Mostrando entradas con la etiqueta El posadero de 10 centímetros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El posadero de 10 centímetros. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 7)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Wilman Mayer apenas medía diez centímetros, pero aquella mañana avanzaba entre las raíces del bosque con la determinación de un guerrero gigantesco. El rocío le llegaba hasta las rodillas y cada brizna de hierba parecía un árbol flexible que se balanceaba sobre su cabeza. Habían pasado semanas desde que el mago lo maldijo y redujo su cuerpo al tamaño de un dedo humano. Desde entonces, Wilman había abandonado la seguridad de su posada y seguía cualquier rastro que pudiera conducirlo hasta el hechicero.

El bosque era distinto a esa escala.

Los caracoles parecían bestias blindadas. Las telarañas colgaban como puentes de plata. Incluso el canto de los pájaros retumbaba como truenos lejanos entre las copas.

Wilman caminaba con cuidado sobre una corteza húmeda, apoyándose en su espada: una aguja larga y afilada que había pulido hasta convertirla en un estoque brillante. La llevaba enfundada en una tira de cuero arrancada de un viejo guante humano.

Se detuvo junto a una huella extraña marcada en el barro.

No era de zorro ni de ciervo.

Era circular, como si alguien hubiera apoyado el extremo de un bastón rematado en metal.

El mago… —murmuró.

El rastro seguía hacia el corazón del bosque.

Wilman ajustó su mochila, hecha con tela de saco, y continuó avanzando hasta que un sonido áspero lo obligó a detenerse.

CRACK.

Algo enorme se movía bajo las hojas secas.

Entonces apareció.

Un escarabajo negro del tamaño de un asno para Wilman emergió lentamente desde debajo de un tronco podrido. Sus mandíbulas brillaban como cuchillas húmedas y sus patas espinosas se clavaban en la tierra con un sonido seco.

Wilman retrocedió instintivamente y desenvainó la aguja.

El insecto emitió un zumbido grave.

Y cargó.

Wilman rodó hacia un lado justo cuando las mandíbulas golpeaban donde había estado un instante antes. La fuerza del impacto levantó hojas y tierra. El posadero corrió entre raíces mientras el escarabajo lo perseguía golpeando el suelo como una máquina de guerra.

Entonces vio su oportunidad.

Saltó sobre una piedra, esperó el momento exacto y clavó la aguja entre las placas del cuello del insecto.

El escarabajo chilló.

Wilman no soltó el arma. Se aferró con todas sus fuerzas mientras la criatura corría descontrolada entre los matorrales. Durante varios segundos creyó que moriría aplastado contra algún tronco, pero resistió.

Poco a poco el insecto fue reduciendo la velocidad.

Hasta detenerse.

Respirando con dificultad, Wilman apoyó una mano sobre el duro caparazón negro.

—Ya está… tranquilo…

El escarabajo permaneció inmóvil.

No volvió a atacarlo.

Aquella noche, junto al refugio improvisado bajo una seta gigantesca, Wilman tuvo una idea.

Si iba a cruzar el bosque siguiendo al mago, necesitaba cargar provisiones. Solo llevaba unos pocos frutos rojos, una cuerda de hilo y una pequeña cantimplora hecha con una bellota vacía.

Así que trabajó.

Con ramitas flexibles construyó un pequeño chasis. Usó savia endurecida para unir las piezas y tapas de nuez como ruedas. Tardó horas en conseguir que la diminuta carreta no se desmontara al moverla.

El escarabajo observaba inmóvil mientras él trabajaba.

Finalmente, Wilman colocó un arnés hecho con fibras vegetales alrededor del cuerpo del insecto.

—Veamos si entiendes esto.

Tiró suavemente.

El escarabajo avanzó.

La carreta rodó detrás de él.

Wilman sonrió por primera vez en muchos días.

Durante las jornadas siguientes, ambos se volvieron inseparables. El posadero llamó al insecto Brum.

