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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
No necesitas sangre para asustar de verdad. Basta con la sensación de que algo antiguo te está mirando… y que siempre lo ha hecho.
Donde Cantan las Brujas
En la aldea de Valdegrís, el anochecer no era una transición.
Era una advertencia.
Cuando el sol tocaba la línea de los montes, las madres cerraban postigos, apagaban velas y trazaban signos de ceniza sobre las frentes de sus hijos. Nadie lo cuestionaba. Nadie preguntaba por qué.
Los niños… simplemente desaparecían.
No todos.
Solo aquellos que, según los ancianos, “escuchaban mejor”.
Martín tenía ocho inviernos cuando oyó el canto por primera vez.
No venía del bosque.
Venía de debajo de la tierra.
Una melodía suave, casi maternal, que reptaba por las grietas de la casa, colándose entre las tablas del suelo. No daba miedo.
Daba curiosidad.
—No lo escuches —le advirtió su madre al verlo inclinar la cabeza—. Pase lo que pase… no respondas.
Pero aquella noche, mientras el viento arañaba las paredes, Martín respondió.
No con palabras.
Con pasos.
Descalzo, cruzó la casa sin hacer ruido. Su madre dormía, o fingía hacerlo. La puerta estaba entreabierta. Nadie en Valdegrís dejaba una puerta abierta de noche.
Nadie… excepto quienes ya habían aceptado.
El bosque lo recibió sin resistencia.
Los árboles no crujían.
No había animales.
Solo el canto.
Más claro ahora.
Más cercano.
Y entonces los vio.
No eran sombras.
Eran mujeres.
Muchas.
Demasiadas.
Desnudas bajo la luna, sus cuerpos cubiertos de símbolos que parecían moverse bajo la piel. Giraban en círculo alrededor de un claro donde la tierra había sido removida. No bailaban.
Invocaban.
Sus voces, entrelazadas, formaban la canción que lo había llamado.
Martín quiso correr.
Pero ya no podía.
Una de ellas se detuvo.
Giró la cabeza.
Y sonrió.
No tenía ojos.
Solo huecos oscuros de los que brotaba algo más profundo que la noche.
—Ha venido —susurró, y todas callaron.
El silencio fue peor que el canto.
—Siempre vienen —respondió otra—. La sangre recuerda.
Dos de ellas se acercaron. Sus manos estaban frías, pero no como el invierno.
Como la piedra.
Como la tumba.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó una, inclinándose hacia él.
Martín no respondió.
Pero no hizo falta.
Desde la oscuridad, alguien avanzó.
Lentamente.
Sin miedo.
Su madre.
—Lo siento —dijo, con la voz rota pero firme—. Este era su invierno.
Martín la miró, confundido.
—¿Mamá…?
Ella no lloró.
No se acercó.
Solo bajó la mirada.
—A mí también me llevaron —continuó—. Y a la madre de mi madre. Es un pacto. Siempre ha sido un pacto.
Las brujas comenzaron a cantar de nuevo.
Más bajo.
Más profundo.
La tierra del claro empezó a abrirse.
No como si algo saliera.
Como si algo… esperara.
—¿Qué hay ahí? —susurró Martín.
Nadie respondió.
Pero lo sintió.
Un latido.
Enorme.
Antiguo.
Hambriento.
Las manos lo empujaron suavemente hacia el borde.
—No duele —dijo una de ellas—. Solo… te conviertes.
Martín gritó.
Pero su voz no salió.
Porque el canto lo envolvió.
Porque algo desde abajo… lo escuchó.
Y respondió.
El suelo se abrió del todo.
Y lo que había dentro no era oscuridad.
Era carne.
Carne viva.
Palpitante.
Cubierta de símbolos que coincidían con los de las mujeres.
Un ojo se abrió.
Gigantesco.
Y miró a Martín.
Reconociéndolo.
Aceptándolo.
La última imagen que tuvo fue su madre… arrodillándose.
No en dolor.
En devoción.
A la mañana siguiente, en Valdegrís, todo parecía normal.
Las puertas se abrieron.
El humo volvió a salir de las chimeneas.
Y una madre más… guardó silencio.
—¿Otro? —preguntó un viajero al notar la ausencia.
El anciano del pueblo asintió.
—El bosque llama —respondió—. Y nosotros… escuchamos.
El viajero frunció el ceño.
—¿Y si alguien se negara?
El anciano lo miró.
Lentamente.
Demasiado tiempo.
—Nadie se niega.
El viajero no insistió.
Pero esa noche…
Cuando el canto comenzó…
Lo escuchó.
Y entendió demasiado tarde…
que no venía del bosque.
Ni de la tierra.
Venía de dentro de él.
Desde entonces, dicen que en Valdegrís ya no desaparecen niños.
Porque ya no quedan.
Solo madres.
Y cantos.
Y algo bajo la tierra…
que cada vez suena más despierto.
Fin.
Antonio Moreno

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