sábado, 9 de mayo de 2026

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El Posadero de Diez Centímetros (Parte 6)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Wilman Mayer no tardó en descubrir que el hombre que lo había sacado de la posada también sabía mentir.

Habían avanzado apenas medio día antes de que desapareciera.

Sin despedidas. Sin explicaciones.

Una mañana, tras refugiarse bajo las raíces huecas de un árbol para dormir, Wilman despertó solo. El abrigo del cazador ya no cubría la entrada. Las cenizas del pequeño fuego estaban frías.

Y no había rastro del hombre.

Solo una huella.

Una marca negra dibujada sobre la tierra: un círculo atravesado por tres líneas torcidas.

La vio y el mismo temblor volvió a vibrar dentro de su pecho.

El mago.

Wilman permaneció inmóvil largo rato, intentando decidir si debía sentirse traicionado o aliviado. Aquel hombre lo había ayudado, sí… pero también lo había tratado como una herramienta. Un perro siguiendo un olor.

“Eres un rastro.”

Las palabras todavía le ardían.

Apretó los dientes.

—Pues los rastros también pueden caminar solos —murmuró.

Y siguió adelante.


Viajar siendo un hombre de diez centímetros convertía cualquier distancia en una condena.

La hierba era un bosque.
Los charcos, lagos oscuros.
Las ruedas de las carretas levantaban tormentas de barro capaces de enterrarlo vivo.

Más de una vez tuvo que esconderse de pájaros que descendían desde el cielo como flechas hambrientas. Una sombra bastaba para helarle la sangre.

Aprendió rápido.

A moverse pegado a las piedras.
A escuchar las vibraciones del suelo.
A dormir dentro de botas abandonadas, troncos huecos o bajo las raíces.

Y sobre todo, aprendió que el mundo pequeño era mucho mas cruel que el grande.

Porque las criaturas diminutas no tenían piedad.


El ataque ocurrió al atardecer del tercer día.

Wilman cruzaba una zona seca junto al camino principal cuando notó algo extraño.

El suelo parecía moverse.

No de forma brusca. Era algo más sutil. Una ondulación oscura entre la tierra y las piedras.

Entonces vio la primera hormiga.

Era enorme.

No para un hombre normal.
Para él.

La criatura negra emergió entre dos grietas del terreno moviendo las antenas frenéticamente. Su cabeza brillaba como hierro húmedo. Las mandíbulas se abrieron y cerraron con un chasquido seco.

Wilman retrocedió.

La hormiga se detuvo.

Lo olió.

Y emitió un sonido diminuto, una vibración aguda que Wilman sintió en los huesos.

El suelo entero respondió.

Decenas.

No.

Cientos.

Las hormigas comenzaron a surgir desde debajo de la tierra.

Wilman echó a correr.

El mundo se convirtió en caos.

Las patas golpeaban alrededor de él como lanzas negras. La tierra temblaba bajo la colonia que despertaba. Algunas hormigas trepaban piedras; otras descendían desde raíces cercanas intentando cortarle el paso.

Wilman jadeaba.

Sus piernas pequeñas no podían competir.

Una hormiga cayó frente a él bloqueándole el camino. Las mandíbulas se abrieron de golpe.

Wilman agarró una rama seca del suelo y la clavó por instinto.

La punta se quebró contra el caparazón.

La criatura lanzó un chillido vibrante.

Y atacó.

Wilman rodó apenas a tiempo. Las mandíbulas cerraron donde había estado su torso un instante antes, hundiéndose en la tierra.

El viento del golpe lo lanzó contra una piedra.

Dolor.

Le faltó el aire.

La hormiga volvió hacia él lentamente, antenas agitándose.

Lo había elegido.

Wilman retrocedió arrastrándose mientras alrededor seguían apareciendo más cuerpos oscuros.

Demasiadas.

Entonces comprendió algo horrible.

No querían expulsarlo.

Querían despedazarlo.

Para ellas, él no era un hombre.

Era comida.

La hormiga cargó otra vez.

Wilman se lanzó hacia una grieta estrecha entre dos piedras. Las mandíbulas chocaron detrás de él con un crujido brutal. Fragmentos de roca saltaron a su alrededor.

La abertura era demasiado pequeña para las hormigas obreras.

Pero no para sus patas.

Las extremidades negras comenzaron a introducirse, tanteando en busca de él.

Wilman retrocedió por la oscuridad, respirando barro y polvo.

La grieta descendía.

Más y más.

Hasta que dejó de ver la luz del exterior.

Solo escuchaba el sonido.

Miles de patas.

Miles.

Y entonces…

La vibración volvió.

Más intensa que nunca.

Wilman se quedó quieto.

Allí abajo, bajo la tierra… había algo.

Algo relacionado con el mago.

Las hormigas también lo sentían.

Por eso estaban allí.

Una antena atravesó la grieta buscando su rostro.

Wilman contuvo el aliento.

Y en la oscuridad absoluta, comprendió una verdad aterradora:

el rastro del mago conducía bajo tierra.

Continuará...


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