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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
El amanecer llegó sin promesas.
Mateo fue el primero en levantarse, aunque en realidad nunca había llegado a dormirse. La noche se le había quedado atrapada en el pecho, repitiendo una y otra vez el momento en que Gala se alejó.
El beso.
La discusión.
El vacío.
Apretó el medallón entre los dedos. Estaba frío. Inerte.
Como si nada hubiera pasado.
—Claro —murmuró—. Ahora te callas.
Pero no lo soltó.
No podía.
—
Gala, a varios kilómetros, tampoco había conciliado el sueño. Se había quedado sentada junto a la ventana de la habitación, viendo cómo la oscuridad se diluía lentamente en tonos grises.
Se tocó los labios sin darse cuenta.
Y apartó la mano como si quemara.
—Error —susurró.
Pero la palabra no terminaba de encajar.
Porque no había sido solo eso.
Había sido… otra cosa.
Algo más profundo.
Algo que daba miedo.
Cerró los ojos.
Y entonces lo sintió.
Un latido.
No suyo.
Abrió los ojos de golpe.
Y miró hacia la mochila.
—
Mateo también lo sintió.
Al mismo tiempo.
El medallón vibró.
Una vez.
Luego otra.
Y entonces, por primera vez desde que lo encontraron…
emitió un leve resplandor.
—
No tardaron en encontrarse.
No hicieron falta llamadas.
Ni mensajes.
Ambos sabían dónde ir.
El punto intermedio.
El lugar donde todo había empezado a romperse… y quizá a recomponerse.
Se vieron a distancia.
Ninguno habló al principio.
Pero esta vez, no había reproches en el aire.
Solo tensión… y algo pendiente.
Gala fue la primera en hablar.
—Lo has sentido.
No era una pregunta.
—Sí —respondió Mateo.
Silencio.
Un paso.
Luego otro.
Se acercaron.
Más despacio que la última vez.
Más conscientes.
—Lo de antes… —empezó Mateo.
—No lo ignoremos —interrumpió ella.
Él la miró, sorprendido.
—Pero tampoco dejemos que nos rompa —añadió Gala, más firme—. No ahora.
Mateo asintió lentamente.
—Tenemos algo más grande entre manos.
—Y no vamos a resolverlo separados.
Otra pausa.
Más suave esta vez.
Más clara.
—Entonces… ¿seguimos? —preguntó él.
Gala dudó solo un segundo.
—Seguimos.
No hubo abrazo.
No hubo beso.
Pero algo se alineó entre ellos.
Algo volvió a encajar.
—
El medallón brilló con más intensidad.
Y entonces ocurrió.
Una imagen.
No en el aire.
No delante de ellos.
Dentro.
Piedra.
Cruces.
Tierra removida.
Un símbolo templario grabado en una lápida desgastada.
Y una palabra.
Latín.
Antiguo.
Olvidado.
“Custodes”.
—
—Un cementerio —dijo Mateo.
—Medieval —añadió Gala, sin apartar la mirada—. Templario.
El medallón se apagó.
Pero la dirección ya estaba clara.
—
Horas después, llegaron.
El lugar no aparecía en mapas modernos. Era apenas un vestigio escondido entre colinas erosionadas, lejos de rutas transitadas.
El viento allí no sonaba igual.
Susurraba.
El cementerio estaba casi devorado por el tiempo. Cruces caídas. Lápidas partidas. Tierra hundida.
Pero el símbolo…
seguía allí.
Tallado en una gran piedra central.
Un círculo.
Una cruz.
Y marcas que no eran solo decorativas.
Mateo se acercó.
—Esto no es solo una tumba.
Gala negó.
—Es un marcador.
El aire se volvió más frío.
De golpe.
Sin transición.
Y entonces…
la sombra apareció.
No caminó.
No emergió.
Simplemente… estaba.
El templario.
Más definido que antes.
Más cercano.
Su figura parecía hecha de polvo y memoria.
Pero sus ojos…
seguían siendo imposibles.
Gala dio un paso atrás.
Mateo no.
—Sabíamos que volverías —dijo él, con una seguridad que no sentía del todo.
El templario inclinó levemente la cabeza.
Como si reconociera algo en ellos.
O en el medallón.
Su voz no sonó.
Pero las palabras llegaron.
Directas.
Claras.
Antiguas.
—El camino no se busca…
Gala tragó saliva.
—Se recuerda —terminó, como si no fuera la primera vez que lo escuchaba.
El templario alzó una mano.
Y señaló una de las lápidas.
Una distinta.
Sin cruz.
Sin nombre.
Solo un grabado casi borrado.
Mateo se acercó lentamente.
—Aquí…
El templario dio un paso hacia ellos.
Y por primera vez…
su presencia pesó.
Como siglos acumulados.
Como una advertencia.
—El sol no consiguió calentarles.
El viento se detuvo.
Gala sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿A quiénes? —preguntó.
Pero el templario ya empezaba a desvanecerse.
—¿Qué significa eso? —insistió Mateo.
Silencio.
La figura desapareció.
Pero esta vez…
no dejó vacío.
Dejó algo más.
Un sonido.
Un leve crujido.
Mateo miró hacia abajo.
La tierra junto a la lápida… estaba cediendo.
Gala lo vio al mismo tiempo.
—Mateo…
Demasiado tarde.
El suelo se hundió bajo sus pies.
Y ambos cayeron.
—
Oscuridad.
Fría.
Densa.
Como si el sol…
nunca hubiera llegado allí.
—
Continuará…

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