jueves, 30 de abril de 2026

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El Posadero de Diez Centímetros (Parte 1)


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


La noche había caído espesa sobre el camino de piedra, y la posada de Wilman MayerEl Ciervo Somnoliento, era el último refugio de luz en kilómetros. Dentro, el aire estaba cargado de humo, cerveza derramada y risas que ya empezaban a volverse pesadas. Wilman, un hombre robusto de manos curtidas y paciencia gastada, secaba la misma jarra por tercera vez, esperando que el último cliente entendiera la indirecta.

—Es hora de cerrar —gruñó, dejando la jarra con más fuerza de la necesaria.

Pero el último cliente no era como los demás.

Vestido con túnicas desordenadas de colores imposibles y un sombrero torcido que parecía cambiar de forma según la luz, el mago ocupaba una mesa como si fuera un trono improvisado. Tenía los ojos vidriosos, la sonrisa torcida y un aire de superioridad que no combinaba con su evidente estado de embriaguez.

—¿Cerrar? —repitió, alargando la palabra—. ¡Pero si la noche apenas empieza, buen posadero! Sirve otra ronda… o tres.

Wilman apretó la mandíbula.

—No hay más rondas. Has bebido suficiente, y yo también he trabajado suficiente. Fuera.

El mago soltó una carcajada estridente, golpeando la mesa.

—¡Oh! ¡El hombrecito cree que manda! —se burló, levantándose tambaleante—. ¿Sabes con quién estás hablando?

—Con alguien que va a dormir en el establo si no se larga —respondió Wilman, cruzándose de brazos.

El silencio cayó un instante. Luego, algo cambió.

La sonrisa del mago se afiló, y aunque seguía tambaleándose, su mirada se volvió clara… y peligrosa.

—Muy bien —susurró—. Si tanto te molestan los “hombrecitos”… veamos qué tal te sienta ser uno.

Antes de que Wilman pudiera reaccionar, el mago alzó una mano y murmuró unas palabras que parecían romperse en el aire. Una chispa azul saltó de sus dedos, cruzó la estancia y golpeó a Wilman en el pecho.

El mundo se torció.

La barra se elevó como una muralla. Las mesas crecieron como torres. El suelo se alejó… o quizá él se hundía.

Wilman gritó, pero su voz se volvió aguda, casi inaudible. En cuestión de segundos, la realidad había cambiado de escala.

O él.

Cuando todo se detuvo, se encontró de pie sobre el suelo de madera… ahora vasto como una plaza. Miró sus manos, diminutas, temblorosas. Corrió hacia una jarra caída, intentando orientarse, pero era como correr junto a un barril gigantesco.

—¿Qué… qué has hecho? —chilló.

El mago lo observaba desde arriba, una figura colosal que apenas cabía en la habitación.

Diez centímetros, más o menos —dijo con satisfacción—. Perfecto para alguien con tan poca hospitalidad.

Y sin más, soltó una última carcajada y salió tambaleándose de la posada, dejando la puerta abierta y el viento nocturno colándose como un rugido.

Wilman Mayer, dueño de El Ciervo Somnoliento, quedó solo.

Solo… y convertido en algo que apenas ocupaba una astilla del mundo que antes dominaba.

Aquella noche no cerró la posada.

Aquella noche, su vida se rompió en mil pedazos… del tamaño de su nueva estatura.

Continuará...


1 comentario :

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—El guardián de estas letras

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