—. Murieron en verdad.

Un silencio profundo se extendió por la cripta.

Y luego…

Algo cambió.

La presión desapareció.

El frío retrocedió.

La oscuridad dejó de pesar.

Gala sintió cómo el miedo se deshacía, como si nunca hubiese estado allí.

Mateo… —susurró—. ¿Lo sientes?

Él abrió los ojos.

Y por primera vez desde que habían llegado…

La tumba estaba en paz.

No hubo voces.

No hubo apariciones.

Solo una calma tan profunda que dolía.

Como un descanso largamente negado.

Mateo dejó caer la navaja.

—Ya está —dijo.

Gala miró los nombres.

Y luego a él.

—¿Crees que…?

Mateo negó suavemente.

—No lo creo.

Lo sabía.

Ambos permanecieron unos segundos más frente a la lápida. No como intrusos.

Sino como testigos.

Y cuando finalmente se levantaron…

La cripta ya no parecía un lugar de encierro.

Sino de cierre.

Caminaron hacia la salida sin mirar atrás.

Pero justo antes de cruzar el umbral…

Gala se detuvo.

Mateo

Él giró.

—¿Qué pasa?

Ella miraba sus manos.

No con miedo.

Con asombro.

—Tu sangre…

Mateo bajó la vista.

Las marcas.

Las mismas que había visto antes.

Pero ahora…

Eran más claras.

Más definidas.

Como si algo hubiese despertado.

No una herida.

Una herencia.

Mateo levantó la mirada lentamente.

Y por primera vez…

No pareció sorprendido.

—No terminó —dijo.

Gala negó, con una media sonrisa que no alcanzaba a ocultar la inquietud.

—No.

Mateo miró hacia la oscuridad que dejaban atrás.

—Solo acaba de empezar… de verdad.

Y en lo más profundo de la tumba recién sellada…

Donde el pergamino descansaba entre piedra y memoria…

Dos nombres, por fin, dejaron de doler.

Pero otro…

acababa de despertar.


Continuará…


viernes, 24 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: Amor o condena (Capítulo 11)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El pergamino tembló levemente entre las manos de Mateo, aunque no supo si era por el frío del lugar o por algo más profundo, más antiguo. Gala no apartaba la vista de aquellas palabras, como si temiera que desaparecieran si dejaba de mirarlas.

—Si el abad hizo todo esto… —dijo Mateo en voz baja— no pudo ser solo por celos o por fanatismo.

Gala asintió lentamente.

—No. Nadie encierra viva a una mujer por una simple ofensa moral. Aquí hay algo más… algo que Antuan el templario sabía.

Mateo volvió a mirar el pergamino, pero esta vez no buscaba en él. Buscaba en lo que faltaba.

—El abad —murmuró—. Sabemos lo que hizo… pero no por qué.

El silencio respondió durante unos segundos, hasta que una ráfaga de aire helado recorrió la cripta. La llama de la linterna titiló con violencia, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por voluntad propia.

Y entonces, sin saber muy bien cómo, Mateo lo vio.

No con los ojos.

Sino con la memoria de la sangre.


El abad no siempre fue un monstruo.

Hubo un tiempo en que su nombre —fray Leandro de Vhal— era pronunciado con respeto genuino. Había llegado al castillo como un hombre culto, devoto en apariencia, con una inteligencia que pronto lo convirtió en consejero de nobles y caballeros.

Pero la fe nunca fue su verdadera vocación.

El poder, sí.

Desde el primer día, comprendió que el monasterio no era solo un lugar de oración. Era un nodo. Un punto de conexión entre secretos, reliquias y hombres dispuestos a matar por ambos. Y en el centro de todo ello… los templarios.

Antuan Morer fue, en un inicio, una oportunidad.

Un caballero leal, respetado, pero demasiado curioso. Demasiado recto. Leandro lo observó durante meses, estudiando sus hábitos, sus silencios, sus ausencias. Hasta que lo confirmó: Antuan había visto aquello que no debía.

Bajo la capilla.

Más allá de la cripta.

Donde no se guardaban huesos, sino verdades.

Verdades que podían destruir órdenes enteras.

