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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
Un cliente de la posada se quedó inmóvil un instante más, como si midiera el peso de la decisión que acababa de tomar. Luego, con una delicadeza inesperada en alguien de su tamaño normal, acercó la mano al suelo.
—Sube —susurró.
El diminuto posadero dudó apenas un segundo. Aquel hombre era un desconocido, pero también el único que lo había visto, el único que no lo ignoraba como si ya no perteneciera al mundo. Trepó torpemente por los nudillos hasta alcanzar la palma, donde se dejó caer, agotado.
Desde allí, todo era distinto. Aún gigantesco, sí, pero menos amenazante que el caos del suelo.
—Escucha bien —dijo el señor, llevándose la mano cerca del rostro para poder hablarle sin perderlo—. Esto no es un accidente. Te han marcado. Y mientras esa magia siga en ti, irás… desapareciendo.
El posadero tragó saliva.
—¿Desapareciendo?
—Primero de la vista. Luego de la memoria. —el hombre lo observó fijamente—. Ya ha empezado, ¿verdad?
El silencio fue respuesta suficiente.
Un nuevo crujido sacudió la estancia. La mujer del posadero cruzó la sala otra vez, cada paso una amenaza constante. el hombre cerró la mano con cuidado, protegiendo al hombrecito dentro, y se dirigió hacia la puerta.
—No hay tiempo. Si quieres vivir, tienes que venir conmigo.
—¿Salir…? —La voz diminuta tembló—. ¿Fuera de la posada?
El hombre que era cliente de la posada desde años no respondió de inmediato. Empujó la puerta con el hombro y la abrió lo justo para deslizarse sin llamar la atención.
Y entonces, salieron.
El mundo exterior cayó sobre ellos como una revelación brutal.
Para el hombre, era una calle más: tierra, piedras, el murmullo del viento entre los edificios. Pero para el posadero…
Era un abismo.
Los guijarros del camino eran como rocas irregulares. Las vetas de la madera de los muros parecían cañones profundos. El viento, que antes apenas notaba, ahora rugía como una criatura invisible que podía arrastrarlo en cualquier momento.
El hombre abrió la mano.
—Mira.
El posadero de diez centímetros se incorporó lentamente, temblando. Sus ojos recorrieron el paisaje imposible. La posada, su hogar, se alzaba detrás de él como una montaña. Las ventanas eran abismos oscuros. La puerta, un portón descomunal.
Y más allá…
El mundo.
Inmenso. Desconocido. Peligroso.
—No puedo… —murmuró—. No puedo vivir aquí fuera.
—No tienes que vivir aquí —replicó el hombre con calma—. Solo tienes que sobrevivir el tiempo suficiente.
Se arrodilló y dejó al posadero en el suelo, esta vez con cuidado, eligiendo un espacio relativamente protegido entre dos piedras.
—El mago no improvisa. Deja rastros. Pequeños errores. Distorsiones. Yo sé cómo verlos.
Se agachó aún más, hasta quedar casi a su altura.
—Pero tú… —añadió—. Tú puedes sentirlos.
El posadero frunció el ceño.
—¿Sentirlos?
—Esa magia está en ti ahora. Eres parte del hechizo. Eso significa que, de alguna forma… estás conectado con quien lo hizo.
El viento volvió a soplar, levantando polvo a su alrededor. El posadero cerró los ojos por instinto.
Y entonces lo notó.
Una vibración.
Leve. Lejana. Como un eco en el fondo de su pecho.
Abrió los ojos de golpe.
—Por ahí —dijo, señalando con una mano temblorosa hacia el camino que se alejaba del pueblo—. No sé por qué… pero está por ahí.
El hombre sonrió apenas, una expresión dura, satisfecha.
—Bien. Eso nos ahorrará tiempo.
Se incorporó y dio un paso atrás.
—A partir de ahora, no eres un posadero.
Wilman Mayer lo miró, confundido.
—Eres un rastro.
El suelo tembló bajo un paso lejano. Una carreta avanzaba en la distancia, cada giro de rueda como un trueno que se acercaba lentamente.
el hombre ajustó su abrigo.
—Y yo… soy el que caza lo que deja huellas.
El posadero Wilman Mayer de diez centímetros miró una última vez hacia la posada. Su vida. Su nombre. Todo lo que estaba dejando atrás.
Luego volvió la vista al camino.
Y dio su primer paso fuera de todo lo que había conocido.
Tenia que encontrar al mago.
Continuará...

me está gustando como va el asunto gracias
ResponderEliminarAgradecido quedo, noble lector, por vuestras gentiles palabras, que honran más de lo que merezco.
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