Brum transportaba la espada-aguja, frutos silvestres, setas diminutas y todo lo que Wilman encontraba útil durante el viaje. A veces incluso cargaba piedras afiladas que Wilman utilizaba para hacer herramientas.

Con el tiempo, el escarabajo empezó a obedecer pequeños silbidos y golpes suaves sobre el caparazón.

Dos golpes significaban detenerse.

Uno largo, avanzar.

Tres rápidos, peligro.

Y el peligro no tardó en llegar.

Una tarde, mientras seguían el rastro del bastón del mago junto a un arroyo, Wilman encontró algo colgado de una rama baja.

Un trozo de tela roja.

La reconoció enseguida.

Pertenecía al manto del mago.

El mago estaba cerca. Muy cerca.

Wilman apretó la aguja entre sus manos mientras el viento agitaba las hojas sobre su cabeza.

Y en algún lugar profundo del bosque… algo respondió con una risa lejana.

Continuará...


sábado, 9 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 6)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Wilman Mayer no tardó en descubrir que el hombre que lo había sacado de la posada también sabía mentir.

Habían avanzado apenas medio día antes de que desapareciera.

Sin despedidas. Sin explicaciones.

Una mañana, tras refugiarse bajo las raíces huecas de un árbol para dormir, Wilman despertó solo. El abrigo del cazador ya no cubría la entrada. Las cenizas del pequeño fuego estaban frías.

Y no había rastro del hombre.

Solo una huella.

Una marca negra dibujada sobre la tierra: un círculo atravesado por tres líneas torcidas.

La vio y el mismo temblor volvió a vibrar dentro de su pecho.

El mago.

Wilman permaneció inmóvil largo rato, intentando decidir si debía sentirse traicionado o aliviado. Aquel hombre lo había ayudado, sí… pero también lo había tratado como una herramienta. Un perro siguiendo un olor.

“Eres un rastro.”

Las palabras todavía le ardían.

Apretó los dientes.

—Pues los rastros también pueden caminar solos —murmuró.

Y siguió adelante.


Viajar siendo un hombre de diez centímetros convertía cualquier distancia en una condena.

La hierba era un bosque.
Los charcos, lagos oscuros.
Las ruedas de las carretas levantaban tormentas de barro capaces de enterrarlo vivo.

Más de una vez tuvo que esconderse de pájaros que descendían desde el cielo como flechas hambrientas. Una sombra bastaba para helarle la sangre.

Aprendió rápido.

A moverse pegado a las piedras.
A escuchar las vibraciones del suelo.
A dormir dentro de botas abandonadas, troncos huecos o bajo las raíces.

Y sobre todo, aprendió que el mundo pequeño era mucho mas cruel que el grande.

Porque las criaturas diminutas no tenían piedad.


El ataque ocurrió al atardecer del tercer día.

Wilman cruzaba una zona seca junto al camino principal cuando notó algo extraño.

El suelo parecía moverse.

No de forma brusca. Era algo más sutil. Una ondulación oscura entre la tierra y las piedras.

Entonces vio la primera hormiga.

Era enorme.

No para un hombre normal.
Para él.

La criatura negra emergió entre dos grietas del terreno moviendo las antenas frenéticamente. Su cabeza brillaba como hierro húmedo. Las mandíbulas se abrieron y cerraron con un chasquido seco.

Wilman retrocedió.

La hormiga se detuvo.

Lo olió.

Y emitió un sonido diminuto, una vibración aguda que Wilman sintió en los huesos.

El suelo entero respondió.

Decenas.

No.

Cientos.

Las hormigas comenzaron a surgir desde debajo de la tierra.

Wilman echó a correr.

El mundo se convirtió en caos.

Las patas golpeaban alrededor de él como lanzas negras. La tierra temblaba bajo la colonia que despertaba. Algunas hormigas trepaban piedras; otras descendían desde raíces cercanas intentando cortarle el paso.

Wilman jadeaba.

Sus piernas pequeñas no podían competir.

Una hormiga cayó frente a él bloqueándole el camino. Las mandíbulas se abrieron de golpe.

Wilman agarró una rama seca del suelo y la clavó por instinto.

