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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
El pergamino tembló levemente entre las manos de Mateo, aunque no supo si era por el frío del lugar o por algo más profundo, más antiguo. Gala no apartaba la vista de aquellas palabras, como si temiera que desaparecieran si dejaba de mirarlas.
—Si el abad hizo todo esto… —dijo Mateo en voz baja— no pudo ser solo por celos o por fanatismo.
Gala asintió lentamente.
—No. Nadie encierra viva a una mujer por una simple ofensa moral. Aquí hay algo más… algo que Antuan el templario sabía.
Mateo volvió a mirar el pergamino, pero esta vez no buscaba en él. Buscaba en lo que faltaba.
—El abad —murmuró—. Sabemos lo que hizo… pero no por qué.
El silencio respondió durante unos segundos, hasta que una ráfaga de aire helado recorrió la cripta. La llama de la linterna titiló con violencia, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por voluntad propia.
Y entonces, sin saber muy bien cómo, Mateo lo vio.
No con los ojos.
Sino con la memoria de la sangre.
El abad no siempre fue un monstruo.
Hubo un tiempo en que su nombre —fray Leandro de Vhal— era pronunciado con respeto genuino. Había llegado al castillo como un hombre culto, devoto en apariencia, con una inteligencia que pronto lo convirtió en consejero de nobles y caballeros.
Pero la fe nunca fue su verdadera vocación.
El poder, sí.
Desde el primer día, comprendió que el monasterio no era solo un lugar de oración. Era un nodo. Un punto de conexión entre secretos, reliquias y hombres dispuestos a matar por ambos. Y en el centro de todo ello… los templarios.
Antuan Morer fue, en un inicio, una oportunidad.
Un caballero leal, respetado, pero demasiado curioso. Demasiado recto. Leandro lo observó durante meses, estudiando sus hábitos, sus silencios, sus ausencias. Hasta que lo confirmó: Antuan había visto aquello que no debía.
Bajo la capilla.
Más allá de la cripta.
Donde no se guardaban huesos, sino verdades.
Verdades que podían destruir órdenes enteras.
Verdades que Leandro no pensaba permitir que vieran la luz… no sin antes convertirlas en su propio ascenso.
Pero había un problema.
Antuan no hablaba.
No traicionaba.
No temía.
Y entonces apareció Yaret.
—La usó… —susurró Gala, como si también pudiera ver aquello—. No fue casualidad.
Mateo apretó el pergamino.
—No. Él la eligió.
Yaret de Albor no era una simple dama. Su linaje, aunque discreto, estaba ligado a antiguas familias que habían servido como guardianes silenciosos de ciertos conocimientos. No lo sabía del todo… pero lo llevaba en la sangre.
Leandro sí lo sabía.
Y cuando descubrió el vínculo entre ella y Antuan, comprendió que no necesitaba romper al caballero.
Solo tenía que quebrar su corazón.
Durante semanas, manipuló encuentros, rumores, confesiones forzadas. Se presentó ante Yaret como guía espiritual, como protector… como el único capaz de salvar a Antuan de una sospecha creciente.
Pero cada palabra era una trampa.
Cada consejo, una cadena.
Cuando finalmente la llamó a confesión aquella noche, todo estaba preparado.
No era una elección.
Era una sentencia disfrazada.
Renunciar a Antuan significaba perderlo en vida.
Elegirlo… significaba condenarlo.
Yaret eligió amar.
Y Leandro eligió ganar.
—Es peor de lo que pensábamos —dijo Mateo, con la voz quebrada—. No fue solo crueldad… fue cálculo.
Gala lo miró, seria.
—¿Y qué quería realmente? ¿Silenciar a Antuan… o algo más?
Mateo tardó en responder. Su mirada se había perdido en la oscuridad de la tumba, como si allí, entre las piedras, aún latiera la respuesta.
—Control —dijo finalmente—. Antuan era un obstáculo… pero también una llave. Yaret era la forma de girarla.
Un nuevo silencio cayó entre ellos. Pero ya no era solo pesado.
Era inquietante.
—Mateo… —dijo Gala con cautela—. Si el abad hizo todo esto para proteger ese secreto…
—Entonces ese secreto sigue aquí —la interrumpió él.
La linterna volvió a parpadear.
Y por un instante, ambos jurarían que no estaban solos.
Mateo enrolló el pergamino con cuidado, como si temiera herirlo.
—Si Yaret dijo que su sangre sigue viva… —añadió, mirándose las manos— entonces esto no terminó.
Gala negó lentamente, con una certeza que helaba.
—No. Esto vuelve a empezar.
Y en lo profundo de la cripta, donde el aire no debería moverse…
Algo respiró.
Continuará…

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