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miércoles, 17 de junio de 2026

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La fiesta del Dragón (Video cuento)



Agradecimiento por un Regalo para el Alma

En Mi Amada Soledad creemos que las historias tienen el poder de acompañarnos, inspirarnos y dejar una huella imborrable en el corazón. Por ello, hoy queremos dedicar unas palabras de sincero agradecimiento al autor Raul Romera Bellido por el hermoso gesto de compartir con nosotros un video cuento lleno de sensibilidad, creatividad y emoción.

Recibir una obra nacida de la imaginación y el talento de un autor es siempre un privilegio. Pero cuando esa obra llega en forma de video cuento, capaz de unir la fuerza de la palabra con la magia de las imágenes, la experiencia se transforma en algo verdaderamente especial.

Desde este espacio, queremos expresar nuestro más profundo reconocimiento a Raúl Romera Bellido por su generosidad, por confiar en nosotros y por permitir que sus palabras encuentren nuevos lectores y espectadores. Su trabajo nos recuerda la importancia de la narrativa como puente entre las personas, como refugio para la imaginación y como fuente de inspiración en nuestro día a día.

Apreciamos enormemente el tiempo, la dedicación y el cariño que hay detrás de cada creación artística. Este video cuento es una muestra de ello y un regalo que valoramos profundamente.

Gracias, Raúl Romera Bellido, por compartir tu talento con la comunidad de Mi Amada Soledad. Recibimos tu obra con admiración y gratitud, deseando que continúes cosechando éxitos y que sigas iluminando el camino de quienes disfrutan de la literatura y la creatividad.

Con afecto y reconocimiento,

Equipo de Mi Amada Soledad


🎥 Ver Video:


Autor del Video Cuento: Raul Romera Bellido


jueves, 21 de mayo de 2026

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Caminantes Medievales: Los Viajeros que Conectaron un Mundo Fragmentado


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

Cuando pensamos en la Edad Media, solemos imaginar castillos imponentes, caballeros con armaduras y aldeas aisladas por enormes distancias. Sin embargo, existe una figura menos conocida que fue esencial para mantener unido el tejido social y cultural de Europa: los caminantes medievales.

Mercaderes, peregrinos, mensajeros, monjes, soldados y viajeros anónimos recorrían kilómetros de senderos inseguros para intercambiar noticias, fe, productos e historias. En una época sin trenes, automóviles ni mapas precisos, caminar era mucho más que una forma de desplazarse: era una manera de sobrevivir y conectar territorios.


Los caminos medievales: rutas difíciles y peligrosas

Las carreteras medievales distaban mucho de las vías modernas. Muchas eran antiguos caminos romanos deteriorados por siglos de abandono. Durante el invierno podían convertirse en lodazales imposibles y, en verano, en senderos polvorientos y agotadores.

Los viajeros se enfrentaban a numerosos riesgos:

  • Bandoleros escondidos en bosques y montañas.
  • Enfermedades y heridas sin atención médica.
  • Animales salvajes.
  • Cambios climáticos extremos.
  • Puentes inestables y caminos mal señalizados.

A pesar de ello, miles de personas recorrían estas rutas cada año. El movimiento constante de caminantes permitió el intercambio de ideas, tecnologías y tradiciones entre regiones muy distantes.


Los peregrinos: los grandes viajeros de la Edad Media

Entre todos los caminantes medievales, los peregrinos ocuparon un lugar especial. Viajar hacia lugares sagrados era considerado un acto de fe y penitencia.

Uno de los destinos más importantes fue Santiago de Compostela, en el norte de la península ibérica. El Camino de Santiago atrajo a viajeros de toda Europa, creando una red cultural que todavía existe hoy.

Los peregrinos solían llevar:

  • Bastón de madera.
  • Capa gruesa para el frío.
  • Bolsa de cuero.
  • Cantimplora.
  • Conchas o símbolos religiosos.

En muchas ciudades surgieron hospitales, monasterios y posadas dedicadas exclusivamente a atender a estos viajeros.


Mercaderes y comerciantes ambulantes

No todos los caminantes viajaban por motivos religiosos. Los comerciantes medievales recorrían enormes distancias transportando:

  • Sal.
  • Tela.
  • Especias.
  • Hierro.
  • Vino.
  • Libros manuscritos.

