miércoles, 29 de abril de 2026

0

La puerta entreabierta


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El pasillo parecía no tener fin.

Las antorchas, escasas y agonizantes, apenas lograban arrancar sombras a la piedra húmeda del castillo. El aire olía a moho antiguo y a algo más… algo que no tenía nombre, pero que hacía que el pecho se encogiera sin razón. Cada paso del niño resonaba con un eco que no le pertenecía del todo, como si otro par de pies caminara con él, imitando su ritmo desde algún lugar invisible.

Se llamaba Martín, y no debía estar allí.

Había seguido un murmullo. No una voz clara, sino un susurro que parecía filtrarse entre los muros, reptar por las grietas, deslizarse hasta sus oídos como una promesa o una advertencia. No supo cuándo decidió seguirlo. Solo sabía que ahora estaba al final del pasillo más oscuro del castillo.

Y allí estaba la puerta.

Entreabierta.

Una rendija negra como una herida mal cerrada. No salía luz de su interior, pero tampoco era pura oscuridad: había movimiento, o la ilusión de él, como si algo respirara al otro lado.

Martín se detuvo.

Sintió el impulso de huir, de girarse y correr hasta donde aún existían velas encendidas y voces humanas. Pero algo más fuerte lo retenía. No era valentía. Era curiosidad… y miedo. Un miedo tan profundo que parecía empujarlo hacia adelante en lugar de apartarlo.

—No entres —susurró una voz.

Martín se giró bruscamente.

No había nadie.

El pasillo seguía vacío, pero el eco de esas palabras permanecía, vibrando en las piedras. Y sin embargo… la voz había salido de delante, no de detrás.

De la puerta.

La rendija se abrió un poco más.

Sin que nadie la tocara.

El chirrido fue lento, prolongado, como un lamento. Martín sintió que el corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temió que aquello, lo que fuera que estaba al otro lado, pudiera oírlo.

—No entres —repitió la voz, ahora más clara.

Era su propia voz.

Martín retrocedió un paso.

El aire se volvió más frío, más denso. De la abertura surgió un soplo helado que olía a tierra removida… y a algo viejo. Muy viejo.

—Si no entras —continuó la voz—, nunca sabrás qué eres.

El niño frunció el ceño. No entendía. Pero el miedo cambió. Ya no era solo temor a lo desconocido. Era miedo a sí mismo.

Se acercó.

La madera de la puerta estaba astillada, marcada por arañazos que parecían hechos desde dentro. Algunos eran profundos, desesperados. Como si alguien hubiera querido salir… y no hubiera podido.

Martín apoyó la mano en la puerta.

Estaba tibia.

Como piel.

La retiró de golpe, conteniendo un grito. Pero ya era tarde. La rendija se abrió lo suficiente como para que pudiera ver el interior.

Y entonces lo vio.

Un pasillo.

Igual al que estaba.

Pero al fondo… había un niño.

De espaldas.

Inmóvil.

Vestía igual que él.

—¿Hola? —susurró Martín, sin querer.

El niño no respondió.

—¿Quién eres?

Silencio.

Entonces, lentamente, la figura comenzó a girarse.

Muy despacio.

Demasiado despacio.

Como si su cuerpo no estuviera hecho para moverse así.

Cuando finalmente mostró el rostro, Martín dejó de respirar.

Era él.

Pero no del todo.

Los ojos… eran demasiado oscuros. Vacíos. Y la boca… sonreía de una forma antinatural, demasiado amplia, como si la piel no supiera dónde detenerse.

—Te estaba esperando —dijo la cosa.

No movió los labios.

La voz salió directamente dentro de la cabeza de Martín.

El niño retrocedió, tropezando.

—No… no eres yo…

La sonrisa se ensanchó.

—Eso depende de si entras.

La puerta crujió un poco más, invitándolo.

Detrás de él, el pasillo real parecía haberse alargado, oscurecido aún más. Las antorchas ahora apenas eran brasas. Ya no había camino claro de regreso.

Delante… la puerta.

Detrás… la nada.

—Todos tenemos una puerta —susurró la criatura—. Y todos tememos abrirla.

Martín sintió que las piernas le temblaban. Pero también sintió algo nuevo.

Comprensión.

El miedo no estaba en la puerta.

Estaba en no saber.

Respiró hondo.

Y dio un paso adelante.

La oscuridad lo envolvió al cruzar el umbral.

La puerta se cerró de golpe.

El pasillo quedó en silencio.

Y durante un instante… muy breve… se escuchó una risa.

O quizá un llanto.

Era imposible distinguirlo.

Fin


Antonio Moreno

No hay comentarios :

Publicar un comentario

A los fieles lectores de Mi Amada Soledad:
Si alguna palabra aquí os ha acompañado en silencio,
os invito a dejar vuestro sentir sin temor alguno.
Toda voz, por leve que sea,
es bienvenida en este rincón.
—El guardián de estas letras

🕰️ Las Escrituras mas recientes