sábado, 2 de mayo de 2026

0

El Posadero de Diez Centímetros (Parte 2)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

El silencio que quedó tras el portazo no era un silencio cualquiera. Era inmenso.

Wilman tardó varios segundos en comprender que no era solo la ausencia de ruido… era la ausencia de proporción.

El viento que entraba por la puerta abierta ya no era una brisa nocturna, sino una corriente brutal que lo empujó varios pasos hacia atrás. Cada ráfaga levantaba polvo, migas, pequeños restos invisibles antes… ahora convertidos en proyectiles que golpeaban su piel como arena.

Respirar se volvió extraño.

El aire olía más intenso, más crudo. La cerveza agria le quemaba la nariz, el humo rancio se pegaba a su garganta. Todo estaba demasiado cerca, demasiado concentrado.

Intentó dar un paso firme.

El suelo no respondió como siempre.

Las tablas, que antes conocía de memoria, ahora eran un terreno irregular lleno de grietas, surcos y astillas que se alzaban como troncos afilados. Sintió una punzada aguda al rozar una con la pierna, y comprendió algo con un escalofrío:

Podía hacerse daño con su propia posada.

—No… no… —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. Esto no puede ser real…

Pero lo era.

Cada latido de su corazón retumbaba en sus oídos. Cada paso era un esfuerzo desproporcionado. Sus piernas temblaban no solo por el miedo, sino por el esfuerzo de moverse en un mundo que de pronto exigía diez veces más de él.

Levantó la vista.

La barra.

Aquella barra que había construido con sus propias manos ahora se alzaba como un acantilado oscuro, imposible de escalar. Las jarras colgaban arriba, gigantescas, balanceándose ligeramente con la corriente de aire, como campanas de un templo lejano.

Sintió un nudo en el estómago.

Allí arriba estaba su vida. Su rutina. Su control.

Aquí abajo… no tenía nada.

Un crujido lo paralizó.

Giró la cabeza bruscamente.

Algo se movía.

Entre las sombras, cerca de un rincón donde solían acumularse sacos de grano, una silueta pequeña —pero ahora no tanto— cruzó corriendo. El sonido de sus patitas contra la madera resonó como golpes secos.

Una rata.

Wilman retrocedió instintivamente, el pulso disparado.

Antes las espantaba de una patada. Ahora… ahora no estaba tan seguro de poder hacer nada.

El miedo cambió de forma dentro de él.

Ya no era solo rabia contra el mago.

Era vulnerabilidad.

Pura, fría y absoluta.

—Esto es mi posada… —susurró, como si decirlo pudiera devolverle el control—. Mi posada…

Pero las palabras se sentían huecas.

Porque por primera vez desde que abrió El Ciervo Somnoliento, Wilman Mayer no era el dueño del lugar.

Era una criatura más dentro de él.

Una criatura pequeña.

Frágil.

Y completamente expuesta.

El viento volvió a colarse por la puerta abierta, haciendo que esta golpeara contra la pared con un estruendo ensordecedor. Wilman se encogió, cubriéndose la cabeza.

Cada sonido era una amenaza.

Cada sombra, un peligro.

Y entonces lo entendió del todo.

No se trataba solo de haber encogido.

Se trataba de haber caído.

Caído desde la cima de su propio mundo… hasta el fondo de él.

Y desde ahí abajo, todo era mucho más oscuro.

Continuará...


No hay comentarios :

Publicar un comentario

A los fieles lectores de Mi Amada Soledad:
Si alguna palabra aquí os ha acompañado en silencio,
os invito a dejar vuestro sentir sin temor alguno.
Toda voz, por leve que sea,
es bienvenida en este rincón.
—El guardián de estas letras

🕰️ Las Escrituras mas recientes