Gracias a ellos, productos exóticos llegaban a pueblos que jamás habrían tenido contacto con otras culturas.

Los mercados medievales eran auténticos centros de intercambio social. Allí no solo se vendían mercancías: también circulaban noticias políticas, rumores de guerra y relatos fantásticos.


Caminar como forma de conocimiento

Para muchas personas medievales, viajar significaba descubrir un mundo desconocido. La mayoría nacía y moría en la misma región, por lo que quienes caminaban largas distancias adquirían una experiencia casi legendaria.

Los viajeros traían consigo:

  • Nuevas lenguas y expresiones.
  • Relatos de tierras lejanas.
  • Innovaciones agrícolas.
  • Conocimientos médicos.
  • Influencias artísticas y musicales.

En cierto modo, los caminantes medievales fueron los primeros grandes transmisores culturales de Europa.


La espiritualidad del camino

Caminar durante semanas o meses transformaba profundamente a las personas. El silencio de los bosques, las noches bajo las estrellas y la incertidumbre constante convertían el viaje en una experiencia espiritual.

Muchos cronistas medievales describieron el camino como una metáfora de la vida:

"avanzar sin certezas, enfrentar dificultades y seguir adelante pese al cansancio."

Esa idea sigue presente hoy en numerosas rutas históricas y peregrinaciones modernas.


El legado de los caminantes medievales

Aunque han pasado siglos, todavía utilizamos muchas de las rutas creadas o consolidadas por viajeros medievales. Algunos caminos actuales conservan puentes, monasterios y posadas construidas para quienes recorrían Europa a pie.

El interés moderno por el senderismo histórico y las peregrinaciones demuestra que la fascinación por el viaje lento sigue viva.

En una época dominada por la velocidad y la tecnología, los caminantes medievales nos recuerdan algo esencial: durante siglos, el mundo avanzó al ritmo de los pasos humanos.


Conclusión

Los caminantes medievales fueron mucho más que viajeros. Fueron puentes entre culturas, portadores de historias y protagonistas silenciosos de una época compleja.

Gracias a ellos circularon ideas, religiones, mercancías y conocimientos que ayudaron a moldear la Europa medieval.

Quizá por eso, cada vez que recorremos un antiguo sendero empedrado o seguimos una vieja ruta de peregrinación, todavía podemos sentir la huella de quienes caminaron siglos antes que nosotros.


Antonio Moreno 

Dedicado a mi cuñado Jose Miguel Cabrera


miércoles, 13 de mayo de 2026

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El Duque Negro: Guardián del Umbral


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En los años oscuros posteriores a la caída de Jerusalén, cuando las cruces templarias eran perseguidas y los viejos monasterios ardían bajo guerras y herejías, existió un caballero llamado Antuan Morer. Había servido a la Orden del Temple desde su juventud, no por gloria ni riquezas, sino por una fe feroz por conservar el conocimiento que lo consumía como una llama eterna.

Decían que jamás perdió un combate, aunque él afirmaba que ninguna espada era más poderosa que la misericordia de Dios.

Antuan pasó sus últimos años custodiando caminos olvidados entre montañas y bosques del norte de Hispania. Allí escuchó rumores sobre almas condenadas que vagaban entre ruinas antiguas, espíritus incapaces de encontrar descanso por pecados, maldiciones o pactos oscuros. Mientras otros caballeros luchaban contra hombres, Antuan comenzó a luchar contra la desesperación misma.

Su muerte llegó durante una noche de invierno junto a su prometida Yaret de Albor traicionados por el Abad Leandro de Vhal.

Sin embargo, la muerte no reclamó del todo al templario.

Cuenta la leyenda que, mientras su sangre se mezclaba con la nieve, espíritus luminosos descendieron sobre él: antiguos monjes, mártires olvidados y guerreros santos cuyas almas jamás abandonaron el mundo. Le ofrecieron un pacto sagrado.

—Tu cuerpo perecerá —dijeron—, pero tu misión aún no ha terminado.

Antuan aceptó.

Desde entonces se convirtió en “El Duque Negro, Guardián del Umbral”, un espíritu vestido con armadura espectral y capa blanca desgarrada por el tiempo. Recorrió cementerios abandonados, monasterios derruidos y pueblos malditos salvando almas atrapadas en el purgatorio. Donde aparecía, las campanas sonaban solas y el aire olía a incienso y lluvia.

