viernes, 1 de mayo de 2026

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Siete Bandoleros


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Cuentan los viejos del Los Alcores del Viso que, cuando el sol caía rojo como brasa sobre los caminos de polvo, no había alma que se atreviera a cruzar el sendero del molino sin persignarse tres veces.

Porque era la hora de ellos.

Los siete.

Bajaban como un trueno contenido desde la vereda alta, levantando un temblor de tierra y leyenda. Con sus caballos, Tagamucho,  a su lado Juanrepiso,  detrás, Satanas y Malafacha, nombres que no se daban sin motivo.

Y los otros tres caballos … cuyos nombres no acierto  a recordar.

Siete hombres.

Siete caballos caretos, sudorosos y fieros, cubiertos con mantas jerezanas que ondeaban como estandartes. Chupas de caireles, pantalones de bocas anchas, espadas al cinto que no eran adorno.

Pero no venían solos.

Con ellos cabalgaban sus hembras, erguidas como reinas de un reino sin ley. Pañuelos rojos anudados al cuello, ojos encendidos como candela. En las ligas, escondida, la navaja. En la mirada… la rabia antigua de quien no pide permiso para existir.

Decían que cuando pasaban, ni los perros ladraban.

Decían que el viento mismo se apartaba.

Y cuando llegaban a la venta del cruce, golpeaban la puerta sin desmontar siquiera.

—¡Eche vino montañés! —tronaba la voz del bandolero que montaba a Tagamucho—
¡Que lo paga el Capitán Luis de Vargas!

Y el mesonero, temblando, servía.

Porque sabía lo que todos sabían.

Que aquel capitán no era un señor cualquiera.

Era el que a los pobres socorría en silencio, dejando monedas donde faltaba pan…
y el que a los ricos avasallaba, arrancándoles el oro con la misma justicia con la que otros rezaban.

Unos decían que los bandoleros eran sus sombras.

Otros, que eran su espada.

Y algunos… que eran su pecado.

Bebían, reían, compartían pan y vino como si el mundo fuera suyo por derecho. Y cuando la noche se cerraba del todo, volvían a montar.

Sin despedirse.

Sin mirar atrás.

Se desvanecían camino arriba, hacia el molino, como si la sierra los reclamara de nuevo.

Y al amanecer…

no quedaba más que el eco.

Y una frase que aún hoy se susurra en las tabernas, cuando el vino corre y la memoria despierta:

—Si oyes cascos en la noche…
no mires.

Porque si son ellos, ya es tarde para saber si vienen a salvarte…

o a cobrarse lo que debes.

Fin


Antonio Moreno


1 comentario :

  1. Hay recuerdos que no se apagan, que siguen sonando como cuerdas viejas pero vivas, afinadas por el tiempo y la emoción. Hoy me nace escribir estas líneas como quien deja una copla al aire, en homenaje a El Zíngaro, cuya voz sentida nos enseñó que el cante no se aprende: se lleva dentro o no se lleva.
    Cuántas noches, Miguel hermano mio, nos sorprendieron sin darnos cuenta… la guitarra en las manos, el compás torcido al principio y luego firme, y esa canción de los siete bandoleros que siempre acababa saliéndonos del alma, más que de la memoria. No importaba si desafinábamos o si el rasgueo se rompía; lo importante era ese instante compartido, ese silencio después del último acorde, cuando sabíamos que algo verdadero había pasado.
    El Zíngaro cantaba como si le doliera la vida, y nosotros, sin saberlo, le seguíamos el eco entre risas, vino barato y madrugadas que ya no vuelven. Hoy esas noches viven en este recuerdo, en estas palabras que se quedan cortas, pero que intentan abrazar lo que fuimos.
    Por ti, Miguel. Y por ese cante que nunca se va del todo.

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—El guardián de estas letras

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