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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
Capítulo 6: Bajo la muralla
La Alcazaba no duerme.
Eso fue lo primero que pensó Mateo cuando sus dedos rozaron la piedra fría de la muralla. No era una idea racional. No era lógica.
Pero era cierta.
—¿Lo sientes? —susurró.
Gala no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en las alturas, en las torres que recortaban el cielo de Almería como dientes antiguos.
—Sí —dijo al fin—. Y no me gusta.
El medallón latía.
No vibraba ya. Latía.
Como un corazón que no era suyo.
Mateo deslizó la mano por la superficie rugosa, buscando… algo. Lo que fuera. Y entonces lo encontró: una grieta apenas visible, disimulada entre siglos de desgaste.
—Aquí.
Gala se acercó sin dudar. Demasiado cerca.
—¿Estás seguro?
Mateo negó levemente.
—Para nada.
Aun así, sacó el medallón.
Lo apoyó contra la grieta.
Nada.
Frunció el ceño.
—No puede ser lo mismo otra vez…
—Quizá no lo es —murmuró Gala.
Silencio.
Entonces ella hizo algo inesperado.
Colocó su mano sobre la de Mateo.
El contacto fue breve.
Pero suficiente.
El medallón ardió.
La grieta se abrió.
No como antes. Esta vez no se deshizo.
Se separó.
Como si la muralla respirara.
Un estrecho pasadizo se reveló ante ellos, descendiendo hacia la oscuridad.
Un aire antiguo salió de él.
Frío. Húmedo. Vivo.
Mateo tragó saliva.
—Esto… definitivamente está mal.
Gala sonrió.
—Entonces vamos por buen camino.
—
El pasadizo era angosto.
Demasiado.
Las paredes parecían cerrarse a su paso, como si no quisieran dejarles avanzar. Cada paso resonaba con un eco extraño, amortiguado, como si el sonido fuera absorbido antes de poder existir.
—No hay marcas modernas —susurró Gala, pasando los dedos por la pared—. Nadie ha estado aquí en siglos.
—O nadie ha salido para contarlo —respondió Mateo.
No era una broma.
Siguieron avanzando.
El descenso se hizo más pronunciado. El aire, más pesado.
Y entonces…
Las sombras comenzaron a moverse.
No fue algo brusco.
Al principio, apenas perceptible.
Un alargamiento.
Una distorsión.
Como si la luz de sus linternas no se comportara como debía.
Mateo se detuvo.
—Gala…
—Lo sé.
Las sombras en las paredes no coincidían con sus cuerpos.
Eran más largas.
Más delgadas.
Y… no siempre estaban conectadas a ellos.
Una de ellas se deslizó lentamente… en dirección contraria.
Mateo retrocedió un paso.
—Eso no es normal.
—No —dijo Gala—. Eso es antiguo.
Entonces las vieron.
Figuras.
No completamente visibles. No del todo presentes.
Siluetas adheridas a la piedra, como manchas de oscuridad más profunda.
Inmóviles.
Observando.
El aire se volvió insoportable.
Mateo sintió cómo el medallón latía con fuerza descontrolada.
—No les mires —susurró Gala.
Demasiado tarde.
Una de las sombras giró.
No tenía rostro.
Pero Mateo supo que lo estaba viendo.
Y entonces avanzó.
No caminó.
Se deslizó.
Silenciosa.
Imposible.
Mateo retrocedió.
Otra sombra se desprendió de la pared.
Luego otra.
—Corre —dijo Gala, sin levantar la voz.
No hizo falta gritar.
Mateo corrió.
El pasadizo parecía cambiar a su alrededor. Más estrecho. Más largo. Más profundo. Las sombras no hacían ruido, pero estaban cada vez más cerca.
Demasiado cerca.
Una de ellas rozó su espalda.
El frío fue inmediato.
Doloroso.
Como si algo le arrancara el aliento.
—¡Mateo!
