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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
La noche había caído sobre las montañas de Albor, y el viento ululaba entre las almenas del antiguo castillo de Valcruz. En el corazón de aquella fortaleza, el templario Antuan Morer corría por corredores de piedra iluminados por el resplandor anaranjado de las llamas. A su lado avanzaba su amada, Yaret de Albor, noble de espíritu indomable y mirada tan brillante como las estrellas que apenas se distinguían tras el humo.
—¡Debemos llegar a la biblioteca antes de que sea demasiado tarde! —gritó Antuan.
El castillo ardía por los cuatro costados. Los soldados del abad Leandro de Vhal habían irrumpido al anochecer, derramando aceite y fuego sobre cada estancia. Su misión era clara: destruir unos antiguos pergaminos que amenazaban con revelar secretos capaces de sacudir los cimientos de la Iglesia.
Antuan y Yaret descendieron una escalera oculta tras un tapiz ennegrecido por el humo. Al fondo del pasadizo se encontraba la biblioteca secreta de los antiguos guardianes templarios.
Cuando llegaron, encontraron las puertas medio consumidas por el fuego.
—Rápido —dijo Yaret mientras apartaba una viga caída.
Dentro, cientos de manuscritos reposaban en estanterías centenarias. Sin embargo, Antuan sabía exactamente lo que buscaba. Se acercó a un altar de piedra donde estaba grabada una cruz patada.
Presionó una losa.
Un compartimento secreto se abrió revelando un cilindro de plata.
—Aquí están.
Yaret desenrolló uno de los pergaminos. Sus ojos recorrieron líneas escritas en latín antiguo.
—Por Dios... —susurró—. Esto habla del Santo Grial.
Según los documentos, el Grial no era únicamente una reliquia sagrada. Los textos afirmaban que una hermandad de clérigos había manipulado durante siglos la verdadera historia de su origen para consolidar su poder sobre reyes y pueblos. Peor aún: señalaban la ubicación de una cámara oculta donde descansaban pruebas irrefutables.
Era un descubrimiento capaz de derrumbar la autoridad de muchos hombres poderosos.
Y precisamente por eso el abad Leandro de Vhal quería destruirlo.
Un estruendo resonó en la sala.
La puerta principal cedió.
Media docena de soldados irrumpió entre el humo.
—¡Entregad los pergaminos! —rugió el capitán.
Antuan desenvainó su espada templaria.
—Jamás.
La batalla fue feroz. El acero chocó contra el acero mientras las llamas trepaban por las vigas del techo. Yaret tomó una espada corta caída en el suelo y luchó junto a él con sorprendente habilidad.
Uno tras otro, los soldados fueron cayendo o retirándose.
Pero el fuego avanzaba.
—¡Antuan, el techo!
Una enorme viga ardiente se desplomó. Ambos saltaron justo a tiempo.
Tomando los pergaminos, escaparon por un túnel secreto que descendía bajo la montaña.
Detrás de ellos, el castillo rugía como una bestia moribunda.
Cuando emergieron al exterior, contemplaron la fortaleza convertida en una gigantesca antorcha visible a kilómetros de distancia.
Sin embargo, no estaban a salvo.
En la colina cercana, rodeado por jinetes armados, los observaba el abad Leandro de Vhal.
Su túnica negra ondeaba al viento.
—No podéis huir para siempre —gritó con voz fría—. Esos documentos pertenecen al fuego.
Antuan abrazó a Yaret mientras sostenía el cilindro de plata.
—No. Pertenecen a la verdad.
Los caballos del abad comenzaron a descender por la ladera.
Sin perder un instante, los dos fugitivos montaron sus corceles y cabalgaron hacia el bosque oscuro.
Detrás de ellos quedaban las cenizas.
Delante, un camino lleno de peligros.
Y en sus manos descansaba un secreto relacionado con el Santo Grial que podía cambiar el destino de toda la Cristiandad.
Aquella noche no terminó una historia.
Acababa de comenzar una leyenda.
Antonio Moreno

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