Tiempo después en la aldea de Valdran que pertenecía a la fortaleza de Noctravar, una criatura sedienta de sangre había sembrado terror durante décadas. Los aldeanos hablaban de una mujer pálida que aparecía bajo la luna, alimentándose de viajeros y dejando cuerpos sin vida cerca del río helado. Antuan entró solo en las criptas bajo la colina, armado únicamente con su espada, un rosario de hierro y una reliquia de la Vera Cruz.

La criatura era Elyra de Valdran.

Había sido hija de nobles años atrás, pero fue condenada al vampirismo. Durante generaciones sobrevivió entre odio y hambre, viendo cómo su alma se pudría lentamente. Cuando Antuan la encontró, esperaba otro cazador dispuesto a destruirla.

Pero el templario vio algo distinto.

Vio dolor.

La batalla duró hasta el amanecer en aquel aposento. Elyra atravesó el pecho del caballero con sus garras, y Antuan clavó su espada bendita en el corazón de la vampiresa. Ambos cayeron al mismo tiempo sobre las piedras frías de la cripta.

Cuando el alma de la vampiresa abandonó su cuerpo corrupto, no ascendió ni cayó al abismo. Permaneció atrapada entre sombras, atormentada por siglos de sangre derramada. Antuan luchó durante noches enteras contra espectros infernales que reclamaban su condena.

Y finalmente la liberó.

La condujo a una pequeña ermita escondida entre montañas cubiertas de niebla: la Ermita de Santa Elyra. Nadie sabía quién la había construido. Era un santuario humilde, con muros de piedra cubiertos de musgo y vitrales que brillaban azul bajo la luna.

Allí, Antuan ya convertido en El Duque negro, depositó el alma purificada de Elyra.


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

Las crónicas dicen que, en ese instante, la antigua vampiresa recuperó su verdadero rostro humano y lloró por primera vez en siglos. Antes de desaparecer en la luz, tomó las manos espectrales del templario y susurró:

—Ningún monstruo está perdido mientras alguien rece por él.

Desde entonces, peregrinos y viajeros aseguran que la Ermita de Santa Elyra posee un milagro extraño: aquellos consumidos por culpa, odio o desesperanza sienten paz al cruzar sus puertas.

Y algunas noches, cuando la niebla cubre el valle, dos figuras pueden verse junto al campanario.

Un caballero templario de luz plateada.

Y una mujer de ojos tristes vestida de rojo.

Protegiendo las almas que aún buscan el camino hacia la eternidad.

Fin


Antonio Moreno


lunes, 11 de mayo de 2026

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Antuan Morer: El Guardián de los Pergaminos


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En los años oscuros del siglo XII, cuando los caminos de Europa estaban marcados por la guerra, la fe y el hambre, nació un niño al que llamaron Antuan Morer. Nadie supo nunca con certeza en qué aldea vino al mundo, porque las nieves del invierno borraron las huellas de su origen. Solo quedó el recuerdo de un pequeño pastor de ojos azules que caminaba entre colinas silenciosas cuidando ovejas ajenas.Sus padres, campesinos pobres acosados por las deudas y la peste, lo abandonaron cuando apenas tenía ocho años. Lo dejaron dormido junto a un camino cercano a un monasterio fortificado, esperando quizá que la misericordia de Dios hiciera lo que ellos ya no podían.

Y así ocurrió.

Los monjes templarios del monasterio de Saint Armand encontraron al niño hambriento y febril. Entre ellos estaba el anciano hermano Edric, un caballero retirado que vio en Antuan algo extraño: una mezcla de tristeza y determinación impropia de un niño. Los templarios lo acogieron no como siervo, sino como aprendiz.

Mientras otros niños aprendían a sembrar, Antuan aprendió latín, estrategia militar y el arte de guardar secretos. Los templarios no solo protegían peregrinos; custodiaban mapas, manuscritos antiguos y fragmentos de conocimiento que reyes y obispos habrían matado por poseer. En bibliotecas ocultas bajo piedra y cera, Antuan descubrió textos sobre astronomía árabe, medicina griega y lenguas olvidadas.


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

Creció fuerte, silencioso y temido.

