lunes, 4 de mayo de 2026

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El Posadero de Diez Centímetros (Parte 4)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

El suelo crujió bajo el peso de las botas de su mujer, y para el diminuto posadero aquel sonido fue como un trueno que se acerca demasiado rápido. Desde su perspectiva —apenas diez centímetros sobre las gastadas tablas de madera— cada paso era un terremoto, cada sombra una amenaza.

—¿Dónde te has metido ahora? —murmuró ella, mirando alrededor de la posada con el ceño fruncido.

Él gritó con todas sus fuerzas, pero su voz no era más que un hilo insignificante que se perdía entre el crepitar del fuego y el tintinear de las jarras. Intentó correr, pero el mundo se había vuelto inmenso y hostil. La punta del zapato de su mujer descendía ya, implacable, directa hacia él.

Entonces, en el último instante, rodó hacia un lado. El impacto sacudió el suelo y levantó una nube de polvo que lo cubrió por completo. Tosiendo, aturdido, comprendió algo con una claridad brutal: no podía seguir así. No podía sobrevivir mucho más tiempo siendo invisible para todos, incluso para quien mejor lo conocía.

En ese mismo momento, desde la puerta entreabierta, alguien había observado la escena.

El cliente de la posada que allí se encontraba no era hombre de impresiones fáciles, pero lo que acababa de ver lo dejó inmóvil durante unos segundos. El posadero… reducido a una figura minúscula, luchando por no ser aplastado por su propia vida. Aquello no era un simple accidente ni una maldición menor.

Era obra del mago.

Wilman apretó los dientes. Había seguido rumores, señales vagas, pequeños indicios… pero ahora tenía una prueba clara. Y también una consecuencia directa: un hombre condenado a desaparecer sin que nadie lo notara.

Entró con paso decidido.

—No te muevas —dijo en voz baja, arrodillándose con cuidado.

El posadero lo miró, sorprendido de que alguien, por fin, pareciera verlo.

—Si sigues aquí, morirás —continuó Wilman, más para sí mismo que para él—. Y yo no pienso permitirlo.

Alzó la vista hacia la mujer, que seguía buscando sin comprender.

—El rastro es reciente —murmuró—. Aún puedo alcanzarlo.

Sabía lo que eso implicaba. El mago no dejaba cabos sueltos, y quienes lo perseguían rara vez regresaban. Pero también sabía que no había alternativa.

O encontraba al mago… o aquel hombre acabaría siendo menos que un recuerdo.

Wilman se levantó, con una determinación fría y firme.

La caza comenzaba.

Continuará...


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