sábado, 2 de mayo de 2026

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El cobrador de impuestos


© Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno


En los días en que los feudos se extendían como sombras sobre los campos y la ley dependía del capricho de los poderosos, existió una aldea olvidada por la misericordia. Sus tierras eran fértiles, sus gentes trabajadoras… pero sobre ellos pesaba la figura de un cobrador de impuestos al servicio de un gobernador despiadado.

Aquel hombre —del que ya nadie recuerda el nombre— llegaba cada luna nueva con su escolta y su sonrisa torcida. No conocía compasión. Exigía más de lo que el propio feudo pedía: cerdos, gallinas, sacos de trigo… y cuando eso no bastaba, arrebataba dignidad. Las aldeanas más jóvenes temían su llegada más que a las tormentas o las pestes. Los niños, con los vientres vacíos, aprendieron pronto a esconderse. Muchos no sobrevivieron a los inviernos que siguieron.

El silencio del pueblo no era sumisión, sino espera.

Pasaron los años, y el dolor se convirtió en algo más oscuro: una voluntad compartida. Nadie habló en voz alta, pero todos entendieron. Cuando llegó el día en que el cobrador debía partir con sus recaudaciones —una barca cargada de lo que había arrebatado—, el pueblo ya estaba preparado.

Lo aguardaron en una ladera pedregosa, donde el río se estrechaba y la corriente obligaba a pasar despacio. Desde lo alto, ocultos entre matorrales y rocas, hombres y mujeres sostenían sacos que no contenían grano… sino algo que había crecido en los rincones de su miseria.

Cuando la barca estuvo justo bajo ellos, se hizo un silencio denso como el barro.

Y entonces, comenzó.

Los sacos cayeron uno tras otro, abriéndose al golpear la madera. De ellos brotaron ratas: decenas, luego cientos, luego una masa viva imposible de contener. El cobrador gritó, primero de rabia, luego de terror. Intentó apartarlas, sacudirlas, huir… pero la barca era pequeña, el río implacable y las ratas habían comenzado a meterse en su boca, sus ojos...  la marea roja lo cubría todo.

Dicen que sus gritos resonaron en las rocas, pero nadie descendió a ayudarlo. Las ratas, hambrientas como lo habían estado los niños del pueblo, no distinguían súplicas ni rango.

Cuando el río volvió a su calma, la barca ya no era más que un cascarón vacío arrastrado por la corriente.

El pueblo no celebró. No hubo cantos ni brindis. Solo regresaron a sus hogares, en silencio, como quien cierra un capítulo oscuro.

Desde entonces, en las noches frías, algunos aseguran que en esa curva del río se escucha un murmullo inquieto, como de pequeñas patas moviéndose en la madera… y que el agua, a veces, trae consigo un eco lejano de lo que ocurre cuando la crueldad encuentra su reflejo.

Y así se cuenta la leyenda del cobrador, para que nadie olvide que incluso el más humilde de los pueblos puede guardar justicia… aunque nazca de la desesperación.

Fin


Antonio Moreno


2 comentarios :

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—El guardián de estas letras

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