La punta se quebró contra el caparazón.

La criatura lanzó un chillido vibrante.

Y atacó.

Wilman rodó apenas a tiempo. Las mandíbulas cerraron donde había estado su torso un instante antes, hundiéndose en la tierra.

El viento del golpe lo lanzó contra una piedra.

Dolor.

Le faltó el aire.

La hormiga volvió hacia él lentamente, antenas agitándose.

Lo había elegido.

Wilman retrocedió arrastrándose mientras alrededor seguían apareciendo más cuerpos oscuros.

Demasiadas.

Entonces comprendió algo horrible.

No querían expulsarlo.

Querían despedazarlo.

Para ellas, él no era un hombre.

Era comida.

La hormiga cargó otra vez.

Wilman se lanzó hacia una grieta estrecha entre dos piedras. Las mandíbulas chocaron detrás de él con un crujido brutal. Fragmentos de roca saltaron a su alrededor.

La abertura era demasiado pequeña para las hormigas obreras.

Pero no para sus patas.

Las extremidades negras comenzaron a introducirse, tanteando en busca de él.

Wilman retrocedió por la oscuridad, respirando barro y polvo.

La grieta descendía.

Más y más.

Hasta que dejó de ver la luz del exterior.

Solo escuchaba el sonido.

Miles de patas.

Miles.

Y entonces…

La vibración volvió.

Más intensa que nunca.

Wilman se quedó quieto.

Allí abajo, bajo la tierra… había algo.

Algo relacionado con el mago.

Las hormigas también lo sentían.

Por eso estaban allí.

Una antena atravesó la grieta buscando su rostro.

Wilman contuvo el aliento.

Y en la oscuridad absoluta, comprendió una verdad aterradora:

el rastro del mago conducía bajo tierra.

Continuará...


martes, 5 de mayo de 2026

2

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 5)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


Un cliente de la posada se quedó inmóvil un instante más, como si midiera el peso de la decisión que acababa de tomar. Luego, con una delicadeza inesperada en alguien de su tamaño normal, acercó la mano al suelo.

—Sube —susurró.

El diminuto posadero dudó apenas un segundo. Aquel hombre era un desconocido, pero también el único que lo había visto, el único que no lo ignoraba como si ya no perteneciera al mundo. Trepó torpemente por los nudillos hasta alcanzar la palma, donde se dejó caer, agotado.

Desde allí, todo era distinto. Aún gigantesco, sí, pero menos amenazante que el caos del suelo.

—Escucha bien —dijo el señor, llevándose la mano cerca del rostro para poder hablarle sin perderlo—. Esto no es un accidente. Te han marcado. Y mientras esa magia siga en ti, irás… desapareciendo.

El posadero tragó saliva.
—¿Desapareciendo?

—Primero de la vista. Luego de la memoria. —el hombre lo observó fijamente—. Ya ha empezado, ¿verdad?

El silencio fue respuesta suficiente.

Un nuevo crujido sacudió la estancia. La mujer del posadero cruzó la sala otra vez, cada paso una amenaza constante. el hombre cerró la mano con cuidado, protegiendo al hombrecito dentro, y se dirigió hacia la puerta.

—No hay tiempo. Si quieres vivir, tienes que venir conmigo.

—¿Salir…? —La voz diminuta tembló—. ¿Fuera de la posada?

El hombre que era cliente de la posada desde años no respondió de inmediato. Empujó la puerta con el hombro y la abrió lo justo para deslizarse sin llamar la atención.

Y entonces, salieron.


El mundo exterior cayó sobre ellos como una revelación brutal.

Para el hombre, era una calle más: tierra, piedras, el murmullo del viento entre los edificios. Pero para el posadero…

Era un abismo.

Los guijarros del camino eran como rocas irregulares. Las vetas de la madera de los muros parecían cañones profundos. El viento, que antes apenas notaba, ahora rugía como una criatura invisible que podía arrastrarlo en cualquier momento.

El hombre abrió la mano.

—Mira.