A los veinte años ya dirigía pequeñas escoltas entre Jerusalén, Acre y Constantinopla. A los veintitrés era uno de los altos mandos militares de la orden, conocido por sobrevivir a emboscadas imposibles y por no abandonar jamás a un hermano en combate. Su espada, llamada Vigilia, llevaba inscrita una frase templaria:


“El conocimiento es la llama que ningún reino debe apagar.”


Durante décadas vivió entre batallas y escaramuzas. Defendió caravanas de manuscritos frente a mercenarios, saqueadores y fanáticos religiosos. Se decía que había cruzado desiertos enteros solo para rescatar un pergamino quemado a medias.

Fue en la ciudad de Antioquía donde conoció a Yaret de Albor.

Yaret era una mujer noble. Era hija de Don Edran de Albor y Elisse, y poseía una mente extraordinaria. Hablaba árabe, griego y hebreo, y dedicaba su vida a copiar textos antiguos antes de que fueran destruidos por la guerra. Antuan quedó cautivado no por su belleza —aunque muchos la describían como luminosa— sino por la calma con la que discutía filosofía mientras afuera rugían los tambores de guerra.

Ella veía en Antuan algo que nadie más veía: un hombre cansado de luchar para proteger ideas que pocos comprendían.

Pronto comenzaron a viajar juntos.

Recorrieron fortalezas escondidas, monasterios olvidados y bibliotecas secretas. Custodiaban pergaminos antiguos que hablaban de ciencias prohibidas, mapas celestes y relatos anteriores incluso al Imperio Romano. En las noches compartían vino, mapas y sueños imposibles: crear un refugio donde el conocimiento pudiera sobrevivir a la codicia de reyes y a la locura de las guerras santas.

Pero el conocimiento siempre atrae la ambición.

En la fortaleza de Noctravar habilitada como abadía conocieron al abad Abad Leandro de Vhal, un hombre culto y aparentemente piadoso. Leandro de Vhal ofreció refugio a Antuan y Yaret durante un invierno especialmente cruel. Les habló de una biblioteca oculta bajo la abadía y juró proteger los textos que transportaban.

Todo era mentira.

El abad había vendido información a nobles interesados en los manuscritos antiguos. Una noche, mientras la nieve cubría los muros de Noctravar, soldados mercenarios irrumpieron en la abadía. Las antorchas iluminaron corredores llenos de sangre y humo.

Antuan luchó como nunca antes.

Defendió las criptas durante horas, espada en mano, mientras Yaret intentaba salvar los pergaminos del fuego. Muchos textos se perdieron aquella noche, consumidos por las llamas. Los gritos de los monjes se mezclaron con el crujir de la madera incendiada.

Cuando Antuan encontró al abad Leandro en la biblioteca subterránea, lo vio intentando huir con cofres llenos de manuscritos y oro.

—Vendiste siglos de sabiduría por monedas —dijo Antuan con una voz más fría que el invierno.

Leandro respondió:

—La fe alimenta el alma. El oro alimenta el mundo.

Aquellas fueron sus últimas palabras.

Pero la victoria tuvo un precio terrible. Durante el incendio, Yaret quedó herida por una viga en llamas mientras protegía uno de los códices más antiguos. Antuan logró sacarla de la abadía antes del derrumbe, por suerte sus heridas no eran demasiado graves.

Después de aquella noche, Antuan Morer desapareció un largo tiempo.

Algunos dicen que abandonó la Orden del Temple y viajó hacia Oriente llevando los pocos manuscritos salvados. Otros afirman que fundó una biblioteca secreta oculta entre montañas. También existen rumores de un guerrero vestido con una capa blanca y roja que aparecía en aldeas remotas para rescatar libros antes de que fueran quemados.

Pero nadie volvió a verlo con certeza.

Solo quedó su historia.

La historia del pastor abandonado que se convirtió en guardián del conocimiento en una época que prefería destruirlo.

Fin


Antonio Moreno


domingo, 10 de mayo de 2026

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Yaret de Albor: Guardiana de la Memoria


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


En los inviernos más duros del reino de Albor, cuando los lobos bajaban de las montañas y el viento hacía crujir las torres como huesos viejos, nació Yaret.