Verdades que Leandro no pensaba permitir que vieran la luz… no sin antes convertirlas en su propio ascenso.

Pero había un problema.

Antuan no hablaba.

No traicionaba.

No temía.

Y entonces apareció Yaret.


—La usó… —susurró Gala, como si también pudiera ver aquello—. No fue casualidad.

Mateo apretó el pergamino.

—No. Él la eligió.

Yaret de Albor no era una simple dama. Su linaje, aunque discreto, estaba ligado a antiguas familias que habían servido como guardianes silenciosos de ciertos conocimientos. No lo sabía del todo… pero lo llevaba en la sangre.

Leandro sí lo sabía.

Y cuando descubrió el vínculo entre ella y Antuan, comprendió que no necesitaba romper al caballero.

Solo tenía que quebrar su corazón.

Durante semanas, manipuló encuentros, rumores, confesiones forzadas. Se presentó ante Yaret como guía espiritual, como protector… como el único capaz de salvar a Antuan de una sospecha creciente.

Pero cada palabra era una trampa.

Cada consejo, una cadena.

Cuando finalmente la llamó a confesión aquella noche, todo estaba preparado.

No era una elección.

Era una sentencia disfrazada.

Renunciar a Antuan significaba perderlo en vida.

Elegirlo… significaba condenarlo.

Yaret eligió amar.

Y Leandro eligió ganar.


—Es peor de lo que pensábamos —dijo Mateo, con la voz quebrada—. No fue solo crueldad… fue cálculo.

Gala lo miró, seria.

—¿Y qué quería realmente? ¿Silenciar a Antuan… o algo más?

Mateo tardó en responder. Su mirada se había perdido en la oscuridad de la tumba, como si allí, entre las piedras, aún latiera la respuesta.

—Control —dijo finalmente—. Antuan era un obstáculo… pero también una llave. Yaret era la forma de girarla.

Un nuevo silencio cayó entre ellos. Pero ya no era solo pesado.

Era inquietante.

Mateo… —dijo Gala con cautela—. Si el abad hizo todo esto para proteger ese secreto…

—Entonces ese secreto sigue aquí —la interrumpió él.

La linterna volvió a parpadear.

Y por un instante, ambos jurarían que no estaban solos.

Mateo enrolló el pergamino con cuidado, como si temiera herirlo.

—Si Yaret dijo que su sangre sigue viva… —añadió, mirándose las manos— entonces esto no terminó.

Gala negó lentamente, con una certeza que helaba.

—No. Esto vuelve a empezar.

Y en lo profundo de la cripta, donde el aire no debería moverse…

Algo respiró.


Continuará…


miércoles, 22 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: La traición del Abad (Capítulo 10)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


La losa cedió con un crujido grave, como si la tumba misma se resistiera a revelar su secreto. Mateo sostuvo la linterna mientras Gala apartaba con cuidado los restos de polvo y fragmentos de piedra. El aire allí abajo era denso, antiguo, cargado de un silencio que parecía observarlos.

—Mira esto… —susurró Gala.

En el centro del sepulcro, protegido por una caja de madera ennegrecida por los siglos, yacía un pergamino enrollado. No estaba deteriorado como el resto; al contrario, parecía conservarse con una inquietante integridad. Mateo lo tomó con cautela. Al desenrollarlo, ambos comprendieron por qué.

—No es tinta… —dijo él, con la voz tensa.

—Es sangre —confirmó Gala.

Las letras, trazadas con firmeza y urgencia, parecían aún vivas. Mateo tragó saliva y comenzó a leer en voz alta.


"Yo, Yaret de Albor, dejo testimonio de la verdad que fue enterrada conmigo, para que algún día sea liberada de las sombras."

"Amé a Antuan Morer, caballero templario, con un amor que no conocía miedo ni ley. Él juró proteger no solo mi vida, sino mi alma. Y yo le entregué ambas."

"Pero nuestro amor fue visto como una amenaza."

Mateo hizo una pausa. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Sigue —le pidió Gala, más cerca de él de lo que había estado antes.