El posadero de diez centímetros se incorporó lentamente, temblando. Sus ojos recorrieron el paisaje imposible. La posada, su hogar, se alzaba detrás de él como una montaña. Las ventanas eran abismos oscuros. La puerta, un portón descomunal.

Y más allá…

El mundo.

Inmenso. Desconocido. Peligroso.

—No puedo… —murmuró—. No puedo vivir aquí fuera.

—No tienes que vivir aquí —replicó el hombre con calma—. Solo tienes que sobrevivir el tiempo suficiente.

Se arrodilló y dejó al posadero en el suelo, esta vez con cuidado, eligiendo un espacio relativamente protegido entre dos piedras.

El mago no improvisa. Deja rastros. Pequeños errores. Distorsiones. Yo sé cómo verlos.

Se agachó aún más, hasta quedar casi a su altura.

—Pero tú… —añadió—. Tú puedes sentirlos.

El posadero frunció el ceño.

—¿Sentirlos?

—Esa magia está en ti ahora. Eres parte del hechizo. Eso significa que, de alguna forma… estás conectado con quien lo hizo.

El viento volvió a soplar, levantando polvo a su alrededor. El posadero cerró los ojos por instinto.

Y entonces lo notó.

Una vibración.

Leve. Lejana. Como un eco en el fondo de su pecho.

Abrió los ojos de golpe.

—Por ahí —dijo, señalando con una mano temblorosa hacia el camino que se alejaba del pueblo—. No sé por qué… pero está por ahí.

El hombre sonrió apenas, una expresión dura, satisfecha.

—Bien. Eso nos ahorrará tiempo.

Se incorporó y dio un paso atrás.

—A partir de ahora, no eres un posadero.

Wilman Mayer lo miró, confundido.

—Eres un rastro.

El suelo tembló bajo un paso lejano. Una carreta avanzaba en la distancia, cada giro de rueda como un trueno que se acercaba lentamente.

el hombre ajustó su abrigo.

—Y yo… soy el que caza lo que deja huellas.

El posadero Wilman Mayer de diez centímetros miró una última vez hacia la posada. Su vida. Su nombre. Todo lo que estaba dejando atrás.

Luego volvió la vista al camino.

Y dio su primer paso fuera de todo lo que había conocido.

Tenia que encontrar al mago.

Continuará...


lunes, 4 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 4)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

El suelo crujió bajo el peso de las botas de su mujer, y para el diminuto posadero aquel sonido fue como un trueno que se acerca demasiado rápido. Desde su perspectiva —apenas diez centímetros sobre las gastadas tablas de madera— cada paso era un terremoto, cada sombra una amenaza.

—¿Dónde te has metido ahora? —murmuró ella, mirando alrededor de la posada con el ceño fruncido.

Él gritó con todas sus fuerzas, pero su voz no era más que un hilo insignificante que se perdía entre el crepitar del fuego y el tintinear de las jarras. Intentó correr, pero el mundo se había vuelto inmenso y hostil. La punta del zapato de su mujer descendía ya, implacable, directa hacia él.

Entonces, en el último instante, rodó hacia un lado. El impacto sacudió el suelo y levantó una nube de polvo que lo cubrió por completo. Tosiendo, aturdido, comprendió algo con una claridad brutal: no podía seguir así. No podía sobrevivir mucho más tiempo siendo invisible para todos, incluso para quien mejor lo conocía.

En ese mismo momento, desde la puerta entreabierta, alguien había observado la escena.

El cliente de la posada que allí se encontraba no era hombre de impresiones fáciles, pero lo que acababa de ver lo dejó inmóvil durante unos segundos. El posadero… reducido a una figura minúscula, luchando por no ser aplastado por su propia vida. Aquello no era un simple accidente ni una maldición menor.

Era obra del mago.

Wilman apretó los dientes. Había seguido rumores, señales vagas, pequeños indicios… pero ahora tenía una prueba clara. Y también una consecuencia directa: un hombre condenado a desaparecer sin que nadie lo notara.

Entró con paso decidido.