Llegó al mundo en una fortaleza pequeña y olvidada por la corte, levantada sobre acantilados de roca negra frente al mar del norte. Su padre, Don Edran de Albor, era un señor menor sin demasiadas tierras ni influencia. Su madre, Elisse, apenas aparecía en banquetes y jamás hablaba de su propia familia. Nadie los consideraba importantes.

Y eso era exactamente lo que deseaban.

Desde niña, Yaret comprendió que en su casa había silencios demasiado pesados para ser normales. Había habitaciones cerradas con llaves de hierro que nunca cambiaban de mano. Había libros sin títulos guardados en cofres cubiertos de sal. Había símbolos grabados bajo las mesas y en los marcos de las puertas, marcas tan antiguas que parecían erosionadas por siglos de dedos.

Cuando preguntaba por ellos, su madre respondía siempre lo mismo:

—Hay conocimientos que sobreviven mejor cuando nadie recuerda su nombre.

Yaret creció distinta a las demás muchachas nobles. Mientras otras aprendían bordado, ella aprendía lenguas antiguas copiando caracteres en pergaminos gastados. Mientras las damas practicaban reverencias, ella estudiaba mapas celestes y escuchaba a los viejos navegantes que llegaban al puerto. Sabía leer antes de los seis años y montar a caballo antes de los ocho. A los diez, descubrió un pasadizo oculto bajo la capilla familiar.

Allí encontró el primer secreto de los Albor.

No era un tesoro.

Era una biblioteca.

Cientos de manuscritos descansaban en estanterías excavadas en piedra húmeda. Algunos estaban escritos en idiomas desaparecidos. Otros hablaban de reyes cuyo nombre no figuraba en ninguna crónica. Había tratados sobre estrellas, anatomía, alquimia y extrañas máquinas dibujadas con precisión imposible para aquella época.

Yaret pasó noches enteras explorando aquel lugar.

Comprendió entonces que su familia no había sido noble por riqueza o guerra. Habían sido custodios.

Guardianes silenciosos de conocimientos que otros hombres habrían quemado por miedo.

Con el tiempo descubrió más cosas. Los Albor pertenecían a una red dispersa de linajes antiguos que sobrevivían ocultos entre monasterios, puertos y castillos olvidados. Su deber no era gobernar reinos. Era preservar aquello que el mundo destruía cada vez que cambiaba de era.

Textos prohibidos.

Descubrimientos adelantados a su tiempo.

Memorias de civilizaciones desaparecidas.

Yaret no entendía aún por qué aquello era tan importante… hasta el invierno en que llegaron los inquisidores.

Venían desde la capital con cruces negras bordadas sobre capas grises. Decían buscar herejías. Pero su madre supo la verdad en cuanto vio sus sellos.

Habían encontrado el rastro de la biblioteca.

Aquella noche, Elisse despertó a Yaret antes del alba.

—Escúchame bien —le dijo mientras le colocaba un medallón de plata alrededor del cuello—. Nuestra sangre no fue elegida para mandar hombres. Fue elegida para recordar.

Fuera, el castillo ya ardía.

Los inquisidores atravesaban las puertas.

Yaret vio por última vez a su padre luchando en el patio mientras el fuego iluminaba la nieve roja. Su madre la condujo hacia túneles secretos bajo la fortaleza y le entregó una pequeña llave negra.

—Hay otros como nosotros —susurró—. Encuéntralos antes de que ellos encuentren lo que protegemos.

Después cerró la compuerta de piedra.

Yaret nunca volvió a verla.

Con apenas quince años huyó hacia el sur usando nombres falsos. Durante años cruzó monasterios, ciudades amuralladas y puertos infestados de mercenarios. Aprendió a esconderse bajo ropas humildes y a fingir ignorancia. Pero también aprendió algo más peligroso: el conocimiento que su familia protegía no era solo antiguo.

Algunas de aquellas ideas podían cambiar el mundo.

En Toledo conoció a un astrónomo ciego que reconoció el medallón de los Albor. En Sicilia halló mapas que mostraban costas desconocidas al otro lado del océano. En Constantinopla encontró fragmentos de un manuscrito que describía mecanismos impulsados por vapor siglos antes de que nadie imaginara semejante cosa.

Y poco a poco comprendió el verdadero miedo de la Iglesia y los reyes.

El conocimiento hacía libres a los hombres.

Y los hombres libres eran difíciles de gobernar.

Con los años, Yaret dejó de huir.

