martes, 14 de abril de 2026

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Cuento de la cabra del monte final (Recuerdos de mi Abuela)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

En lo más alto de una sierra olvidada, donde el viento silbaba como si contara secretos antiguos, vivía una cabra muy peculiar. No era una cabra cualquiera: tenía ojos amarillos como lunas enfermas y unos cuernos retorcidos que parecían ramas secas. Los pastores la llamaban la Cabra del Monte Final.

Nadie sabía de dónde había salido. Algunos decían que llevaba allí siglos. Otros, que había nacido de una tormenta. Pero todos coincidían en una cosa: la cabra no toleraba a quien “se pasaba de la raya”.

Y la raya… existía de verdad.

Era una línea de piedras negras que cruzaba un claro en medio del monte. Nadie debía cruzarla. Era una regla tan vieja que ya nadie recordaba quién la había puesto.

Durante años, los aldeanos respetaron la línea. Hasta que llegó Tomás, un joven fanfarrón que no creía en cuentos.

—¿Una cabra que se come a la gente? —se burlaba—. ¡Venga ya!

Una tarde, decidió demostrarlo. Subió al monte con una sonrisa chulesca y, sin pensarlo mucho, cruzó la línea de piedras.

El viento se detuvo.

Los pájaros callaron.

Y entonces… se oyó un crujido.

La Cabra del Monte Final apareció sobre una roca, mirándolo fijamente. No corrió. No saltó. Simplemente… estaba más cerca cada vez que Tomás parpadeaba.

—Bah… solo es un animal —dijo él, aunque su voz ya temblaba.

La cabra inclinó la cabeza. Abrió la boca.

Y en un solo movimiento, sin ruido, sin sangre, sin lucha… se lo tragó entero.

Glup.

El silencio volvió.

Al día siguiente, los aldeanos encontraron las botas de Tomás justo en la línea. Nada más.

Desde entonces, nadie volvió a cruzarla.

Bueno… casi nadie.

Porque, con los años, la historia se convirtió en leyenda, y la leyenda en broma… y la broma en reto.

Pero lo curioso es que, en el pueblo, siempre falta alguien de vez en cuando.

Y si subes al monte al atardecer, puede que veas a la cabra sobre la roca, masticando lentamente… como si disfrutara de una comida eterna.

Lo más extraño de todo es que, si te fijas bien, parece sonreír.

Como si le cayera simpática la gente que se pasa de la raya.

Aunque solo dure… 

un tragar.

FIN


Dedicado a mi querida abuela Isabel Jiménez esposa de Miguel  El Molinero (mi abuelo),
nuestra eterna Mama Isabel:

Aún guardo en el corazón aquellas tardes en que tu voz, suave y sabia, daba vida a montes lejanos, a vientos que susurraban secretos, y a la misteriosa cabra que vigilaba la raya que nadie debía cruzar. Yo era apenas un crío, y en tus palabras encontraba asombro, miedo dulce y un calor que ningún invierno ha logrado borrar.

Tú no solo contabas historias… las tejías con cariño, con esa ternura tuya que hacía del mundo un lugar más grande y más mágico. Y entre sombras y leyendas, me enseñaste algo que hoy comprendo mejor: que recordar es también una forma de querer.

Allí donde estés, sé que el viento sigue llevando cuentos, y me gusta pensar que, si escucho con atención, aún puedo oír tu voz entre ellos.

Con todo mi amor, hoy y siempre.

Antonio Moreno


2 comentarios :

  1. Es precioso el cuento y una carga emocional esas cosas estan en el corazon

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    1. Buen y noble lector,
      Recibid mi más sincero agradecimiento por vuestras palabras, que cual brisa suave han llegado a estas humildes letras mías. Es gran honra saber que habéis detenido vuestro paso para dejar tan gentil parecer en este humilde rincón de saber.
      Sepáis que vuestra voz no cae en saco roto, antes bien es tesoro preciado que anima a este escribano a proseguir su labor con renovado brío y diligencia.
      Que la fortuna os sea propicia y que vuestros caminos estén siempre colmados de luz y buenaventura.
      Con gratitud eterna,
      El autor

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