"El abad del castillo, guardián de la fe y de los secretos más oscuros, descubrió nuestro vínculo. No lo movía la devoción, sino el poder. Antuan sabía demasiado. Había visto lo que los templarios protegían bajo juramento de muerte. Y yo… yo me convertí en su debilidad."

"El abad me llamó una noche, bajo pretexto de confesión. Pero no buscaba redención, sino condena. Me ofreció una elección: renunciar a Antuan y tomar los votos, o verlo caer por traidor."

"Elegí el amor. Y por ello, él eligió la traición."


Gala cerró los ojos un instante.

—Esto no es solo una historia… —murmuró—. Es un crimen.

Mateo continuó, cada vez más absorbido.


"Antuan fue capturado al amanecer. Lo acusaron de herejía. Yo fui encerrada en esta tumba antes de morir, condenada a la oscuridad como castigo por amar."

"Pero juro, con mi sangre, que la verdad no morirá conmigo. El abad selló más que una tumba: selló un pecado que algún día exigirá justicia."

"A quienes encuentren estas palabras: la sangre de Yaret sigue viva. Y con ella, el deber de revelar lo que fue oculto."


El silencio que siguió fue más pesado que antes.

Mateo bajó el pergamino lentamente.

Yaret… —dijo—. Ese nombre…

Gala lo miró fijamente.

—Es el mismo que aparece en el árbol genealógico que encontramos en la biblioteca. MateoYaret es tu antepasada.

Él sintió que el suelo bajo sus pies dejaba de ser firme.

—Entonces… esto no es casualidad.

Gala negó con la cabeza.

—No. Alguien quería que llegaras aquí.

Mateo volvió a observar el pergamino, las letras de sangre, el eco de una traición que atravesaba siglos.

—Necesito saber mas


Continuará...


lunes, 20 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: En las Catacumbas (Capítulo 9)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El golpe contra el suelo no fue seco.

Fue blando.

Como caer sobre tierra removida… o algo que había sido removido muchas veces.

Mateo abrió los ojos primero.

Oscuridad total.

Pero no absoluta.

Había una negrura distinta, más espesa en algunos puntos… como si la propia sombra tuviera capas.

Gala… —susurró, con la respiración aún agitada.

—Estoy… aquí…

Su voz llegó desde muy cerca, temblorosa, pero firme.

Mateo tanteó hasta encontrar su mano. Estaba fría.

—¿Estás bien?

—Creo que sí… —respondió ella—. ¿Dónde estamos?

Mateo no contestó de inmediato.

Porque entonces lo sintió.

El aire.

No era aire de superficie.

Era antiguo.

Seco.

Cargado.

Como si cada respiración arrastrara polvo de siglos.

Se incorporó lentamente.

Y al hacerlo…

vio.

No con claridad.

Pero lo suficiente.

Una línea tenue, grisácea, cruzaba la oscuridad frente a ellos.

Como una grieta por donde se filtraba una luz inexistente.

—Mira… —susurró.

Gala siguió la dirección de su mirada.

Y poco a poco…

las formas comenzaron a emerger.

Primero, paredes.

De piedra.

Talladas a mano.

Después…

huecos.

Filas de ellos.

A ambos lados.

—No… —murmuró Gala.

Mateo tragó saliva.

Porque ahora lo veía con claridad.

Nichos.

Decenas.

Cientos.

Cada uno con restos.

Algunos con huesos perfectamente ordenados.

Otros colapsados por el tiempo.

Y sobre muchos de ellos…

cruces.

Templarias.

Talladas, desgastadas, pero inconfundibles.

—Son… tumbas —dijo Mateo, en voz baja.

—No… —corrigió Gala, casi sin aire—. Son demasiadas.

El silencio que siguió fue pesado.

Demasiado.

Como si el lugar no aceptara palabras.

Como si las escuchara.

Mateo avanzó un paso.

El sonido de su bota resonó.

Y el eco…

no volvió igual.

Regresó más lento.

Más profundo.

Como si algo lo hubiera retenido antes de devolverlo.

Gala lo notó.

—¿Has oído eso?

Mateo asintió.

—Sí…

Y entonces…

lo oyeron de nuevo.

Pero no era un eco esta vez.

Era otra cosa.

Un roce.