—No te muevas —dijo en voz baja, arrodillándose con cuidado.

El posadero lo miró, sorprendido de que alguien, por fin, pareciera verlo.

—Si sigues aquí, morirás —continuó Wilman, más para sí mismo que para él—. Y yo no pienso permitirlo.

Alzó la vista hacia la mujer, que seguía buscando sin comprender.

—El rastro es reciente —murmuró—. Aún puedo alcanzarlo.

Sabía lo que eso implicaba. El mago no dejaba cabos sueltos, y quienes lo perseguían rara vez regresaban. Pero también sabía que no había alternativa.

O encontraba al mago… o aquel hombre acabaría siendo menos que un recuerdo.

Wilman se levantó, con una determinación fría y firme.

La caza comenzaba.

Continuará...


domingo, 3 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 3)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


El crujido volvió.

Más cerca.

Wilman no respiró. No por decisión, sino porque su cuerpo se negó.

Las sombras entre los sacos de grano se agitaron, y entonces la vio de nuevo.

La rata no era ya una presencia fugaz. Era… enorme.

Sus ojos reflejaban la poca luz como dos puntos húmedos y fríos. Sus bigotes temblaban, captando cada vibración del aire. Olfateaba.

Lo estaba buscando.

Wilman Mayer dio un paso atrás… y su talón chocó con algo duro. Tropezó, cayó de espaldas, y el golpe le arrancó el aire de los pulmones.

El sonido fue suficiente.

La rata giró la cabeza.

Silencio.

Un instante eterno en el que ambos se miraron.

Después, avanzó.

No corriendo. No aún.

Avanzó con una lentitud inquietante, como si saboreara el momento, como si supiera que no había prisa.

Wilman retrocedió arrastrándose, clavándose astillas en las manos, ignorando el dolor. Su mente gritaba, pero su cuerpo apenas respondía.

—No… no… no…

La rata aceleró.

El sonido de sus patas golpeando la madera era ahora un tambor de guerra.

Wilman rodó hacia un lado justo cuando el animal se abalanzó. Sintió el aire desplazarse junto a su cara, el calor del cuerpo de la bestia pasando a centímetros.

Se levantó como pudo y echó a correr.

Cada paso era torpe. Descompensado. El suelo irregular lo traicionaba a cada instante. Detrás, la rata giró con una agilidad monstruosa.

Volvía.

Siempre volvía.

Wilman saltó una grieta en la madera —antes insignificante, ahora un foso— y aterrizó mal, cayendo de rodillas. Un latigazo de dolor subió por su pierna.

La rata estaba encima.

Abrió la boca.

Wilman vio los dientes. Amarillentos. Curvos. Demasiado grandes.

Y entonces, en medio del pánico… algo brilló.

A su derecha.

Entre polvo, migas endurecidas y restos olvidados, algo metálico reflejó la luz temblorosa de la estancia.

No pensó.

Se lanzó.

Sus dedos se cerraron alrededor de un objeto frío, delgado… familiar.

Una aguja.

El recuerdo le atravesó como un relámpago: su esposa, sentada junto al fuego, cosiendo en silencio. La aguja que un día cayó al suelo y nunca encontraron.

Hasta ahora.

La rata embistió.

Wilman gritó, no de miedo, sino de pura desesperación, y alzó el brazo.

La aguja descendió.

No fue un golpe limpio. No fue elegante. Pero fue suficiente.

La punta se clavó en el hocico del animal.

Un chillido agudo, desgarrador, llenó la posada.

La rata retrocedió violentamente, sacudiendo la cabeza. Wilman no se detuvo. Volvió a atacar, esta vez con más fuerza, más rabia, más instinto que técnica.

Otro pinchazo.

Otro chillido.

El animal dudó.

Ese fue el momento.

Wilman dio un paso adelante, temblando, sosteniendo la aguja como una espada improvisada.

—¡Fuera! —gritó con una voz que ni él mismo reconocía—. ¡FUERA!

La rata retrocedió.

