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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
Mucho antes de que los cuervos anidaran en sus almenas y de que los aldeanos evitaran pronunciar su nombre al caer la noche, la fortaleza de Noctravar fue un lugar de paz.
Se alzaba sobre una colina de piedra negra, rodeada de bosques espesos y ríos de aguas claras. Sus murallas, aunque imponentes, no inspiraban miedo, sino refugio. Los caminantes que cruzaban los caminos del norte hallaban allí calor, pan reciente y un techo bajo el cual descansar. Los mercaderes dejaban sus carros en el patio interior sin temor a los ladrones, y los peregrinos encendían velas en la pequeña capilla dedicada a Santa Elyra, agradeciendo haber encontrado descanso tras jornadas interminables.
En aquellos días gobernaba la fortaleza la casa de Valdran, una familia austera pero justa. El señor Edric de Valdran, su esposa, lady Maelis y su hija Elyra, y mantenían abiertas las puertas de Noctravar incluso durante los inviernos más crueles. En las cocinas nunca faltaba el caldo humeante, y en el gran salón resonaban canciones de laúdes mientras la nieve golpeaba las ventanas.
Los niños corrían por los patios persiguiendo perros y gallinas. Los establos olían a heno fresco. En primavera, los viajeros describían Noctravar como un faro entre la niebla, un rincón donde el cansancio parecía disolverse.
Y quizá aquello era cierto.
Había en la fortaleza una calma difícil de explicar. Los ancianos decían que las piedras estaban bendecidas por antiguos juramentos; otros aseguraban que las montañas protegían el lugar de los males del mundo. Fuera cual fuese la verdad, quienes dormían en Noctravar despertaban con el espíritu ligero y el corazón tranquilo.
Pero toda luz proyecta una sombra.
El cambio comenzó el año de la Gran Helada, cuando apareció un hombre vestido con hábitos cenicientos y acompañado por doce monjes silenciosos. Se hacía llamar abad Leandro de Vhal.
Nadie supo de dónde venía realmente.
Traía consigo pergaminos sellados con lacre rojo y afirmaba actuar en nombre de una orden sagrada dedicada a preservar el conocimiento y combatir la corrupción del alma. Hablaba con voz suave y mirada serena, y durante los primeros meses muchos creyeron que su llegada era una bendición.
El abad aconsejaba a los nobles, ayudaba a curar enfermos con hierbas extrañas y recitaba sermones que emocionaban incluso a los más escépticos. Poco a poco fue ganándose la confianza del señor Edric.
Hasta que empezó a pedir.
Primero solicitó una pequeña torre para albergar a sus monjes. Después reclamó las bodegas para guardar “reliquias sagradas”. Más tarde convenció a Edric de transformar la capilla en un templo mayor. Las obras comenzaron de inmediato: derribaron muros antiguos, cubrieron frescos luminosos con piedra oscura y levantaron campanas cuyo sonido parecía demasiado grave para pertenecer a este mundo.
Leandro de Vhal decía que la alegría distraía a los hombres de la virtud.
Las canciones fueron prohibidas.
El vino desapareció de las mesas.
Los viajeros dejaron de reunirse junto al fuego porque los monjes vigilaban cada conversación como si buscaran pecados escondidos entre las palabras.
Con el paso de los años, Noctravar dejó de parecer una fortaleza y se convirtió en una abadía sombría. Los jardines se secaron. Las ventanas fueron tapiadas para impedir que “las tentaciones del exterior” penetraran en los dormitorios. Los monjes caminaban en silencio por corredores iluminados apenas por velas azules, y las campanas sonaban incluso en mitad de la madrugada.
Entonces comenzaron los rumores.
Algunos caminantes aseguraban oír llantos bajo las criptas. Otros hablaban de figuras encapuchadas arrastrando cadenas por los pasillos inferiores. Había quien juraba que el abad realizaba ceremonias secretas en la antigua sala del trono, donde jamás se apagaban las velas negras.
El señor Edric de Valdran murió consumido por una enfermedad desconocida.
Lady Maelis desapareció sin dejar rastro.
Y una mañana de otoño, los aldeanos descubrieron que las puertas de Noctravar permanecían cerradas.
Nadie volvió a ser recibido allí.
Desde entonces, la niebla rodeó permanentemente la colina. Los cuervos sustituyeron a las golondrinas. Las gentes del valle comenzaron a decir que la fortaleza estaba embrujada, maldita por los pecados de Leandro de Vhal y sus monjes.
Pero los ancianos aún recuerdan otra Noctravar.
Recuerdan el sonido de las risas en el patio.
El olor del pan recién hecho.
La música escapando por las ventanas durante las noches de invierno.
Y dicen que, cuando el viento sopla desde el este y la niebla se aparta un instante, todavía puede verse la sombra de aquella antigua fortaleza feliz oculta bajo la oscuridad de la abadía.
Antonio Moreno

Me gustaría vivir ahí
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