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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
En la costa de la Almería medieval, cuando el viento traía ecos de cruzadas y secretos, navegaba un galeón templario llamado Mi Amada Soledad. Sus velas, marcadas con la cruz roja, surcaban el Mediterráneo cargadas no solo de oro y reliquias, sino también de juramentos imposibles de romper.
A bordo viajaba Sir Antuan Morer, un caballero templario cuya lealtad era tan firme como el acero de su espada. Sin embargo, no era el tesoro ni la guerra lo que inquietaba su espíritu, sino la promesa que había hecho a Lady Gala, una dama de noble linaje cuyo honor había sido mancillado por falsas acusaciones en la corte.
Antes de partir, ella le había entregado un medallón y una súplica: limpiar su nombre o no regresar jamás.
Durante semanas, el galeón atravesó tormentas y aguas infestadas de piratas. Finalmente, frente a una isla olvidada, encontraron el rastro del traidor: un antiguo aliado templario que había robado documentos y oro para incriminar a la dama y enriquecerse.
La batalla fue feroz.
El cielo se tornó rojo mientras las espadas chocaban y los gritos se mezclaban con el rugido del mar. Sir Antuan luchó con furia y propósito, abriéndose paso hasta el traidor. En un duelo final, logró derrotarlo, recuperando el cofre que contenía tanto el tesoro como las pruebas de la inocencia de Lady Gala.
Pero al abrir el cofre, descubrieron algo más.
Dentro no solo había oro y pergaminos, sino un antiguo ídolo cubierto de inscripciones extrañas. Uno de los marineros, movido por la codicia, lo tomó sin permiso. En ese instante, el viento cesó.
Y entonces comenzó la maldición.
El mar se volvió oscuro como tinta, las estrellas desaparecieron y una niebla espesa envolvió el galeón. Uno a uno, los hombres comenzaron a caer presa de visiones: veían sus pecados, sus traiciones, sus ambiciones ocultas. La maldición no atacaba el cuerpo, sino el alma.
Sir Antuan, resistiendo el terror, comprendió la verdad: el tesoro estaba protegido no contra ladrones, sino contra corazones impuros.
Ordenó arrojar el ídolo al mar.
Solo entonces la niebla se disipó.
Días después, regresaron a Almería. Sir Antuan entregó las pruebas, y Lady Galla recuperó su honor ante todos. Pero el caballero ya no era el mismo. Había visto cómo incluso los hombres más valientes podían sucumbir a la codicia.
Nunca volvió a buscar tesoros.
Nunca volvió a confiar ciegamente en la nobleza de los hombres.
Moraleja:
El verdadero valor no está en conquistar riquezas ni en ganar batallas, sino en mantener la integridad cuando nadie está mirando, pues el mayor de los tesoros es un alma libre de culpa.
FIN
Antonio Moreno

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