No por miedo absoluto… pero sí por algo nuevo: incertidumbre.

Y en ese mundo, la duda era suficiente.

Con un último siseo, el animal se giró y desapareció entre las sombras de los sacos.

El silencio regresó.

Pero no era el mismo.

Wilman se quedó inmóvil, jadeando, el brazo aún en alto. La aguja temblaba entre sus dedos.

Seguía vivo.

Miró el “arma”.

Pequeña. Ridícula… en otro tiempo.

Ahora era lo único que se interponía entre él y la muerte.

Tragó saliva.

Sus manos seguían temblando, pero su mirada había cambiado.

Ya no era solo miedo.

Era comprensión.

Aquí abajo, sobrevivir no sería cuestión de fuerza.

Sería cuestión de adaptarse.

De encontrar ventaja donde antes no había nada.

De convertir lo insignificante en vital.

Levantó la vista hacia la inmensa posada que una vez fue suya.

—De acuerdo… —susurró, con la voz rota pero firme—. Si este es mi mundo ahora…

Apretó la aguja.

—Aprenderé a vivir en él.

Una nueva ráfaga de viento atravesó la puerta abierta, sacudiendo todo a su alrededor.

Esta vez, Wilman no retrocedió.

Clavó los pies.

Y resistió.

Porque ahora tenía claro algo mucho más importante que recuperar el control.

Tenía que sobrevivir.

Continuará…


sábado, 2 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 2)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

El silencio que quedó tras el portazo no era un silencio cualquiera. Era inmenso.

Wilman tardó varios segundos en comprender que no era solo la ausencia de ruido… era la ausencia de proporción.

El viento que entraba por la puerta abierta ya no era una brisa nocturna, sino una corriente brutal que lo empujó varios pasos hacia atrás. Cada ráfaga levantaba polvo, migas, pequeños restos invisibles antes… ahora convertidos en proyectiles que golpeaban su piel como arena.

Respirar se volvió extraño.

El aire olía más intenso, más crudo. La cerveza agria le quemaba la nariz, el humo rancio se pegaba a su garganta. Todo estaba demasiado cerca, demasiado concentrado.

Intentó dar un paso firme.

El suelo no respondió como siempre.

Las tablas, que antes conocía de memoria, ahora eran un terreno irregular lleno de grietas, surcos y astillas que se alzaban como troncos afilados. Sintió una punzada aguda al rozar una con la pierna, y comprendió algo con un escalofrío:

Podía hacerse daño con su propia posada.

—No… no… —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. Esto no puede ser real…

Pero lo era.

Cada latido de su corazón retumbaba en sus oídos. Cada paso era un esfuerzo desproporcionado. Sus piernas temblaban no solo por el miedo, sino por el esfuerzo de moverse en un mundo que de pronto exigía diez veces más de él.

Levantó la vista.

La barra.

Aquella barra que había construido con sus propias manos ahora se alzaba como un acantilado oscuro, imposible de escalar. Las jarras colgaban arriba, gigantescas, balanceándose ligeramente con la corriente de aire, como campanas de un templo lejano.

Sintió un nudo en el estómago.

Allí arriba estaba su vida. Su rutina. Su control.

Aquí abajo… no tenía nada.

Un crujido lo paralizó.

Giró la cabeza bruscamente.

Algo se movía.

Entre las sombras, cerca de un rincón donde solían acumularse sacos de grano, una silueta pequeña —pero ahora no tanto— cruzó corriendo. El sonido de sus patitas contra la madera resonó como golpes secos.

Una rata.

Wilman retrocedió instintivamente, el pulso disparado.

Antes las espantaba de una patada. Ahora… ahora no estaba tan seguro de poder hacer nada.

El miedo cambió de forma dentro de él.

Ya no era solo rabia contra el mago.

Era vulnerabilidad.

Pura, fría y absoluta.

—Esto es mi posada… —susurró, como si decirlo pudiera devolverle el control—. Mi posada…

Pero las palabras se sentían huecas.

