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| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
En el corazón de una región olvidada por el tiempo se alzaba el castillo de Valdoria, una fortaleza de piedra ennegrecida por siglos de tormentas y guerras. Sus muros guardaban secretos que ni los más ancianos del reino se atrevían a nombrar.
Todo comenzó una noche sin luna.
Los sirvientes fueron los primeros en murmurar. Decían haber visto una figura femenina vagando por los pasillos: una dama de cabellos oscuros como el ala de un cuervo, piel pálida y ojos que brillaban con una intensidad inquietante. Vestía una ceñida corsetería roja, extrañamente fuera de lugar en aquella época de austeridad, como si perteneciera a otro mundo… o a otro tiempo.
No caminaba. Deslizaba.
Y siempre desaparecía antes de ser alcanzada.
Pronto, los habitantes del castillo empezaron a sentir su presencia incluso sin verla: susurros en las noches, pasos en habitaciones vacías, un perfume dulce y perturbador que flotaba en el aire antes de que ocurrieran cosas extrañas. Puertas que se abrían solas. Velas que se apagaban sin viento. Pesadillas compartidas.
El señor del castillo, don Álvaro de Montalbán, reunió a los pocos hombres valientes que aún no habían huido: un caballero veterano, un monje erudito y una joven curandera que conocía más de lo que decía.
—No es un simple espectro —sentenció el monje tras escuchar los relatos—. Hay voluntad en sus actos. Busca algo… o a alguien.
Decidieron investigar.
Exploraron los archivos antiguos, cubiertos de polvo y olvido. Entre pergaminos rotos y crónicas incompletas, encontraron una historia enterrada: hacía más de cien años, una mujer llamada Isolde había vivido en el castillo. Hermosa, enigmática… y acusada de brujería.
Se decía que había seducido a nobles y soldados, envolviéndolos en un hechizo del que no podían escapar. Pero lo que realmente aterrorizó al pueblo fue su rechazo final al señor feudal de la época. Humillado, él la condenó a muerte.
Fue ejecutada en secreto, sin juicio justo.
Y enterrada… dentro del castillo.
—Si su espíritu sigue aquí —dijo la curandera en voz baja—, no es por maldad. Es por injusticia.
Guiados por pistas fragmentadas, los tres descendieron a las criptas selladas bajo la torre este. Allí, tras una pared oculta, encontraron una cámara olvidada. En su centro, una tumba sin nombre.
Cuando la abrieron, el aire se volvió insoportablemente frío.
Y ella apareció.
La dama de rojo.
Más nítida que nunca, con una belleza inquietante, casi hipnótica. Sus ojos se clavaron en ellos, pero no había odio en su mirada… sino dolor.
Entonces habló, sin mover los labios.
“Me arrebataron la voz… y la verdad.”
El monje, temblando, recitó oraciones. El caballero desenvainó su espada, inútil ante lo intangible. Pero la curandera dio un paso adelante.
—¿Qué necesitas?
La figura alzó lentamente la mano… señalando un anillo oxidado dentro de la tumba.
—Prueba —susurró una voz que parecía venir de todas partes.
El anillo pertenecía al antiguo señor. Grabado en su interior, encontraron un mensaje oculto: una confesión. Isolde no era bruja. Había rechazado sus avances… y él fabricó la acusación para destruirla.
La verdad, al fin, salía a la luz.
Al día siguiente, reunieron a todos los habitantes que quedaban y leyeron la confesión en voz alta. Honraron a Isolde, le dieron sepultura digna y su nombre fue restaurado.
Esa noche… no hubo susurros.
Ni pasos.
Ni perfume en el aire.
Solo silencio.
Pero algunos aseguran que, en noches muy oscuras, aún puede verse una figura en rojo observando desde las torres… ya no como un espíritu atormentado, sino como una guardiana.
Vigilante.
Eterna.
Fin
Antonio Moreno

Que guapa es la fantasma jijiji...
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