jueves, 23 de abril de 2026

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Fábula del vagabundo y el perro


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


En los días en que los caminos eran de polvo y las campanas marcaban el destino de los hombres, vivía a las afueras de una villa un vagabundo llamado Beltrán. Nadie recordaba de dónde venía, ni qué desgracia le había arrancado de la vida común. Solo se sabía que cada noche dormía en un banco de madera, junto a la plaza, cubierto por una única manta raída que apenas desafiaba el frío.

Los inviernos eran crueles en aquella tierra. El viento se colaba entre las piedras como un ladrón invisible, y la lluvia caía sin piedad, empapando hasta los huesos. Beltrán, encorvado y silencioso, resistía como podía, aferrado a su manta como si fuera su último tesoro.

Una noche especialmente gélida, cuando el cielo parecía hecho de hierro y la lluvia golpeaba sin descanso, un perro famélico y tembloroso se acercó al banco. Sus costillas se marcaban bajo el pelaje sucio, y sus ojos, aunque cansados, aún guardaban una chispa de vida.

Beltrán lo miró largo rato.

—No tengo nada —murmuró—… salvo esto.

Y levantó un poco la manta.

El perro dudó apenas un instante antes de acomodarse junto a él. Aquella noche, compartieron el frío… y también el calor.

Desde entonces, no volvieron a separarse.

El vagabundo llamó al perro “Bruma”, pues apareció y se quedó como la niebla que no abandona el valle. Juntos enfrentaron noches de lluvia interminable, días de hambre y miradas esquivas de los aldeanos. Cuando el frío apretaba, se acurrucaban bajo la manta, espalda con espalda, respirando al mismo ritmo, como si uno sostuviera la vida del otro.

Bruma vigilaba mientras Beltrán dormía. Beltrán compartía cada mendrugo que lograba conseguir. Y en aquel banco de madera, donde antes solo había miseria, comenzó a habitar algo distinto: compañía.

Pasaron las estaciones.

Una mañana de primavera, cuando las flores tímidamente reclamaban su lugar, la suerte cambió. Un mercader que cruzaba la villa observó al perro. No era un animal común: su porte, su mirada atenta, revelaban nobleza oculta.

—Ese perro no es de la calle —dijo el mercader—. Fue entrenado… y bien.

Tras indagar, descubrieron que Bruma había pertenecido a un señor que murió en guerra, y que el animal había vagado desde entonces sin rumbo.

El mercader, conmovido por la lealtad entre ambos, ofreció a Beltrán trabajo como guardián de sus almacenes. No era riqueza, pero sí techo, pan y dignidad.

Beltrán miró a Bruma.

Bruma movió la cola.

Y así, el banco quedó vacío.

Dicen que, desde entonces, en aquella villa no hubo noche tan fría ni lluvia tan amarga que pudiera con la memoria de aquel vagabundo y su perro. Pues habían aprendido que, incluso en la más dura penuria, compartir el calor de otro puede cambiar el destino.

Y la vida, que tantas veces les fue esquiva, finalmente les sonrió.

FIN


Antonio Moreno


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