En los días en que las campanas marcaban el pulso de los pueblos y las murallas protegían tanto las casas como los orgullos de los hombres, existía una pequeña villa escondida entre montes y trigales. No era rica en oro, pero sí abundante en rumores, costumbres y vanidades.
En aquella villa habitaba un hombre al que todos llamaban Lázaro el Simple.
Vestía una vieja túnica de lino remendada innumerables veces, caminaba con paso pausado y llevaba siempre una sonrisa serena que muchos confundían con ingenuidad. No poseía tierras, ni linaje, ni fortuna. Ganaba el sustento llevando recados, ayudando a los ancianos, acarreando leña para las viudas y realizando cuantos pequeños oficios le permitieran obtener un mendrugo de pan o unas cuantas monedas.
Los niños reían a su paso.
Los mercaderes le daban órdenes.
Los nobles apenas reparaban en él.
Y los hombres que cada tarde se reunían en la taberna del pueblo habían encontrado en aquel humilde personaje su entretenimiento favorito.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los tejados de piedra, las jarras de cerveza espumosa llenaban las mesas y las carcajadas competían con el sonido de los laúdes. Entonces alguno gritaba:
—¡Traed a Lázaro! ¡Que empiece el juego!
El hombre acudía sin prisa, saludando con una leve inclinación de cabeza.
Sobre la mesa colocaban dos monedas.
Una era grande, gruesa y brillante. Valía apenas cincuenta céntimos.
La otra, mucho más pequeña y discreta, era de un euro.
El desafío era siempre el mismo.
—Escoge una.
Lázaro observaba ambas piezas durante unos instantes, como quien medita un asunto de gran importancia.
Finalmente tomaba la moneda más grande.
Entonces toda la taberna estallaba en carcajadas.
—¡Qué necio!
—¡Nunca aprenderá!
—¡Mira que tener delante el doble de valor y escoger la mitad!
Aquellos hombres se marchaban satisfechos creyéndose más sabios que el humilde aldeano.
Y al día siguiente repetían exactamente el mismo juego.
Y al siguiente.
Y al siguiente también.
Durante años.
Una tarde llegó a la villa un anciano peregrino envuelto en un manto gris.
Había recorrido monasterios, cruzado bosques donde sólo hablaban los cuervos y visitado cortes donde los reyes escondían sus miserias bajo coronas de oro.
Sentado discretamente en un rincón de la taberna, contempló aquella escena con silenciosa atención.
Cuando terminó el espectáculo y Lázaro abandonó el lugar con la moneda de menor valor, el anciano salió tras él.
Lo alcanzó junto al viejo puente de piedra bajo el que corría un arroyo cristalino.
—Buen hombre —dijo con voz tranquila—, perdona mi atrevimiento, pero llevo observándote desde hace un rato.
Lázaro sonrió.
—Hablad sin temor, señor.
El peregrino sacó de su bolsa dos monedas semejantes.
—¿No sabes acaso que la pequeña vale el doble que la grande?
Los ojos de Lázaro brillaron con una serenidad inesperada.
Después respondió con una sonrisa tan discreta como profunda.
—Claro que lo sé.
El anciano frunció el ceño.
—Entonces... ¿por qué eliges siempre la peor?
Lázaro contempló el agua del arroyo mientras unas hojas descendían lentamente siguiendo la corriente.
Luego respondió:
—Porque mientras ellos crean que son más listos que yo, seguirán llamándome cada tarde.
Cada día regreso a casa con una moneda.
El día que tome la de mayor valor, el juego terminará para siempre.
Y dejaré de recibir ambas.
El peregrino guardó silencio.
Comprendió entonces que muchas veces la verdadera inteligencia no necesita ser admirada.
Le basta con ser útil.
Pasaron los años.
Los hombres de la taberna siguieron riendo convencidos de su propia superioridad.
Jamás descubrieron que el objeto de sus burlas había comprendido el juego desde el primer instante.
Ellos creían regalar una moneda.
Sin advertirlo, entregaban una lección.
Porque la vanidad suele caminar con los ojos cerrados.
Y quien necesita demostrar continuamente que es más sabio que los demás termina convirtiéndose en esclavo de su propio orgullo.
Lázaro, en cambio, nunca necesitó vencer a nadie.
Le bastó con comprender a los hombres.
Y esa comprensión fue mucho más valiosa que todas las monedas que alguna vez pasaron por sus manos.
Reflexión
La apariencia es el disfraz favorito de la sabiduría.
Con demasiada frecuencia juzgamos la inteligencia por la rapidez de una respuesta, por el brillo de una palabra o por la ostentación del conocimiento. Sin embargo, la verdadera prudencia rara vez busca aplausos.
Quien conoce el corazón humano comprende que existen victorias demasiado costosas y derrotas que esconden inesperadas recompensas.
No siempre gana quien obtiene más en un solo instante.
A menudo vence quien sabe conservar aquello que el orgulloso desprecia.
Las burlas de los demás sólo hieren cuando permitimos que definan nuestro propio valor. El hombre verdaderamente libre no necesita convencer al mundo de su inteligencia; le basta con vivir conforme a ella.
Hay quienes pasan la vida intentando parecer sabios.
Y hay quienes, siendo realmente sabios, permiten que otros los crean simples, porque conocen un secreto que pocos alcanzan a descubrir: el ego ajeno suele ser el mejor aliado de la paciencia.
Moraleja
Nunca confundas la humildad con la ignorancia, ni el silencio con la falta de entendimiento.
El hombre verdaderamente sabio no siente la necesidad de demostrar su inteligencia; comprende que, en ocasiones, dejar que un necio se crea vencedor es la forma más discreta y poderosa de alcanzar la auténtica victoria.
