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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
Wilman Mayer apenas medía diez centímetros, pero aquella mañana avanzaba entre las raíces del bosque con la determinación de un guerrero gigantesco. El rocío le llegaba hasta las rodillas y cada brizna de hierba parecía un árbol flexible que se balanceaba sobre su cabeza. Habían pasado semanas desde que el mago lo maldijo y redujo su cuerpo al tamaño de un dedo humano. Desde entonces, Wilman había abandonado la seguridad de su posada y seguía cualquier rastro que pudiera conducirlo hasta el hechicero.
El bosque era distinto a esa escala.
Los caracoles parecían bestias blindadas. Las telarañas colgaban como puentes de plata. Incluso el canto de los pájaros retumbaba como truenos lejanos entre las copas.
Wilman caminaba con cuidado sobre una corteza húmeda, apoyándose en su espada: una aguja larga y afilada que había pulido hasta convertirla en un estoque brillante. La llevaba enfundada en una tira de cuero arrancada de un viejo guante humano.
Se detuvo junto a una huella extraña marcada en el barro.
No era de zorro ni de ciervo.
Era circular, como si alguien hubiera apoyado el extremo de un bastón rematado en metal.
—El mago… —murmuró.
El rastro seguía hacia el corazón del bosque.
Wilman ajustó su mochila, hecha con tela de saco, y continuó avanzando hasta que un sonido áspero lo obligó a detenerse.
CRACK.
Algo enorme se movía bajo las hojas secas.
Entonces apareció.
Un escarabajo negro del tamaño de un asno para Wilman emergió lentamente desde debajo de un tronco podrido. Sus mandíbulas brillaban como cuchillas húmedas y sus patas espinosas se clavaban en la tierra con un sonido seco.
Wilman retrocedió instintivamente y desenvainó la aguja.
El insecto emitió un zumbido grave.
Y cargó.
Wilman rodó hacia un lado justo cuando las mandíbulas golpeaban donde había estado un instante antes. La fuerza del impacto levantó hojas y tierra. El posadero corrió entre raíces mientras el escarabajo lo perseguía golpeando el suelo como una máquina de guerra.
Entonces vio su oportunidad.
Saltó sobre una piedra, esperó el momento exacto y clavó la aguja entre las placas del cuello del insecto.
El escarabajo chilló.
Wilman no soltó el arma. Se aferró con todas sus fuerzas mientras la criatura corría descontrolada entre los matorrales. Durante varios segundos creyó que moriría aplastado contra algún tronco, pero resistió.
Poco a poco el insecto fue reduciendo la velocidad.
Hasta detenerse.
Respirando con dificultad, Wilman apoyó una mano sobre el duro caparazón negro.
—Ya está… tranquilo…
El escarabajo permaneció inmóvil.
No volvió a atacarlo.
Aquella noche, junto al refugio improvisado bajo una seta gigantesca, Wilman tuvo una idea.
Si iba a cruzar el bosque siguiendo al mago, necesitaba cargar provisiones. Solo llevaba unos pocos frutos rojos, una cuerda de hilo y una pequeña cantimplora hecha con una bellota vacía.
Así que trabajó.
Con ramitas flexibles construyó un pequeño chasis. Usó savia endurecida para unir las piezas y tapas de nuez como ruedas. Tardó horas en conseguir que la diminuta carreta no se desmontara al moverla.
El escarabajo observaba inmóvil mientras él trabajaba.
Finalmente, Wilman colocó un arnés hecho con fibras vegetales alrededor del cuerpo del insecto.
—Veamos si entiendes esto.
Tiró suavemente.
El escarabajo avanzó.
La carreta rodó detrás de él.
Wilman sonrió por primera vez en muchos días.
Durante las jornadas siguientes, ambos se volvieron inseparables. El posadero llamó al insecto Brum.
Brum transportaba la espada-aguja, frutos silvestres, setas diminutas y todo lo que Wilman encontraba útil durante el viaje. A veces incluso cargaba piedras afiladas que Wilman utilizaba para hacer herramientas.
Con el tiempo, el escarabajo empezó a obedecer pequeños silbidos y golpes suaves sobre el caparazón.
Dos golpes significaban detenerse.
Uno largo, avanzar.
Tres rápidos, peligro.
Y el peligro no tardó en llegar.
Una tarde, mientras seguían el rastro del bastón del mago junto a un arroyo, Wilman encontró algo colgado de una rama baja.
Un trozo de tela roja.
La reconoció enseguida.
Pertenecía al manto del mago.
El mago estaba cerca. Muy cerca.
Wilman apretó la aguja entre sus manos mientras el viento agitaba las hojas sobre su cabeza.
Y en algún lugar profundo del bosque… algo respondió con una risa lejana.
Continuará...

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