lunes, 13 de abril de 2026

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Cuento de Antuan el pastor


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En lo alto de la sierra, donde el viento susurra como si recordara antiguos secretos, vivía Antuan, un pastor solitario que conocía cada sendero y cada sombra de la Alpujarra almeriense. Sus ovejas eran su única compañía, y su vida transcurría en la tranquila rutina de amaneceres dorados y noches heladas.

Hasta aquella tarde.

El cielo se volvió de un gris antinatural, pesado, como si algo invisible lo oprimiera. Antuan, inquieto, reunió a su rebaño para descender antes de que cayera la noche, pero algo no encajaba: faltaban tres ovejas. Nunca se alejaban. Nunca.

Siguiendo un rastro confuso, se adentró en un barranco que no recordaba haber visto antes. El silencio allí era absoluto. Ni viento, ni insectos, ni el lejano sonido de los pueblos. Solo el eco de sus pasos… y algo más.

Un zumbido.

Al fondo del barranco, encontró a las ovejas desaparecidas. Estaban inmóviles, alineadas, mirando hacia una roca negra que parecía absorber la luz. Antuan se acercó con cautela, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, casi líquido.

Entonces la roca… respiró.

Una grieta luminosa se abrió en su superficie, y de ella surgieron figuras altas, delgadas, con extremidades imposibles y rostros que no eran rostros, sino superficies ondulantes como agua en calma. Antuan quiso gritar, pero su voz no salió.

Las criaturas no caminaban: se deslizaban.

Una de ellas extendió algo parecido a un brazo hacia una oveja. El animal no se resistió. Simplemente… se deshizo. No hubo sangre, ni carne. Solo un leve destello, como si nunca hubiera existido.

Antuan retrocedió, pero ya era tarde. Sintió un peso en su mente, una presencia que no hablaba con palabras, sino con ideas que no podía comprender del todo.

No habían venido por las ovejas.

Habían venido por él.

Las criaturas lo rodearon, y entonces vio algo imposible: imágenes de su vida, de su infancia, de cada día en la sierra… pero también otras cosas. Caminos que nunca tomó. Decisiones que nunca hizo. Versiones de sí mismo que vivieron vidas distintas.

Y comprendió.

Aquellos seres no eran invasores. Eran pastores.

Y él… él era el rebaño.

El zumbido creció hasta volverse ensordecedor. Antuan sintió cómo su cuerpo se deshacía, igual que la oveja. Pero su conciencia no desapareció. Fue arrancada, estirada, multiplicada.

De pronto, silencio.

El barranco estaba vacío. No había roca. No había criaturas. Solo Antuan… o algo que se parecía a él.

Regresó al pueblo al amanecer, con el rebaño completo.

Nadie sospechó nada.

Pero algo había cambiado.

Antuan ya no hablaba. Solo observaba. Sus ojos parecían demasiado profundos, como si miraran más allá de las cosas.

Y cada noche, cuando las ovejas se reunían, él las contaba.

No para asegurarse de que estaban todas.

Sino para decidir cuál de ellas… dejaría de existir al día siguiente.

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