Porque por primera vez desde que abrió El Ciervo Somnoliento, Wilman Mayer no era el dueño del lugar.

Era una criatura más dentro de él.

Una criatura pequeña.

Frágil.

Y completamente expuesta.

El viento volvió a colarse por la puerta abierta, haciendo que esta golpeara contra la pared con un estruendo ensordecedor. Wilman se encogió, cubriéndose la cabeza.

Cada sonido era una amenaza.

Cada sombra, un peligro.

Y entonces lo entendió del todo.

No se trataba solo de haber encogido.

Se trataba de haber caído.

Caído desde la cima de su propio mundo… hasta el fondo de él.

Y desde ahí abajo, todo era mucho más oscuro.

Continuará...


jueves, 30 de abril de 2026

1

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 1)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


La noche había caído espesa sobre el camino de piedra, y la posada de Wilman MayerEl Ciervo Somnoliento, era el último refugio de luz en kilómetros. Dentro, el aire estaba cargado de humo, cerveza derramada y risas que ya empezaban a volverse pesadas. Wilman, un hombre robusto de manos curtidas y paciencia gastada, secaba la misma jarra por tercera vez, esperando que el último cliente entendiera la indirecta.

—Es hora de cerrar —gruñó, dejando la jarra con más fuerza de la necesaria.

Pero el último cliente no era como los demás.

Vestido con túnicas desordenadas de colores imposibles y un sombrero torcido que parecía cambiar de forma según la luz, el mago ocupaba una mesa como si fuera un trono improvisado. Tenía los ojos vidriosos, la sonrisa torcida y un aire de superioridad que no combinaba con su evidente estado de embriaguez.

—¿Cerrar? —repitió, alargando la palabra—. ¡Pero si la noche apenas empieza, buen posadero! Sirve otra ronda… o tres.

Wilman apretó la mandíbula.

—No hay más rondas. Has bebido suficiente, y yo también he trabajado suficiente. Fuera.

El mago soltó una carcajada estridente, golpeando la mesa.

—¡Oh! ¡El hombrecito cree que manda! —se burló, levantándose tambaleante—. ¿Sabes con quién estás hablando?

—Con alguien que va a dormir en el establo si no se larga —respondió Wilman, cruzándose de brazos.

El silencio cayó un instante. Luego, algo cambió.

La sonrisa del mago se afiló, y aunque seguía tambaleándose, su mirada se volvió clara… y peligrosa.

—Muy bien —susurró—. Si tanto te molestan los “hombrecitos”… veamos qué tal te sienta ser uno.

Antes de que Wilman pudiera reaccionar, el mago alzó una mano y murmuró unas palabras que parecían romperse en el aire. Una chispa azul saltó de sus dedos, cruzó la estancia y golpeó a Wilman en el pecho.

El mundo se torció.

La barra se elevó como una muralla. Las mesas crecieron como torres. El suelo se alejó… o quizá él se hundía.

Wilman gritó, pero su voz se volvió aguda, casi inaudible. En cuestión de segundos, la realidad había cambiado de escala.

O él.

Cuando todo se detuvo, se encontró de pie sobre el suelo de madera… ahora vasto como una plaza. Miró sus manos, diminutas, temblorosas. Corrió hacia una jarra caída, intentando orientarse, pero era como correr junto a un barril gigantesco.

—¿Qué… qué has hecho? —chilló.

El mago lo observaba desde arriba, una figura colosal que apenas cabía en la habitación.

Diez centímetros, más o menos —dijo con satisfacción—. Perfecto para alguien con tan poca hospitalidad.

Y sin más, soltó una última carcajada y salió tambaleándose de la posada, dejando la puerta abierta y el viento nocturno colándose como un rugido.

Wilman Mayer, dueño de El Ciervo Somnoliento, quedó solo.

Solo… y convertido en algo que apenas ocupaba una astilla del mundo que antes dominaba.

Aquella noche no cerró la posada.

Aquella noche, su vida se rompió en mil pedazos… del tamaño de su nueva estatura.

Continuará...


🕰️ Las Escrituras mas recientes