Comenzó a reconstruir la red perdida de guardianes. Algunos eran monjes. Otros comerciantes, médicos, cartógrafos o traductores. Ninguno parecía poderoso. Todos lo eran en secreto.

Donde las guerras destruían bibliotecas, ellos escondían libros.

Donde los fanáticos quemaban ideas, ellos las copiaban.

Donde los reyes imponían silencio, ellos sembraban preguntas.

La llamaron de muchos modos: hereje, bruja, espía...

Ningún nombre era correcto.

Porque Yaret de Albor nunca buscó poder.

Buscó tiempo.

Tiempo suficiente para que el mundo estuviera preparado para las verdades que dormían bajo siglos de miedo.

Su vida cambió en las ruinas de Acre, cuando Yaret de Albor conoció a Antuan Morer.

Él era templario.

No uno de los guerreros fanáticos que buscaban gloria bajo la cruz, sino uno de los pocos encargados de custodiar archivos, reliquias y rutas secretas entre Oriente y Occidente. Había visto bibliotecas enterradas bajo fortalezas del desierto y textos prohibidos ocultos en criptas de Jerusalén. Y también había visto cómo la Orden del Temple empezaba a pudrirse desde dentro, perseguida por reyes ambiciosos y hombres de fe consumidos por el miedo.

Se encontraron durante una tormenta en el puerto de Tiro.

Yaret viajaba bajo un nombre falso. Antuan fingía ser mercader.

Ambos reconocieron el símbolo oculto en el medallón del otro.

No hablaron durante horas. Solo se observaron como hacen quienes han sobrevivido demasiado tiempo escondiendo secretos. Finalmente, Antuan dijo:

—Los hombres que quemaron tu hogar también buscan lo que protegía mi Orden.

Yaret comprendió entonces que las piezas encajaban.

Los guardianes de Albor y ciertos círculos templarios habían trabajado juntos durante generaciones, trasladando conocimientos antiguos entre monasterios, fortalezas y rutas marítimas. Cuando los reinos caían o las guerras destruían ciudades, ellos movían libros, mapas y códices antes de que desaparecieran para siempre.

Desde aquel día viajaron juntos.

Durante años cruzaron Europa bajo identidades distintas. A veces como peregrinos. Otras como comerciantes, curanderos o copistas. Recuperaron manuscritos escondidos en abadías abandonadas, salvaron tratados de astronomía antes de que fueran destruidos y ocultaron documentos antiguos en lugares donde ningún inquisidor pensaría buscar.

Con el tiempo se volvieron leyenda entre los guardianes secretos del conocimiento.

Decían que Yaret poseía memoria imposible y que Antuan podía encontrar caminos olvidados incluso en ciudades que jamás había visitado.

Pero el enemigo también aprendía.

En el norte de Francia conocieron al abad Leandro de Vhal, un hombre amable de voz serena y ojos apagados. Gobernaba una abadía aislada entre montañas y ofreció refugio a los viajeros perseguidos por la Iglesia y la corona.

Durante meses, Yaret y Antuan confiaron en él.

Error que les costaría todo.

Leandro de Vhal no servía a Dios.

Servía al miedo.

Había dedicado su vida a reunir conocimientos prohibidos no para preservarlos, sino para destruirlos. Creía que ciertas verdades volverían ingobernables a los hombres y acabarían con el poder de la Iglesia para siempre. Y cuando descubrió quiénes eran realmente Yaret y Antuan, fingió ayudarlos mientras enviaba mensajes secretos a los inquisidores.

La traición llegó en pleno invierno.

Las campanas de la abadía sonaron antes del amanecer.

Soldados rodearon el monasterio mientras los monjes cerraban las puertas desde dentro. Antuan comprendió demasiado tarde que estaban atrapados.

Lucharon entre corredores llenos de humo y pergaminos ardiendo. Yaret consiguió sacar varios códices ocultos hacia las criptas inferiores, mientras Antuan defendía la biblioteca con espada y fuego.

Fue allí donde Leandro de Vhal reveló su verdadera obsesión.

—El conocimiento no hace libres a los hombres —dijo observando las llamas—. Los vuelve peligrosos.

Antuan respondió atravesándole el hombro con una daga templaria.

Pero el abad ya había vencido.

Fin


Antonio Moreno


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