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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
En lo más alto de una cordillera envuelta en niebla eterna se alzaba el Castillo Monte Olvidado, una fortaleza tan antigua que ni los cronistas más sabios recordaban quién la construyó. Sus muros, cubiertos de hiedra negra, susurraban historias al viento, pero ninguna tan extraña como la del candelabro mágico que habitaba en su torre más alta.
Aquel candelabro no era una pieza cualquiera. Forjado en plata opaca y adornado con símbolos arcanos, sostenía siete velas que nunca se consumían. Sin embargo, lo verdaderamente extraordinario era su poder: cada vez que una de sus llamas se agitaba sin viento, revelaba un secreto del pasado… o del futuro.
Durante siglos, el candelabro permaneció intacto, custodiado por el silencio y el olvido. Hasta que un día llegó Elian, un joven escudero que huía de una guerra que había reducido su aldea a cenizas. Buscando refugio, atravesó las puertas oxidadas del castillo, sin saber que su destino estaba entrelazado con aquel objeto antiguo.
Explorando la torre, Elian encontró el candelabro. En cuanto lo tocó, las llamas titilaron violentamente, proyectando sombras que no eran suyas. En las paredes aparecieron escenas: un rey traicionado, una reina llorando, un dragón encadenado bajo la montaña… y finalmente, él mismo, de pie frente a un ejército, sosteniendo el candelabro como si fuera un estandarte.
—No puede ser… —murmuró.
Entonces, una voz emergió de las sombras.
—El candelabro no muestra lo que es, sino lo que debe ser.
De entre la penumbra surgió una figura encapuchada: la guardiana del castillo, condenada a proteger el artefacto hasta que alguien digno apareciera. Le explicó que las siete llamas representaban siete decisiones cruciales. Cada vez que una se apagara, Elian perdería una oportunidad de cambiar el destino que había visto.
Pero había un precio: si todas las velas se extinguían antes de cumplir su propósito, el castillo despertaría… y con él, el dragón olvidado.
Elian dudó. No era un héroe, ni un noble, ni un elegido. Pero recordaba las cenizas de su hogar. Así que tomó el candelabro.
En su viaje, cada llama se apagó tras decisiones difíciles: salvar a un niño en lugar de perseguir al enemigo, perdonar a un traidor, sacrificar su propia seguridad por otros. Con cada elección, el futuro cambiaba ligeramente… pero el peligro crecía.
Cuando solo quedó una vela encendida, Elian llegó al campo de batalla que había visto en la visión. Frente a él, el mismo ejército que había destruido su aldea.
Podía usar el poder del candelabro para desatar al dragón y arrasar con todos… o apagar la última llama, renunciando al poder y enfrentándose al enemigo como un simple hombre.
Respiró hondo.
Y apagó la vela.
El candelabro quedó oscuro. El castillo, en la distancia, tembló… pero no despertó.
Sin magia, sin profecía, Elian avanzó. Y aunque la batalla fue dura, su valentía inspiró a otros. No ganó por poder, sino por decisión.
Dicen que el candelabro aún descansa en la torre del Castillo Monte Olvidado, con sus velas apagadas… esperando a alguien que entienda que el verdadero poder nunca estuvo en su luz, sino en las elecciones que obligaba a hacer.
fin
Antonio Moreno

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