Como tela arrastrándose sobre piedra.

Muy lejos.

O muy cerca.

Imposible saberlo.

Gala apretó la mano de Mateo.

—No estamos solos.

Mateo no respondió.

Porque en ese momento…

lo vio.

Al fondo del pasillo.

Entre dos hileras de nichos.

Una figura.

No.

Una forma.

Más oscura que la oscuridad.

Alta.

Inmóvil.

Observando.

Parpadeó.

Y ya no estaba.

—¿Lo has visto? —susurró Gala.

—Sí.

No hizo falta explicar más.

Ambos sabían que no había sido imaginación.

Mateo respiró hondo.

—Tenemos que encontrar una salida.

—O entender por qué estamos aquí —respondió Gala.

Y entonces lo recordó.

La lápida.

Sin nombre.

—La tumba —dijo él.

Gala lo miró.

—La de arriba…

Mateo asintió lentamente.

—Si caímos justo ahí… puede que esté conectada con esto.

Gala giró sobre sí misma.

Observando los nichos.

Cada uno parecía igual.

Cada uno… salvo uno.

Lo vio.

Al final del corredor.

Más bajo.

Más ancho.

Distinto.

Mateo

Él siguió su mirada.

Y sintió un nudo en el estómago.

Esa tumba.

No tenía cruz.

No tenía inscripción visible.

Solo un grabado…

casi borrado.

Se acercaron despacio.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

El aire se volvió más frío.

Más denso.

Como si se resistiera.

Mateo pasó la mano por la piedra.

—Es la misma…

Gala se inclinó.

—O su origen.

El grabado era irregular.

Líneas torcidas.

No era una cruz.

No era un símbolo templario habitual.

Parecía…

algo tachado.

Algo que alguien había querido borrar.

—¿Qué crees que hay dentro? —preguntó Gala.

Mateo no respondió de inmediato.

Porque entonces…

lo sintió.

A su espalda.

Ese mismo roce.

Pero más cerca.

Mucho más.

Giró la cabeza.

Nada.

Pero el aire…

se movía.

Como si algo acabara de pasar entre ellos.

Gala también lo notó.

Mateo

Él volvió a mirar la tumba.

—Tenemos que abrirla.

—¿Estás loco?

—Es la única pista que tenemos.

Gala dudó.

Pero entonces…

una sombra cruzó el suelo frente a ellos.

Rápida.

Silenciosa.

Imposible.

Y no proyectada por nada.

Porque allí…

no había luz.

—Vale —dijo Gala, retrocediendo un paso—. Ábrela.

Mateo apoyó ambas manos en la losa.

Pesada.

Fría.

Antigua.

Empujó.

Nada.

Volvió a intentarlo.

La piedra ni siquiera vibró.

—No se mueve…

—Espera —dijo Gala.

Se agachó.

Pasó los dedos por los bordes.

Y encontró algo.

Un pequeño hueco.

—Aquí.

Mateo se arrodilló junto a ella.

Introdujo los dedos.

Tiró.

La losa emitió un crujido.

Un sonido profundo.

Como si despertara.

Y entonces…

desde la oscuridad del pasillo…

llegó otro sonido.

Múltiple.

Deslizante.

Como si varias cosas se movieran al mismo tiempo.

Gala se giró lentamente.

Y esta vez…

no vio una sola sombra.

Vio muchas.

Despegándose de las paredes.

Alargándose.

Avanzando.

Sin hacer ruido.

Pero cada vez más cerca.

Mateo

Él apretó los dientes.

—Ahora o nunca.

Tiró con todas sus fuerzas.

La losa cedió.

Apenas unos centímetros.

Suficiente.

Un aire aún más frío escapó desde dentro.

Un aliento antiguo.

Muerto.

Y algo más.

Un susurro.

Apenas audible.

Como una voz…

que llevaba siglos esperando ser escuchada.

Las sombras aceleraron.

Ya no se arrastraban.

Se lanzaban.

Mateo y Gala intercambiaron una mirada.

Y sin pensarlo…

abrieron la tumba.

Lo que había dentro…

no era un cuerpo.

Era algo que no debería haber sobrevivido al tiempo.


Continuará…


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