Gala lo agarró del brazo y tiró de él hacia un recodo.
—¡Por aquí!
Giraron.
Y el pasadizo terminó.
De golpe.
Un muro.
Sin salida.
Mateo se quedó paralizado.
—No… no, no, no…
Las sombras se acercaban.
Lentas.
Seguras.
Como si supieran que ya no había escapatoria.
Gala respiraba rápido, pero sus ojos no mostraban pánico.
Pensaban.
Calculaban.
—El medallón —dijo.
Mateo lo alzó, temblando.
—¡No hace nada!
Las sombras ya estaban a pocos metros.
El aire se volvió helado.
Silencio absoluto.
Y entonces—
Una luz.
No brillante.
No cegadora.
Pero… firme.
Apareció detrás de las sombras.
Una línea.
Vertical.
Como un corte en la oscuridad.
Las sombras se detuvieron.
Por primera vez… dudaron.
La línea se abrió.
Y él salió de ella.
El templario.
Armadura desgastada. Cruz marcada en el pecho. El mismo que Mateo había visto antes… o creído ver.
Pero esta vez era real.
Más real que todo lo demás.
Sosteniendo una espada que no reflejaba la luz… la emitía.
Las sombras retrocedieron.
No por miedo.
Por reconocimiento.
El templario no habló.
Solo avanzó.
Cada paso suyo hacía que las sombras se deshicieran… como humo arrastrado por el viento.
Una intentó atacarlo.
La atravesó.
La espada brilló.
Y la sombra dejó de existir.
Silencio.
Las demás se retiraron, pegándose de nuevo a las paredes… hasta desaparecer.
El pasadizo volvió a ser… piedra.
Nada más.
Mateo respiró de golpe, como si volviera a la vida.
Gala no apartaba la vista del templario.
—Así que es verdad…
El templario giró lentamente la cabeza hacia ellos.
Sus ojos no se veían bajo el casco.
Pero Mateo sintió su mirada.
Directa.
Profunda.
Conocida.
—¿Quién eres? —logró decir.
Silencio.
El templario alzó la espada.
No en amenaza.
Señalando.
El muro.
El que no tenía salida.
Mateo frunció el ceño.
—¿Ahí?
El templario bajó la espada.
Asintió una vez.
Gala se acercó al muro sin dudar.
—Ayúdame.
Mateo se unió.
Empujaron.
Nada.
—No se mueve…
El templario dio un paso al frente.
Colocó la mano sobre la piedra.
Y el mundo… tembló.
El muro vibró.
Se agrietó.
Y se abrió.
Una salida.
Aire fresco.
Luz.
Mateo y Gala se giraron hacia él.
—Espera —dijo Mateo—. Tú… ¿por qué nos ayudas?
El templario permaneció inmóvil.
Un segundo.
Dos.
Luego, muy despacio…
Llevó la mano al pecho.
A la cruz.
Y después…
Señaló el medallón.
Mateo sintió un vuelco.
—¿Estás… conectado con esto?
Silencio.
Pero esta vez… no era vacío.
Era respuesta.
Cuando Mateo levantó la vista…
El templario ya no estaba.
—
Salieron a la superficie sin decir una palabra.
El sol los golpeó con fuerza.
Demasiada realidad de golpe.
Gala fue la primera en hablar.
—Eso no eran simples sombras.
Mateo negó.
—No.
Miró el medallón.
Aún caliente.
—Y él tampoco es… lo que parece.
Gala lo observó.
—Tu madre sabía algo de esto.
No era una pregunta.
Mateo apretó el medallón.
—Sí.
Una pausa.
—Y creo que cada vez estamos más cerca de entender qué.
El viento sopló sobre la Alcazaba.
Pero esta vez…
no sonaba antiguo.
Sonaba…
alerta.
Como si algo, allá abajo, no hubiera terminado de despertar.
Y acabara de notar su presencia.
—
Continuará…

