lunes, 11 de mayo de 2026

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La Vampiresa y el Duque Negro


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno

La tormenta había comenzado al caer la tarde.

Sobre las almenas del castillo de Noctravar, el viento hacía gemir las piedras antiguas como si el propio edificio recordara horrores demasiado viejos para ser pronunciados. Las antorchas chisporroteaban en los corredores y los sirvientes evitaban mirar hacia la torre oriental, donde se encontraba el aposento de invitados.

Allí dormían los caballeros que llegaban al castillo.

Y allí morían.

Nadie hablaba de ello abiertamente. Los cuerpos aparecían al amanecer pálidos como mármol, sin heridas visibles salvo dos diminutas marcas en el cuello. Algunos tenían los ojos abiertos en una expresión de éxtasis y terror imposible de describir.

Los sacerdotes hablaron de demonios.
Los soldados, de venenos.
Los aldeanos susurraban otro nombre.

La Dama Roja.

Decían que había sido hija de un conde siglos atrás. Que murió antes de su boda. Que fue enterrada viva por brujería. Que regresó hambrienta.

Pero ninguna historia lograba describir realmente a Elyra.

Su belleza era una desgracia para los hombres.

Cabellos largos y rojos como brasas encendidas.
Piel blanca como leche bajo la luna.
Labios oscuros, húmedos, irresistibles.
Y unos ojos verdes, profundos y crueles, capaces de hacer olvidar a un hombre quién era… y por qué debía huir.

Cada noche aguardaba en el aposento.

Cada noche un nuevo caballero cruzaba la puerta.

Y ninguno sobrevivía.


Sir Aldren fue el primero aquella semana.

Un veterano orgulloso, cubierto de cicatrices y arrogancia. Cuando la vio sentada junto al fuego, con un vestido carmesí abierto sobre los hombros pálidos, olvidó inmediatamente todas las advertencias.

—No sabía que el castillo escondía semejante joya —dijo sonriendo.

Elyra levantó lentamente la mirada.

—Y vos no imagináis los secretos que esconde esta habitación.

Horas después, los sirvientes escucharon risas apagadas, copas derramándose y susurros ardientes tras la puerta cerrada.

Nadie entró.

Nadie jamás entraba.

Al amanecer encontraron a Sir Aldren muerto entre sábanas de seda oscura. Tenía una expresión extraña, casi feliz.

Y Elyra ya había desaparecido.


Después vino un joven templario.
Luego un mercenario del norte.
Luego dos hermanos nobles.

Uno tras otro.

Siempre igual.

Siempre sangre.

Siempre el mismo perfume dulce impregnando el cuarto cuando abrían las ventanas para sacar el cadáver.

El miedo comenzó a extenderse por toda la región. Muchos viajeros evitaban el castillo. Otros acudían precisamente por curiosidad, convencidos de que podían resistirse a la legendaria vampiresa.

Ninguno podía.

Porque Elyra no sólo bebía sangre.

Devoraba voluntades.

Conocía el deseo oculto de cada hombre apenas lo miraba a los ojos.

Y entonces llego él.

El duque Antuan Morer.

Su llegada ocurrió durante la noche más fría del invierno. Vestía completamente de negro y viajaba sin escolta. Alto, elegante, de rostro severo y ojos azules como el cielo.

Cuando el señor del castillo le advirtió que no debía dormir en el aposento oriental, el duque simplemente sonrió.

—Precisamente por eso lo elegiré.

Aquella respuesta hizo callar incluso al viento.


Elyra lo esperaba junto al ventanal abierto.

La luna iluminaba su figura con una belleza sobrenatural. El vestido rojo parecía líquido sobre su cuerpo. Sus dedos sostenían una copa de vino oscuro.

—Así que vos sois el famoso duque —susurró—. He oído hablar mucho de vuestra sangre.

Antuan dejó la espada sobre la mesa.

—Y yo de vuestra hambre.

Ella sonrió lentamente.

Por primera vez en siglos, sintió algo extraño.

Inquietud.

La conversación se alargó durante horas. Hablaron de guerras antiguas, reyes muertos, tumbas olvidadas y noches eternas. Antuan no parecía intimidado por ella. Ni siquiera fascinado.

Eso la irritaba.

Y la atraía.

La tormenta rugía afuera cuando finalmente Elyra se acercó a él. Rozó su cuello con los labios.

—¿No tenéis miedo?

—Sí —contestó el duque—. Pero no de vos.

Entonces ella mostró los colmillos.

Y lo besó.

Las velas se apagaron de golpe.

Un grito atravesó la torre.

Luego otro.

Después, silencio.


Nadie se atrevió a subir hasta el amanecer.

Cuando finalmente abrieron la puerta, los sirvientes quedaron paralizados.

La habitación estaba destrozada.

Las paredes cubiertas de sangre.
Los muebles hechos pedazos.
Las cortinas rasgadas como si enormes garras las hubieran atravesado.

Y en medio del aposento, junto a la cama destruida…

yacía Elyra.

Muerta.

Su cuerpo pálido parecía haberse marchitado siglos en una sola noche. El cabello rojo se había vuelto gris. Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par, congelados en auténtico terror.

Pero el duque no estaba.

Solo encontraron una nota escrita con tinta negra sobre la pared:

“Los monstruos también pueden tener pesadillas.”

Entonces el sol atravesó las ventanas.

Y el cadáver de Elyra comenzó a arder.

Las llamas consumieron su cuerpo en segundos mientras un chillido imposible resonaba por toda la fortaleza. Los caballos enloquecieron. Las campanas del castillo repicaron solas.

Y abajo, en el patio cubierto de nieve, alguien vio alejarse al duque Antuan montando lentamente entre la niebla del amanecer.

Sin sombra.

Sin reflejo.

Sonriendo.

Fin


Antonio Moreno


4 comentarios :

  1. Buenas tardes. Me ha gustado mucho esta historia, y el fina te deja con ganas de saber mas, gracias

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  2. Es posible que todo se ande mi noble lector, gracias y salu2

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  3. La historia es preciosa me a gustado mucho

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    Respuestas
    1. Estimada lectora:
      Reciba vuesa merced mi más sincero agradecimiento por las gentiles palabras que habéis dejado en este humilde blog. Hallar comentarios tan benevolentes y llenos de aprecio es motivo de gran honra y contento para quien escribe.
      Sepáis que cada línea compartida con tan noble ánimo alienta mi pluma y da nuevo brío a este rincón de letras y pensamientos. Que Dios premie vuestra cortesía y conserve siempre vuestro buen juicio y generoso espíritu.
      Con gratitud y estima,
      vuestro humilde servidor.

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