domingo, 10 de mayo de 2026

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Antuan Morer y el Medallón de Noctravar


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En las tierras olvidadas de Occidente, donde la niebla cubría los bosques y las campanas de las aldeas dejaron de sonar hacía siglos, existía una fortaleza maldita conocida como el Castillo de Noctravar. Sus torres negras se alzaban como colmillos contra el cielo tormentoso, y ningún hombre que cruzara sus puertas volvía a ser visto.

Pero hubo uno que se atrevió.

Su nombre era Antuan Morer, un templario marcado por las guerras santas y las cicatrices de innumerables batallas. Portaba una espada bendecida con plata y fuego sagrado, y sobre su pecho llevaba la cruz roja de su orden, ya desgastada por la sangre y el tiempo.

La leyenda cuenta que una reliquia antigua descansaba en el corazón del castillo: el Medallón de Aethernus, capaz de romper maldiciones y devolver la paz a las almas condenadas. Muchos caballeros, mercenarios y sacerdotes intentaron recuperarlo. Todos perecieron.

Antuan llegó una noche de tormenta.

Cuando las puertas del castillo se cerraron tras él con un estruendo infernal, el silencio desapareció. Susurros surgieron de las paredes. Sombras sin rostro se arrastraban por los corredores húmedos. Los fantasmas de antiguos nobles vagaban llorando sangre negra mientras cadenas invisibles resonaban en la oscuridad.

En el gran salón, esqueletos armados con espadas oxidadas emergieron del suelo de piedra. Antuan luchó durante horas, partiendo cráneos y huesos bajo destellos de relámpagos que atravesaban las vidrieras rotas. Cada enemigo destruido parecía levantar a otros dos más.

Pero lo peor aguardaba en las profundidades.

Bajo las catacumbas del castillo, donde el aire olía a azufre y muerte, despertó el Guardián Infernal: un demonio gigantesco cubierto de cuernos y fuego oscuro. Sus ojos ardían como hornos y su voz hacía temblar los muros. Muchos aseguran que aquella criatura era el antiguo rey del castillo, condenado por pactar con fuerzas prohibidas.

El combate fue brutal.

Antuan perdió su escudo. Su armadura quedó destrozada. Una garra demoníaca atravesó su hombro y lo lanzó contra un altar profano. Aun así, el templario se levantó una vez más. Clavó su espada bendita en el pecho del monstruo mientras pronunciaba antiguas plegarias olvidadas por los hombres.

El demonio cayó.

Entonces el castillo entero comenzó a estremecerse.

Entre ruinas ardientes y lamentos espectrales, Antuan encontró el Medallón de Aethernus sobre un pedestal de obsidiana. La reliquia brilló con una luz dorada tan intensa que los fantasmas comenzaron a desaparecer uno por uno, liberados al fin de su tormento eterno.

Pero la maldición no murió sin luchar.

Los corredores colapsaban. Las torres se derrumbaban. Manos esqueléticas emergían del suelo intentando arrastrarlo hacia la oscuridad. Herido y cubierto de sangre, Antuan avanzó tambaleándose hacia la salida mientras el castillo entero se hundía en un abismo de fuego y sombras.

Cuando el sol apareció al amanecer, el templario logró salir… apenas con vida.

Cayó de rodillas frente a las ruinas humeantes, sosteniendo aún el medallón entre sus manos ensangrentadas.

Desde entonces, los viajeros cuentan que en las noches de tormenta puede verse la silueta de Antuan Morer caminando entre la niebla, vigilando que ningún mal vuelva a despertar en las ruinas del Castillo de Noctravar.

Fin


Antonio Moreno


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