lunes, 20 de abril de 2026

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El templario y el hombre sin suerte: En las Catacumbas (Capítulo 9)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El golpe contra el suelo no fue seco.

Fue blando.

Como caer sobre tierra removida… o algo que había sido removido muchas veces.

Mateo abrió los ojos primero.

Oscuridad total.

Pero no absoluta.

Había una negrura distinta, más espesa en algunos puntos… como si la propia sombra tuviera capas.

Gala… —susurró, con la respiración aún agitada.

—Estoy… aquí…

Su voz llegó desde muy cerca, temblorosa, pero firme.

Mateo tanteó hasta encontrar su mano. Estaba fría.

—¿Estás bien?

—Creo que sí… —respondió ella—. ¿Dónde estamos?

Mateo no contestó de inmediato.

Porque entonces lo sintió.

El aire.

No era aire de superficie.

Era antiguo.

Seco.

Cargado.

Como si cada respiración arrastrara polvo de siglos.

Se incorporó lentamente.

Y al hacerlo…

vio.

No con claridad.

Pero lo suficiente.

Una línea tenue, grisácea, cruzaba la oscuridad frente a ellos.

Como una grieta por donde se filtraba una luz inexistente.

—Mira… —susurró.

Gala siguió la dirección de su mirada.

Y poco a poco…

las formas comenzaron a emerger.

Primero, paredes.

De piedra.

Talladas a mano.

Después…

huecos.

Filas de ellos.

A ambos lados.

—No… —murmuró Gala.

Mateo tragó saliva.

Porque ahora lo veía con claridad.

Nichos.

Decenas.

Cientos.

Cada uno con restos.

Algunos con huesos perfectamente ordenados.

Otros colapsados por el tiempo.

Y sobre muchos de ellos…

cruces.

Templarias.

Talladas, desgastadas, pero inconfundibles.

—Son… tumbas —dijo Mateo, en voz baja.

—No… —corrigió Gala, casi sin aire—. Son demasiadas.

El silencio que siguió fue pesado.

Demasiado.

Como si el lugar no aceptara palabras.

Como si las escuchara.

Mateo avanzó un paso.

El sonido de su bota resonó.

Y el eco…

no volvió igual.

Regresó más lento.

Más profundo.

Como si algo lo hubiera retenido antes de devolverlo.

Gala lo notó.

—¿Has oído eso?

Mateo asintió.

—Sí…

Y entonces…

lo oyeron de nuevo.

Pero no era un eco esta vez.

Era otra cosa.

Un roce.

Como tela arrastrándose sobre piedra.

Muy lejos.

O muy cerca.

Imposible saberlo.

Gala apretó la mano de Mateo.

—No estamos solos.

Mateo no respondió.

Porque en ese momento…

lo vio.

Al fondo del pasillo.

Entre dos hileras de nichos.

Una figura.

No.

Una forma.

Más oscura que la oscuridad.

Alta.

Inmóvil.

Observando.

Parpadeó.

Y ya no estaba.

—¿Lo has visto? —susurró Gala.

—Sí.

No hizo falta explicar más.

Ambos sabían que no había sido imaginación.

Mateo respiró hondo.

—Tenemos que encontrar una salida.

—O entender por qué estamos aquí —respondió Gala.

Y entonces lo recordó.

La lápida.

Sin nombre.

—La tumba —dijo él.

Gala lo miró.

—La de arriba…

Mateo asintió lentamente.

—Si caímos justo ahí… puede que esté conectada con esto.

Gala giró sobre sí misma.

Observando los nichos.

Cada uno parecía igual.

Cada uno… salvo uno.

Lo vio.

Al final del corredor.

Más bajo.

Más ancho.

Distinto.

Mateo

Él siguió su mirada.

Y sintió un nudo en el estómago.

Esa tumba.

No tenía cruz.

No tenía inscripción visible.

Solo un grabado…

casi borrado.

Se acercaron despacio.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

El aire se volvió más frío.

Más denso.

Como si se resistiera.

Mateo pasó la mano por la piedra.

—Es la misma…

Gala se inclinó.

—O su origen.

El grabado era irregular.

Líneas torcidas.

No era una cruz.

No era un símbolo templario habitual.

Parecía…

algo tachado.

Algo que alguien había querido borrar.

—¿Qué crees que hay dentro? —preguntó Gala.

Mateo no respondió de inmediato.

Porque entonces…

lo sintió.

A su espalda.

Ese mismo roce.

Pero más cerca.

Mucho más.

Giró la cabeza.

Nada.

Pero el aire…

se movía.

Como si algo acabara de pasar entre ellos.

Gala también lo notó.

Mateo

Él volvió a mirar la tumba.

—Tenemos que abrirla.

—¿Estás loco?

—Es la única pista que tenemos.

Gala dudó.

Pero entonces…

una sombra cruzó el suelo frente a ellos.

Rápida.

Silenciosa.

Imposible.

Y no proyectada por nada.

Porque allí…

no había luz.

—Vale —dijo Gala, retrocediendo un paso—. Ábrela.

Mateo apoyó ambas manos en la losa.

Pesada.

Fría.

Antigua.

Empujó.

Nada.

Volvió a intentarlo.

La piedra ni siquiera vibró.

—No se mueve…

—Espera —dijo Gala.

Se agachó.

Pasó los dedos por los bordes.

Y encontró algo.

Un pequeño hueco.

—Aquí.

Mateo se arrodilló junto a ella.

Introdujo los dedos.

Tiró.

La losa emitió un crujido.

Un sonido profundo.

Como si despertara.

Y entonces…

desde la oscuridad del pasillo…

llegó otro sonido.

Múltiple.

Deslizante.

Como si varias cosas se movieran al mismo tiempo.

Gala se giró lentamente.

Y esta vez…

no vio una sola sombra.

Vio muchas.

Despegándose de las paredes.

Alargándose.

Avanzando.

Sin hacer ruido.

Pero cada vez más cerca.

Mateo

Él apretó los dientes.

—Ahora o nunca.

Tiró con todas sus fuerzas.

La losa cedió.

Apenas unos centímetros.

Suficiente.

Un aire aún más frío escapó desde dentro.

Un aliento antiguo.

Muerto.

Y algo más.

Un susurro.

Apenas audible.

Como una voz…

que llevaba siglos esperando ser escuchada.

Las sombras aceleraron.

Ya no se arrastraban.

Se lanzaban.

Mateo y Gala intercambiaron una mirada.

Y sin pensarlo…

abrieron la tumba.

Lo que había dentro…

no era un cuerpo.

Era algo que no debería haber sobrevivido al tiempo.


Continuará…


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