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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
El eco de sus pasos no llegó a apagarse.
Algo lo devolvió.
No como sonido.
Como presencia.
Primero fue un susurro que no pertenecía al aire. Después, un peso que no venía del suelo. La cripta, que hacía apenas unos instantes había respirado alivio, volvió a tensarse… como un cuerpo que recuerda demasiado tarde que aún puede sufrir.
Mateo se detuvo en seco.
Gala lo notó antes de preguntar.
—¿Qué ocurre?
Él no respondió de inmediato.
Escuchaba.
No con los oídos.
Con la sangre.
—No… —murmuró—. No está en paz.
La linterna parpadeó.
Una vez.
Dos.
Y luego…
Se apagó.
La oscuridad cayó como un golpe.
Gala soltó un leve grito contenido y buscó a Mateo a tientas.
—Mateo…
—Estoy aquí.
Pero su voz no estaba donde debería.
Sonaba… más lejos.
Más profunda.
Como si hablara desde dentro de la piedra.
Un crujido recorrió la cripta.
No desde las paredes.
Desde la tumba.
El mismo lugar que habían sellado.
El mismo lugar que habían liberado.
O eso creían.
Un sonido seco.
Como uñas arrastrándose por dentro de la roca.
Gala retrocedió instintivamente.
—No puede ser…
La grieta.
La grieta que habían usado para introducir el pergamino…
Se abrió.
No como antes.
Más.
Mucho más.
Lo suficiente para que algo oscuro, espeso, casi líquido, comenzara a filtrarse hacia fuera.
No era sangre.
Pero lo recordaba.
Mateo dio un paso adelante, en contra de todo instinto.
—No lo hicimos mal… —susurró, más para sí mismo que para Gala—. Lo hicimos todo.
Entonces la voz llegó.
No desde un lugar.
Desde todos.
—Lo hicisteis… incompleto.
El aire se congeló.
Literalmente.
Cada respiración se volvió dolorosa.
Gala sintió cómo su pecho se contraía.
—¿Quién…? —intentó decir.
La respuesta no fue una palabra.
Fue una forma.
La oscuridad que salía de la tumba comenzó a elevarse, retorciéndose como humo atrapado en agua. Lentamente, tomó altura… y estructura.
Primero una silueta.
Luego un rostro.
O lo que quedaba de uno.
Los ojos no estaban.
Había huecos.
Profundos.
Hambrientos.
Y aun así…
Miraban.
—El abad… —susurró Mateo.
La figura se terminó de formar frente a ellos.
Alta.
Demasiado.
Los huesos insinuados bajo una piel que no terminaba de existir.
La boca abierta en algo que no era un grito…
Sino un juicio.
—Borrasteis mi obra —dijo la cosa, con una voz que parecía arrastrar siglos de polvo—. Nombrasteis lo que debía permanecer olvidado.
Gala que no es de las que se calla apretó los dientes.
—Dijimos la verdad.
La criatura giró la cabeza hacia ella.
Demasiado rápido.
—La verdad… —repitió— …es lo que se impone.
Y en ese instante…
Se movió.
No caminó.
Apareció.
Frente a Gala.
Su mano —si es que podía llamarse así— atravesó el aire y se cerró alrededor de su garganta.
Gala no gritó.
No pudo.
Sus pies se elevaron del suelo.
Mateo reaccionó.
—¡Suéltala!
Se lanzó hacia la figura, pero en cuanto la tocó…
Algo lo atravesó.
Un dolor brutal, eléctrico, ancestral.
Cayó de rodillas.
No era un golpe.
Era un recuerdo.
Visiones.
Fuego.
Gritos.
Piedra cerrándose.
Y una figura…
El abad.
No como espectro.
Como hombre.
Observando.
Decidiendo.
Condenando.
Mateo jadeó.
—Tú… —escupió—. Tú elegiste…
La criatura inclinó la cabeza.
—Yo preservé.
Apretó más.
Gala comenzó a perder la fuerza.
Sus manos intentaban liberar el agarre imposible.
—La pureza… exige silencio —continuó el abad—. Y vosotros… habéis traído ruido.
Mateo levantó la vista.
Sus manos temblaban.
Las marcas.
Brillaban.
Más que antes.
Como brasas bajo la piel.
—No… —dijo, con un hilo de voz—. Nosotros trajimos memoria.
La criatura lo miró.
Y por primera vez…
Vaciló.
Un segundo.
Suficiente.
Mateo se puso en pie con un grito ahogado y extendió la mano hacia la tumba.
—¡Antuan! —exclamó—. ¡Yaret!
El nombre no fue un sonido.
Fue una llamada.
La piedra respondió.
Un pulso.
Luego otro.
La oscuridad que formaba al abad tembló.
Gala cayó al suelo, liberada de golpe, tosiendo, recuperando aire a duras penas.
—No… —gruñó la entidad—. No tienen voz.
—La tienen —replicó Mateo—. Porque tú no pudiste borrarlos del todo.
El suelo vibró.
Desde dentro de la tumba.
Desde donde el pergamino descansaba.
Una luz.
Débil.
Pero real.
Se filtró por la grieta.
La figura del abad se retorció.
—No podéis deshacer lo que hice…
—No —dijo Mateo, avanzando—. Pero podemos impedir que sigas haciéndolo.
La luz creció.
Y con ella…
Las sombras retrocedieron.
La forma del abad comenzó a fragmentarse.
No desaparecía.
Se desgarraba.
Como si algo dentro de él estuviera siendo arrancado.
—Esto… no termina aquí… —rugió—. La sangre… sigue siendo mía…
Mateo se detuvo.
Lo miró directamente.
—No.
Levantó la mano.
Las marcas ardían con una claridad insoportable.
—Nunca lo fue.
El estallido no fue violento.
Fue absoluto.
Luz y oscuridad chocaron en un instante que pareció romper el tiempo.
Y luego…
Silencio.
Cuando la linterna volvió a encenderse —sin que nadie la tocara—…
La cripta estaba vacía.
La tumba, sellada.
Sin grietas.
Sin rastro de lo ocurrido.
Gala, aún en el suelo, respiraba con dificultad.
Mateo seguía de pie.
Inmóvil.
Mirando sus manos.
Las marcas…
Ya no brillaban.
Pero tampoco habían desaparecido.
Eran más profundas.
Más… definidas.
Gala levantó la mirada.
—¿Se ha ido?
Mateo no respondió enseguida.
Sus ojos no estaban en la cripta.
Estaban en otra parte.
Más lejos.
Más oscura.
—No —dijo finalmente.
Gala sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué…?
Mateo bajó lentamente la mano.
—Ha cambiado.
El silencio que siguió no fue alivio.
Fue advertencia.
Porque en algún lugar que no pertenecía a la piedra…
Ni al tiempo…
Algo que había sido despertado…
Acababa de aprender a esperar.
Continuará...

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